Pula

Pula es una pequeña ciudad que se encuentra en la punta de la península de Istria. No sé por qué, todos teníamos muchas expectativas en ella, todos la considerábamos como algo fundamental en nuestro viaje. De hecho, nuestra primera idea fue intentar encontrar alojamiento aquí para toda la parte del viaje por Istria. El caso es que de alguna manera nos decepcionó bastante.

Su historia se remonta a hace 3000 años cuando se creó el asentamiento. Luego en el V a.c. los romanos montaron la primera fortificación, por lo que muchos de los atractivos de la ciudad son restos romanos, entre ellos, la arena de Vespasiano, varias puertas de la ciudad antigua, el templo de Augusto y el foro.

La arena de Pula es el 6º anfiteatro romano más grande que se conserva y lleva con el puesto su fama de impresionante. Bueno pues no lo es. Lo primero que hicimos fue encaminarnos directos al anfiteatro donde con la entrada dan una audio guía. Está muy escenificada con sonidos de batallas y leones, pero no soporto las audio guías porque no me dejan ir mirando y asimilando a mi tiempo. El caso es que no solo fui yo, a nadie le despertó un interés inusual. Puede ser que se deba a que el estado de conservación del monumento es crítico, pues hasta hace poco las piedras se sacaban para construir la ciudad. O quizás era toda la parafernalia que estaban montando para convertirlo en una especie de sala de conciertos.

La entrada también te permite ir a unas cuevas cercanas, anexadas al foso (sin salir del monumento) que sí que me llamaron un poco más la atención. Las tienen montadas como el museo de las excavaciones llevadas a cabo en toda Istria, y en especial, la exposición se centra en la obtención y almacenamiento del aceite y el vino que tenían en la época.

Seguidamente subimos al castillo que domina la ciudad, atravesando una de las antiguas puertas romanas y subiendo por un bosque. Se trata de un fuerte del siglo XVII del estilo de estrella. Idem, ni las vistas, ni la vegetación que lo rodea a modo de bosque salvaje llamaron nuestra atención.

Y con esta sensación de desencanto nos fuimos hasta la plaza central del ayuntamiento a tomarnos unos cafés a la sombra de una terraza, y fue aquí donde empecé a encontrarle algo de encanto al lugar. Entre varios edificios, típicamente de prieda beige del país, con sus venecianas de discretos colores en las ventanas y arcadas en los soportales, se encuentra el pequeño templo de Augusto, como perdido en medio de la modernidad. A sus pies además se instaló una banda de música que empezó a tocar canciones típicas sicilianas. Si verdaderamente hay un rincón de Pula que me pareciese mágico fue este.

He de decir, que el resto del paseo por la ciudad no aportó mucho más. Apenas nos llamó la atención la catedral muy románica, cuadrada y sencilla (con el campanile separado cual costumbre arquitectónica en Italia) y por lo demás sigo diciendo que era una ciudad bastante normalita. Por no decir el resto de las puertas romanas, o el arco del triunfo, que apenas pudimos contemplar, ya que en la ciudad parecía estarse celebrando un festival de música callejera y en todas las plazas había grupos de música cantando, con las calles abarrotadas. Así que nos distrajimos de hacer turismo finalmente y nos pusimos a disfrutar del ambiente festivo que esa semana de agosto inundaba la ciudad.

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