Larochette

Si la primera impresión es lo que cuenta, la que nos dejó Larochette fue insuperable. Un denso banco de niebla había caído en el valle, la carretera discurría entre un frondoso bosque, las pequeñas casas blancas estában iluminadas por farolillos amarillos que hacían más patente la presencia de la bruma y en lo alto del acantilado estaban las ruinas de un imponente castillo. En cualquier momento esperabas que saliese el lobo.

Veníamos hasta aquí porque fue donde encontramos albergue para dos noches.

Desde Alemania para llegar al pueblo teníamos que ir con el coche por carreteras secundarias encajonadas entre paredes rocosas, con niebla densa, parándonos a leer todos los carteles y visibilidad nula. Pero llegamos a nuestro destino, después de tanto sufrimiento.

De hecho ya habíamos llegado a él, cuando dijimos desde el coche, “uuuuy pero que pueblo más mono es este… alaaa mirad en lo alto hay un castillooo enorme” Y de verdad, TAN TAN mal lo había pasado conduciendo, que al llegar  aparqué el coche al final del pueblo y dije “a partir de ahora hacemos lo que querais pero el coche de aquí no se mueve” Obviamente el destino es muy cruel y 1 minuto después de que dijese esto tuvimos que coger la carretera para volver a Trier a rescatar a Luis.

Nuestro primer contacto con el pueblo fue bien de noche y habiandonos tomado la cerveza de emergencia después de nuestra surrealista aventura en Trier.

El pueblo se encuentra en la encrucijada de dos carreteras y se extiende linealmente a lo largo de ella con sus casitas pintadas de colores pastel con tejados de dos aguas de teja negra. En el cruce se encuentra la pequeña iglesia construida en 1860 de estilo neorrománico. Lo realmente llamativo de ella son los frescos art nouveau que tiene dentro del coro. También justo en el centro de la población, a la orilla del río, se encuentra la antigua estación del ferrocarril, lugar que me enamoró. Como sacado de un cuento, se trata de una bonita casona blanca con enormes ladrillos rosas tan solo en las esquinas donde hay información de los miles de paseos que se pueden dar, principal motivo por el que la gente viene a este lugar.

El castillo, que tanto me fascinaba, se asienta en una colina de piedra horadada por el río White Ernz, entorno al cual la ciudad creció. Allí empieza un paseo a lo largo del mismo realmente muy pequeño pero bonito, alejado de la carretera. Encontré la casa de mis sueños, una en una isla en mitad del río donde habían hecho unas presas y el agua caía en cascada.

Lo que más vale de este enclave es que se encuentra en pleno Parque Natural Germano Luxemburgués. Esta pintoresca zona, conocida como la Pequeña Suiza Luxemburguesa (sinceramente, no tengo ni idea de donde le ven el parecido con Suiza), está llena de bellezas naturales: frondosos bosques de hayas, carpes, pinos, abedules y robles, sotobosques de helechos, brezos, arándanos, torrentes tumultuosos, y húmedos pastos. Los bosques más bonitos de Europa los ví en esta zona del ducado de Luxemburgo.

Todos los caminos están muy bien marcados y van desde uno de 36km hasta el mismo Echternach, a muchos muy asequibles de 3-4 horas.

La gente que dormía en el albergue con nosotros cada día lo dedicaba a un paseo. Nosotros, con tan solo dos días para dedicarle a Larochette, quisimos probar con el que sale detrás de la iglesia subiendo la montaña que hace de mirador natural al castillo y los restos de la fortificación que  se encuentran en la montaña del frente más al sur.

 Y es cierto que casi toda la ciudad parece girar entorno al castillo, o lo que queda de él. En tiempos del imperio romano al parecer ya se construyó algo en la misma roca, la fortificación que podemos ver hoy en día es del siglo XI y dominan 150 metros más arriba del resto del pueblo. Aunque tiene muchos senderos para poder subir a pie, nosotros nos decidimos a llegar hasta el en coche, lo que nos permitió atravesar uno de los bosques de hoja caduca más bonitos, y que seguía habiendo niebla, con lo que parecíamos caperucitas al encuentro del lobo.

Al llegar arriba nos encontramos en una gran explanada y justo delante de nosotros una especie de torreón enfrentado al castillo, del que baja un puente levadizo que cruza un foso. El foso, es muy curioso claro, porque el castillo realmente está encaramado a la roca del acantilado por tres partes, así que dudo mucho de que tuviese agua en su tiempo. Detrás del foso ya se levanta la muralla que rodea toda la fortificación. El castillo en sí consistía en cinco edificios de los que cuatro están en ruinas y solo uno está reconstruido el Or Chrieschinger Haus. En esta parte se exhibe más o menos cómo sería la vida en el siglo XII, con un salón, comedor, habitaciones…

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