Glen Affric día 2; la furia de Sgurr Nan Ceathramhnan

Teníamos muchas ideas, pero teníamos que elegir. Así que decidimos que teníamos que ir campo a través (pensábamos hacerlo en algún momento y ya vimos, en un pequeño paseo de reconocimiento la tarde anterior que el terreno fuera del camino era realmente complicado) También hacer un poco de desnivel para probar el estado del grupo.

Como destino fijamos las cascadas de Glomach pero en vez de hacer los casi 20 km de camino que nos quedaban, subiríamos al Sgurr nan Ceathramhnan a 970m seguiríamos la cuerda del macizo hacia el norte y bajaríamos por la cuenca del Allt Coire-Lochain.

Nos encontrábamos a 200m y habíamos acampado justo en la falda del Sgurr nan Caethreamhnan, así que decidimos subir por la garganta del Allt Beithe Garbh.

La subida tenía bastante desnivel porque en unos 2 km subimos 700m, pero pudimos disfrutar de unas increíbles vistas de todo el valle del río Affric con las Five Sisters al sur-oeste.

A nuestra derecha caían las cascadas que se iban formando en la garganta, con un ruido relajante que animaba a seguir y a disfrutar de la naturaleza. En todo momento desde una distancia prudencial nos vigilaba una gran manada de ciervos. El paisaje no es en plan bosquecito mono, sino naturaleza salvaje y dura. Indicaba tanta lucha por la supervivencia como la que nosotros estábamos librando en Caethreamhnan.

A parte del desnivel, otra dificultad más era el terreno. Estaba por un lado el musgo rojo que se comportaba como una esponja absorviendo todo el agua que podía, estaban las zanjas de agua, las zonas donde se habían formado minipantanos, y en general todo el suelo era agua y barro. El mejor camino, de hecho, era siempre escoger donde hubiese más desnivel pues era lo más seco.

Entonces todavía teníamos los pies secos. Como las botas eran buenas no teníamos miedo de mojarnos a no ser que nos hundiésemos (al final todos en algún momento metimos el pié en una zanja de agua hasta la ingle, y suerte que ninguno se torciese el tobillo en una de esas). El musgo escurría, el barro también.

En la subida se pueden diferenciar dos tramos, un primer plano hasta una pequeña plataforma a 750m donde hay una serie de charcas con una pendiente media, y los últimos 200m mucho más pronunciados que subimos haciendo zigzag.

Cuando ya estábamos casi arriba del todo, algunos empezamos a sentirnos inseguros, consultamos el mapa varias veces y aunque no llovía (el cielo nos había dado una tregua toda la mañana) nos pusimos toda la ropa de agua. Justo en la cima de la montaña había una nube, y la verdad nos temíamos que hubiese mucha niebla.

Pues bien, en la cima había niebla que no permitía ver más allá de cinco metros. Y también una tormenta increíble, con un viento muy muy fuerte. La lluvia intensa dolía de lo fuerte que caía. Estábamos en medio de una nube, de una de esas nubes que veíamos enganchadas en las montañas (aunque en ese momento no lo sabíamos, creíamos que al pasar a la cara norte teníamos realmente mal tiempo).

Ir por la cuerda hacia el norte se convirtió en algo inviable así que decidimos bajar. La bajada era igual que la subida 700m de desnivel en muy pocos km, con mal terreno y la tormenta. Pasó lo inevitable, las chicas entramos en histeria (el vértigo era insoportable) y los tíos se pusieron agresivos. Todos nos chillamos mientras bajábamos, todos acabamos con las botas caladas. Y de pronto, la nube se fue, la habíamos pasado y estábamos en un valle, no muy seguros de cual porque el mapa se había mojado tanto que preferíamos no tocarlo mucho hasta que se secase.

Decidimos seguir las cascadas que bajaban a otro valle y pronto vimos una cadena de lagos. El más grande que quedaba a nuestra izquierda era el Loch A’Bhealaich, el siguiente el Loch Gaorsaic y el río que seguíamos el Allt Thill Easaich caía en forma de cascada al Loch Thuill Easaich.

Significaba dos cosas, que sabíamos donde estábamos y que no estábamos tan lejos de donde habíamos pensado llegar. Aún así nos dimos cuenta de que mucho más no podríamos seguir, el grupo estaba desmoronado (tanto en ánimo como en condición física) el camino era muy penoso y todos teníamos los pies calados.

Elegimos la mitad de la ladera para ir en paralelo a la cadena de 3 lagos que forma el río Abhainn Gaorsaic con la idea de avanzar lo más lejos posible, ya que en un giro a la izquierda del río se transformaría en las famosas cataratas de Glomach y en ese mismo punto pero a la derecha saldría un camino que iba a un “pueblo” llamado Carnach.

En este punto del camino fue cuando A. Mary y yo tuvimos nuestro encontronazo con las arenas pantanosas. En general todo era pantanoso, a veces metías el pie y era agua, otras veces las hierbas te aguantaban. Vimos a A. parado al otro lado de un trozo grande de barro (no muy diferente a otros) y nos dijo medio muerto “tened cuidado me acabo de caer aquí

Según metí yo el pie noté como el barro empezaba a chuparte para dentro, y me tire hacía adelante, con mucho cuidado de no moverme, sino solo desplazar el peso de mi cuerpo, para agarrarme a la hierba y salir. No bien acababa de salir oigo a Mary gritar. ¡También se había metido! Es tal y como lo cuentan, cuanto más te mueves más te chupa hacia adentro. Al final sacamos a Mary tirandole de los hombros porque ella ya ni siquiera podía sacar el pié sin que se le quedase la bota dentro del lodo.

Como se imaginarán el terreno no pintaba nada bien para acampar, absolutamente todo estaba empapado (sobre todo por causa de ese musgo rojo) y aunque muchos tenían la esperanza de encontrar algo mejor si seguíamos andando (cosa que al día siguiente nos dimos cuenta de que nunca hubiésemos encontrado nada mejor) decidimos parar de andar y ponernos a buscar un sitio para acampar (cosa que nos llevó un par de horas).

Y aún teníamos que enfrentarnos a otro problemilla. Según habíamos pasado la montaña y ya estábamos todos relajándonos bajo el sol Gallerto rebuscaba en su mochila y nos dijo:
Ohoh, chicos tengo que deciros una cosa, que he perdido los palos de la tienda en la tormenta

Para repartir peso, habíamos separado los palos de las lonas, y se habían perdido los palos de una de las tiendas de tres personas. Tiempo después Gallerto reconoció que nos tomamos la noticia con mucha deportividad. Andaba muerto de miedo cuando nos lo confesó pensando que le mataríamos.

Tuvimos que reestructurarnos, de forma que acabamos cinco personas durmiendo en una tienda de tres (el resto de las noches) Por supuesto yo era una de esas cinco afortunadas y esa noche la pase bastante mal. Entre que habíamos acampado encima de los maravillosos musgos rojos, teníamos la psicosis de si la tienda aguantaría el agua de debajo o calaría, las midges estando acampados en pleno pantano nos estaban matando, ¡¡¡y que eramos cinco en un espacio de tres!!!

Una de las veces que me desperté esa noche presa de la claustrofobia, junto con Belén, esta vez si que pillamos a un zorro que no paraba de gruñir, eso si, no consiguió nuestra comida.

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