Hanga Roa

Eran las 7 de la mañana cuando mi avión aterrizó en la laaarga pista del pequeño aeropuerto de Hanga Roa, la principal y única aglomeración de casas de la isla.

Elise y Pancho estaban esperándome con un collar de flores de bienvenida (como manda la tradición) al otro lado del chamizo de madera que hace las veces de aduana. Habían usado el método de la isla; esperar a oír aterrizar el avión y en 2 minutos acercarse.

Aunque la ciudad son tres calles que se cruzan al principio yo estaba hecha un lío completamente por este aspecto que tiene de ciudad a medio hacer. Nosotros teníamos nuestra cabaña al norte de la ciudad, en la zona de Tahai (para llegar a ella había que salir de la carretera y adentrarse por caminos de tierra)

Existe una ley estupenda por la que la tierra solo puede pertenecer a los habitantes de la isla. De forma que cualquier negocio que vean (hasta los hoteles de lujo) tienen a un local detrás. En general las familias se reparten la tierra haciendo varias cabañas en el terreno, que luego llenan con altos árboles, sobre todo bananeros, paltas o mangos. Y no vi ni una sola casa en la que faltasen los gallos como es tradición en toda la Polinesia (los puedes llegar a odiar por las noches).

Una vez más acostumbrada al paisaje me fui haciendo a la ciudad.

Hanga Roa, que en rapanui significa bahía larga, es la única ciudad, puerto y capital de la Isla de Pascua. Se encuentra al este de la isla entre los volcanes Ma’unga Terevaka y Rano Kao.

Tiene una calle principal, la avenida Atamu Tekena, que es la que va al aeropuerto  En ella se agolpan las tiendas (sobre todo venden souvenirs de Tahití), hoteles, restaurantes (algunos buenísimos como el Te Moana), una farmacia Cruz Verde (donde el agua es más barata pero yo todo el tiempo bebí del grifo sin problemas, cosa que nunca pude hacer en el continente), la discoteca (chicas recomiendo que vayáis ;) )… En una intersección de esta gran avenida está la iglesia en la que los domingos la misa merece la pena porque la hacen muy colorida y con cantos.

De ahí sale la calle que baja hasta el mar, donde encontrareis dos bancos y un curioso hotel donde cada dos tardes ponen la película de Rapa Nui (Elise no había visto la película y cada vez que comentábamos algo de lo que salía en ella decía que pasaría por el hotel a verla).

Aquí hay un pequeño puerto, pero no es el puerto pesquero en sí, sino que están los barcos de los dos únicos locales de buceo de la isla.

En la bahía no hay playa, pero es agradable bañarse porque está frecuentado por grandes tortugas marinas que vienen a comer algas a la orilla. También fue en esta bahía donde hice dos inmersiones de buceo. Aunque es cierto que las aguas son muy cristalinas, los arrecifes que vi tenían todo el coral muerto. No obstante, nunca había buceado en este tipo de paisaje marino y no estaba nada acostumbrada a la fauna (tortugas marinas, peces globo, peces mariposa) así que andaba como una niña chica bajo el agua.

También con vistas a la caleta están el restaurante La Taverne du pecheur (muy bueno llevado por un francés que se quedó en la isla) y el Pea que tiene magníficas vistas pero no os lo recomiendo para nada; el atún de los platos era congelado, tuvimos que devolverlos a la cocina de lo malos que estaban (y yo en mi vida había devuelto un plato)

Al otro lado del puerto se extiende una gran pradera donde habían montado un escenario para el Tapati. El caso es que la luz de la isla no lo soportó y se cayó. La gente llevaba días sin luz cuando llegué. Y ¡¡sin agua!! Como extraen agua de pozos necesitaban la electricidad para las bombas. A los más previsores con generadores, tan solo les faltaba el agua caliente.

El norte de la ciudad, como ya he dicho, se conoce como la zona de Tahai. Tahai es un Ahu (altar donde se alzan los moais) El primero que vi. Y por su cercanía a la ciudad es el primero que casi todos ven. Es casi obligatorio ir a la puesta de sol. En este ahu hay 5 moais, todos de espaldas al mar.

A la derecha se levanta otro moai solitario que en los 80 la revista Paris Match le pintó los ojos. Los Moais tenían ojos de nácar, pero no cómo los pintaron en éste. Hay uno en el museo y se sabe que al menos tres en colecciones privadas eran ojos como los de los habitantes, más rasgados.

El Museo Antropológico Padre Sebastián Englert (en Chile casi todos los museos antropológicos tienen el nombre del cura misionero del momento que los fundó) también se encuentra aquí en Tahai. Llegar hasta él no me pareció muy evidente porque las indicaciones son más bien pocas. Y aunque desde luego es interesante, claramente es insuficiente. Hablando con arqueólogos, incluso uno de ellos fue anteriormente director del museo, descubrimos que se sabe mucho más de la antigua cultura de la isla que la información que se ponen a disposición de los visitantes. Al final pusimos una “crítica constructiva” con sugerencias para mejorarlo y desde entonces a Elise le tienen al corriente de todos los avances, así que me entristece porque parece como si ni siquiera la cantidad de turistas que visitan la isla se preocupasen por el.

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