Lausana

Lausana fue lo primero que vi de Suiza, así que estaba decidida a dejarme encantar por los picudos tejados con simétricas cenefas de tejas de colores, los torreones, los pasadizos de madera, el queso y el chocolate.

Quizás mirando un poco hacia atrás Lausana no sea tal vez la ciudad más vistosa de Suiza. Incluso diría que si te pilla un día gris de lluvia puede que no le sepas ver el encanto. Pero en esencia lo tiene todo, es desde luego algo más que la sede del comité olímpico internacional. Es, en definitiva, un buen comienzo.

Creo recordar que empezó como un pequeño asentamiento en la edad de piedra, aunque luego obviamente fueron los romanos los que la desarrollaron como ciudad. Su posición estratégica es única, se encuentra encaramada a una colina y a sus pies tiene el lago Léman.

Fuera del campo bélico esto significa que en cuanto uno se pone a pasear descubre que Lausana es una sucesión de subidas y bajadas.

El casco histórico, que no es realmente tan grande, se encuentra en la cima de una colina. Para llegar a él (sobre todo si se parte desde la estación de tren) hay que escalar prácticamente hasta la plaza de Saint François.

El día que llegué, conseguí aparcar el coche en la estación (después de dar varias vueltas para encontrarla) y subí alucinada con las bonitas vistas de los recortados tejados de la ciudad y todas las banderas que la adornaban.

Volviendo a bajar un poco, justo al lado se encuentra la curiosa plaza del ayuntamiento. A parte de las típicas casas del siglo XVII y una fuente con decoraciones en madera típicamente suizas, lo más curioso de es el reloj que hay a la derecha del ayuntamiento. Se trata de un reloj que cuando dan las horas salen las típicas figuritas desfilando, todo un acontecimiento de lo más kitsch (yo me quedé con los ojos como platos de incredulidad) que reúne a muchas personas a las en punto.

En lo más alto del todo se encuentra la catedral a la que se sube por unas bellísimas escaleras de madera techadas llenas de flores. La catedral es gótica y le falta una torre. Aunque la nave central por dentro no sea tan alta como otras me pareció muy luminosa. Una de las cosas que me pareció más curiosa es la parte de pintura que se conserva en las estatuas de los ángeles de uno de los pórticos (se distingue claramente porque está protegido con vidrio) Y otra cosa que me encantó fueron las vidrieras (no sé como de antiguas serán) donde están representados todos los oficios.

Todos los viernes hay conciertos de órgano. Tuvimos suerte y llegamos en el momento justo para disfrutar de uno de ellos. Además subimos al campanario (por 2 francos) desde donde se tienen unas buenas vistas de la ciudad.

Por la parte de detrás de la catedral se llega a la zona más vieja y la que me pareció la más bonita de la ciudad con diferencia; el castillo. Una edificación típicamente del XV de planta cuadrada y torreones redondos en cada uno de los ángulo con un gran patio decorado con flores.

El resto de la ciudad en sí no es nada excepcional, simplemente una ciudad suiza, agradable con grandes casas de piedra y picudos tejados. Pero un contraste bonito que mucha gente se pierde y yo creo que no se puede dejar pasar es el barrio del lago.

Ouchy es la parte baja de la ciudad donde se encuentra el puerto (baja literalmente, pues si se coge el metro para llegar hasta allí hasta los andenes están completamente inclinados de una forma surrealista). Merece mucho la pena ya que esta parte de la ciudad está justo a las orillas del Léman y se diferencia mucho del resto de la ciudad moderna.

Anteriormente fue un pueblecito pesquero hasta que en el siglo XIX fue incorporado a la ciudad como puerto. Frente a los pequeños veleros anclados, entre jardines y preciosas vistas al lago con los Alpes como fondo de postal, se suceden muchísimos bares, restaurantes y hoteles. Aunque no se trata de un centro histórico y sus casas son “relativamente” modernas, lo más llamativo del barrio es el castillo d’Ouchy es una gran torre del homenaje medieval y el resto del edificio fue reconstruyéndose (hoy en día hace las veces de hotel creo). Lo que más me llamó la atención son los juegos geométricos de tejas de colores negro sobre rojo.

Desde aquí cogimos el camino por el lago que va hasta la zona residencial de Pully. A parte de un buen paseo de unos 2km se encuentran las ruinas más bonitas de la región pero son falsas, al parecer resultado de una apuesta.

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