Fécamp

Una de las muchas veces que llegaron mis padres de visita cuando yo vivía en Francia, alquilamos un coche y desde Lille realizamos algunos viajecitos cortos de un día por los alrededores.

Descubrimos que viajar por la Alta Normandía es como meterse en un cuento de los hermanos Grimm. Ya solo durante el camino a Fécamp una vez dejada la autopista, se pasa por delante de miles de típicas granjas normandas. Son características porque están rodeadas de un cuadrado de árboles que hace las veces de valla, y en el centro se encuentra el edificio de la granja entre campos inmensos de lúpulo.

Según lo que sabíamos, la idea que nos habíamos hecho era que pasaríamos el día en lo que inicialmente fueron pueblos pesqueros y que, durante el siglo XIX se transformaron, a base de ser visitados por la alta sociedad de la época, en pueblos turísticos. Más conocidos hoy en día como “la playa de París”. Pensábamos que principalmente consistirían en la venta ese encanto “bucólico” del mar para domingueros, pero nuestra sorpresa fue que Fécamp tiene mucho más.

Aparcamos el coche sin problemas en una callejuela paralela a la principal que discurre al ladito del puerto. Lo reconozco siempre me han encantado los puertos y este es uno bastante bonito; tiene tanto barcos recreativos como pesqueros (O sea que al final tampoco era tan turístico) y lo más bonito, la entrada al mismo que consiste en una bonita estacada de madera justo debajo del cabo Fagnet que está en lo alto del acantilado. Según he leído, fue construida en el s.XIX, ya que el puerto está entre dos cortes de piedra.

Según nos acercábamos con el coche, lo primero que divisamos y nos acercamos a ver, fue la abadía benedictina de la Trinidad construida en 1175 y las ruinas del castillo de los duques de Normandía. Realmente como era mi costumbre por aquella época, paseamos entre las ruinas sin saber de qué se trataba, pues ya había tomado como algo normal el mirar un mapa de carreteras, decidir parar en el primer sitio que pensaba que estaría bien y llegar sin saber nada de él. En esos momentos y releyendo por primera vez la guía ví que había en el pueblo además un palacio benedictino y no se que de una receta secreta y salta mi madre: “¡¡¡¡el licor Bénédictine!!!! Pero si ese le conoce hasta la abuela

Pues si, el famoso licor benedictine se hace en ese pequeño pueblecito de Normandía. Así que fuimos hasta el palacio (realmente impresionante) de estilo barroco con una fachada muy decorada y recargada. Entramos dentro donde, a parte de muchas salas dedicadas al arte de la destilación y embotellamiento del licor, también se pueden apreciar (como en todo gran palacio) muchas obras de arte. Y efectivamente, en cuanto veáis el licor os sonara de haberlo tomado o visto sus botellas, la receta viene del siglo XVI y Fécamp es famoso por exportarlo desde 1863.

De pronto miramos el reloj y descubrí con espanto que era la una del mediodía. Creo que grité algo así como “a comer ahoramismoya”, y nos metimos en un restaurancito con pinta de marisquería, al lado del puerto, (hay muchos en este paseo que sirven principalmente pescado y marisco con menús a buen precio) pero entramos en el primero que encontramos. La prisa venía porque mis padres, a pesar de lo que pasó en Bruselas (donde aterrizaron a las 21:00 y mi padre no podía creer que de una capital europea a esa hora ya no salían trenes), todavía no asimilaban lo de comer pronto o nunca. Momentos después de haber pedido, serían las 13:30 oyeron con completa incredulidad como entraba una parejita y el camarero les decía que ya estaba cerrado hasta las 18:00. Con el restaurante acertamos de pleno, un menu barato con marisco de entrada, mejillones y pescado a la plancha de segundo, todo riquísimo e insuperable.

Después de comer no pudimos evitar la tentación (teniéndola tan cerca) de meter los pies en el mar y tumbarnos sobre la extensa playa, de piedras eso si, debajo de esas inmensas paredes de acantilados. Por supuesto, dejamos que nos invadiese el sopor y usando las chaquetas como almohadas nos echarnos una siestecita bajo el sol. Después nos dimos un pequeño paseo por el paseo marítimo que hay donde destaca una estatua de una mujer que mira siempre al horizonte esperando el regreso de su marido. No es que se trate de una escultura especial pero me rescordo la canción de Maná del Muelle de San Blas.

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Un comentario el “Fécamp

  1. Víctor Candia dice:

    Hermoso lugar

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