Rumbo a los mares del sur

Estábamos en casa de mi abuela rodeadas de muuuucha gente. Hablábamos de cualquier cosa, que obviamente no tenía nada que ver, y supe que era el momento. Miré a mi madre y le dije “mamá, me voy en febrero a Isla de Pascua” ante mi asombro, no dijo absolutamente nada.

pero ¿Por qué isla de Pascua?

Bueno, he de confesar que hace tiempo si pensé en viajar a isla de Pascua seducida por ver moais, pero se quedó en un pensamiento fugaz. Nunca más volví a pensar en ir, no estaba en mi “top 10” de viajes deseados el día que recibí la llamada: un día en mi café diario con Chile, Elise me dijo:

este verano iremos a visitar a la familia de Pancho en isla de Pascua… nos vamos en febrero 10 dias
oooh, que bien, cuanto me alegro, que bien lo pasaréis…” (mientras en otra página abría el skyscanner)
y ya tenemos los pasajes, si te animas ;) también eres bienvenida” (era oficial, estaba invitándome)

Mierda mierda mierda, pensaba, me estaba ocurriendo otra vez, tengo que hacerme de rogar un poco, ¡que van a visitar a la familia de Pancho! Así que NO compré el billete en ese momento. Los días siguientes iba comentando, “Me han invitado a Isla de Pascua, pero no sé si ir” y todo el mundo me decía “pero ¿qué es lo que te estás pensado? a ti te invitan porque saben que irás

Y este fue mi motivo para ir a la misteriosa Isla de Pascua, no los Moais, ni las playas tropicales paradisiacas, ni la cultura polinésica. Aunque todo eso me encontré allí y mucho más (cosas que no salen en ninguna guía: gallos, cucarachas, plantas urticantes, hormigas rojas)… Han sido unas de las mejores vacaciones de mi vida.

Me compré, en septiembre, un billete para cruzarme medio globo 6 meses más tarde (1200€ que mucha gente me ha preguntado cuanto me costó). Como todo era tan lejano en tiempo y espacio, no volví a pensar en ello hasta unas semanas antes. Por entonces estaba trabajando en Francia con unas temperaturas de -15ºC, había dejado preparada una maleta con vaporosa ropa de verano.

El viaje fue de 2 dias. Primero hice escala en Guayaquil, en plena estación de lluvias. La combinación de 27ºC+humedad+ropa de invierno desencadenó un shock térmico, fraguando un gran resfriado. Fue un día largo y sola, de modo que estaba deseando llegar a Isla de Pascua y ver a mis amigos, aunque sabía que al día siguiente salía para Lima donde pasaría otras 14 horas. Por el contrario mi estancia en Lima no fue tan penosa como en Guayaquil. Me había cambiado de ropa, duchado y descansado, disfruté muchísimo del centro histórico de esta ciudad y a las 12 de la noche volví al aeropuerto para mi destino final. (La vuelta fue más sencilla con una escala de dos días en Lima)

A las 7 de la máñana en el pequeño aeropuerto, Elise me saludaba al otro lado del control de aduanas, tenía un collar de flores para mi (la despedida fue con lágrimas y un collar de conchas como manda la tradición). Con el coche que nos había prestado el hermano de Pancho, fuimos a que me duchase en nuestra cabaña y luego llevamos a la tía de Pancho a misa. El tercer paso fue presentarme a dos de nuestros anfitriones en la isla; Edmundo y el padre de Pancho. Edmundo un día llegó a la isla y se quedó (como a tanta gente le ha sucedido). Hijo de los Edwards (gran familia millonaria chilena) se dedicó al estudio de la cultura polinésica convirtiendose en todo un experto, reconocido en circulos académicos pese a no tener ningún tipo de titulación. Roberto, el padre de Pancho, artista bohemio de manual, era su gran amigo de la infancia y le  siguió hasta el fin del mundo.

Pese a todas las cosas que se pueden ver y hacer en la isla, estoy TAN encantada de no haber ido los 4 días de rigor que suele ir el turista medio. Aprendí la magia y el espíritu único que tiene. Me invitaron al cumpleaños (fiesta de varios días) de Valentín el rey pascuense, me contaron las anécdotas más increíbles e hilarantes de los habitantes, cada noche cenábamos con arqueólogos de diferentes sitios y gente que llevaban vidas de lo más extrañas e interesantes.

Una noche, Elise y yo descubrimos que pensábamos lo mismo; cenábamos en la cabaña de madera del padre de Pancho, muy maltrecha, en la zona de Tahai alejada de cualquier otra casa. Rodeada de un espeso bosque de bananeros y un arbol africano que crece de forma salvaje. En su estudio colgaban los cuadros recién pintados, en el ordenador se reproducía un concierto de música clásica para guitarra y piano. Fuera comenzó a caer una fuerte lluvia de tormenta tropical… era una sensación única, era mágico.

Con 13 años me regalaron el libro “Mi familia y otros animales” de Gerald Durrel. Lo habré leido 20 veces y siempre he tenido una gran curiosidad por ir a Corfú. Pero me di cuenta de que todo lo que el biologo inglés contaba de la pequeña isla griega era aplicable a esta isla perdida en mitad del pacífico que marca el principio y el fin de la Polinesia. Creo que he cumplido con creces uno de mis sueños, que era estar en un lugar similar al que se describe en ese libro. Así que si se embarcan hasta aquí, dejen su mente en otro sitio y prepárense para un salto a la magia del surrealimo.

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3 comentarios el “Rumbo a los mares del sur

  1. Isra dice:

    Me parece fatal no haberme avisado, fueran las circunstancias que fueran… Joe, Cada vez me enloqueces más por los viajes…

  2. La isla de Pascua es impresionante, como asesor de viajes os recomiendo ser aventureros, viajadores, ya que es la mejor experiencia de la vida

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