Büyükada

Fue Selen la que propuso ir a pasar un día a Büyükada, la mayor de las islas Príncipe en el mar del Mármara. En la antigüedad era donde las princesas se retiraban y hoy en día, muchos turcos van para escapar de la gran urbe de Estambul (que además desde el Mármara nos dejó fascinadas con su magnitud) y disfrutar de la naturaleza y el mar.

Hay dos formas de llegar desde el muelle de Kabataş de Estambul, (y por tanto dos precios). La lenta en ferry, de unas 2 horas a tan solo 4 liras y la rápida en barco en unos escasos 30 minutos pero al doble de precio. Como el novio de Selen estaba muy mal ese día, nosotras por nuestra cuenta a las 9 de la mañana cogimos el ferry. Ibamos rodeadas principalmente de familias turcas y muy pocos turistas extrangeros, que salían para aprovechar y pasar ese día de verano al sol. El ferry para en todas las islas, siendo la última Büyükada.

Nada más llegar me pareció precioso el embarcadero así como muchas de las casitas del muelle. Se trata de una pequeña muestra en miniatura de las grandes mansiones que se encuentran en el interior de la isla. Lo que mejor las define, para que se hagan una idea, es que son como grandes reproducciones de casas de muñecas. Pero al entrar poco a poco en el pueblo la ilusión se me cayó al suelo. En las islas no se puede circular con coches, las únicas formas de transporte son la bicicleta o calesa… lo que implica caballos, lo que implica que… Dios casi muero. En la plaza principal, donde hay una pequeña torre del reloj al más puro estilo suizo había una cola monumental de personas esperando para coger calesa en una gran plaza llena de caballos.

Un tiempo después de que me recuperase, volvimos a nuestro paseo por el pueblo con sus avenidas de chopos y sobre todo sus preciosas casas victorianas de madera del siglo XIX, realmente impresionantes. Bien es cierto que algunas parece que se van a caer de un momento a otro, pero otras son preciosas mansiones con sus ornamentadísimos balcones, contraventanas y torreones, con todas las fachadas hechas con pequeños tablones de madera pintada, lo que le da a la isla un aire muy señorial.

Para recorrer la isla optamos por alquilar unas bicis. El proceso fue muy sencillo, simplemente nos acercamos a uno de los cientos de puestos que ofrecen el alquiler y dejamos un dni. Nos lo advirtieron al salir y yo lo transmito: ¡tened cuidado con los caleseros! van como locos y literalmente te echan de la carretera sin problemas. No teníamos plano de la isla, el recorrido es muy muy sencillo, a la salida del pueblo giramos a la derecha y seguimos la única carretera asfaltada que hay, y el destino clásico en la isla es la cima más alta que se encuentra en la mitad de esta carretera que da la vuelta a la isla.

Interior del monasterio

A pesar de lo mortal que se hacer ejercicio con asma, en pleno mes de agosto, a 40º justo en el mediodía, el paisaje de la isla es precioso y lo merecía (si solo nos hubiésemos quedado en el pueblo no me hubiese encantado tanto este lugar). Pasadas las últimas mansiones el resto se trata de un gran bosque frondoso de pino piñonero. De esta forma en el paseo se mezcla el verde oscuro de las copas, el marrón de las acículas del suelo y el azul intenso del mar, es decir un paisaje muy mediterráneo y un olor a verano de pinos, calor y mar (encima con bicicletas, fue una vuelta a la infancia en toda regla).

Existen dos cimas en la isla, la primera a la que llegamos todas sin problemas, se trata de un antiguo orfanato griego. Es un gran caserón de madera, que tiene la pinta de una casa encantada (de hecho está protegido y no se puede entrar por peligro de derrumbamiento). Estando justo en ese momento allí, el sol se ocultó por una gran sombra y miramos hacia el cielo alucinadas, una gran bandada de cigüeñas llenó el cielo.

A la segunda cima no llega la carretera, ésta se queda en un gran chiringuito donde paran todas las calesas y a partir de aquí hay un camino de tierra con bastante pendiente que sube hasta lo más alto de la isla. Solo L y yo nos decidimos a subir. En 30 minutos lo hicimos, eso sí no llevábamos agua y bebimos de las dos fuentes que había en el camino (no nos pasó nada así que es agua potable y buena, que por cierto nos dió la vida) La recompensa fueron unas vistas increíbles y un pequeño tesoro, el monasterio de Hagios Giorgios. La iglesia, muy chiquitina ella, es ortodoxa. Su exterior tampoco es que te transmita mucho pero en su interior había lo que yo me había esperado encontrar en Grecia. Al igual que en Rusia tenia una decoración extremadamente profusa donde no quedaba ni un solo cm sin una pintura, algún abalorio de cristal, absolutamente todo llamaba la atención. Una vez al año hay una fiesta donde todo el pueblo (cristianos o no) suben en peregrinación para hacer deseos, atan pañuelos a los árboles, encontrareis muchos subiendo, y tienen un pequeño altar con los objetos más raros que puedan imaginar.

A la vuelta de nuestro paseo, comimos pescado en uno de los chiringuitos del pueblo, y helado en Mado, una de las mejores heladerías de Turquía. El helado turco es muy muy cremoso con una textura extraña que le da la goma sacada de raíz de orquídea que le echan, (esto viene porque lo leí viviendo en Roma y me dije a mi misma que si iba a Turquía tenía que probarlo, pero esta goma de orquídea la echan en un montón de postres) Por aquí también hay playas y mucha gente aprovecha para bañarse. Pero tal y como nos dijo Selen, ella no se bañaría en un sitio tan cercano al gran gigante de Estambul.

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Un comentario el “Büyükada

  1. el helado de las Büyükada es espectacular, en ocasiones he ido a las islas principalmente a comerlo ja ja, la verdad que es un sitio que me encanta

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