Clervaux

Completamente inesperada fue nuestra parada en Clervaux. Íbamos ya camino de Maastricht cuando vimos su silueta. Después de que se nos escapase a los tres un ohh, como quedaban horas de sol y por fin conseguíamos escapar de la densa niebla en la que parecía envuelto todo el país, decidimos parar para cotillear y ver qué tenía para ofrecernos este pequeño pueblo en el norte de Luxemburgo, a 20km de la frontera belga.

Desde luego la imagen más fotogénica de la ciudad se encuentra nada más llegar, nos llegó al corazón. Según se va bajando la montaña el valle es una estampa perfecta: sus colinas cerradas por un espeso bosque, la hoz del río Clerve, y en medio este pueblo sacado de un cuento de hadas con casas blancas y ocres de tejados extremadamente negros de entre las que se destacan el blanco inmaculado del castillo feudal, las torres de la iglesia parroquial y el campanario de la abadía de San Mauricio, en la cumbre de otra colina.

Aunque el origen de la ciudad se remonta al siglo XII, en Clervaux tuvo lugar una gran batalla durante la segunda guerra mundial. Tras ella quedó enteramente arrasado por lo que me parece todo un logro que hayan conseguido restaurar el pueblo y dejar su aire bucólico intacto. Aunque sí que se nota que no es genuinamente antiguo.

Como recuerdo aún pueden verse dos tanques de la brigada Sherman al pie del castillo y, cerca del río, la escultura de un soldado en memoria de las tropas que cayeron en combate.

El precioso castillo fue reconstruido y se le ha dado el aspecto que originalmente tuvo. De fortaleza pasó a ser una residencia más palaciega en el 1600 pintado de blanco reluciente.

Hoy en día, a pesar de no ser grande alberga el ayuntamiento, la Oficina de Turismo (en la Torre de las Brujas), y nada menos que tres museos: un museo de maquetas que reproduce los principales palacios y fortalezas del país, el museo de la batalla de las Árdenas y una exposición permanente de fotografía (increíblemente buena). Tiempo después me he enterado que se trata de una exposición que llevaron hasta el MOMA.

Justo enfrente de la parte trasera del castillo, se encuentra la iglesia parroquial, que fue lo que realmente primero visitamos porque es lo más llamativo desde el exterior. Es una construcción muy moderna, sobre todo choca su interior que no es tan bonito como el exterior. Pero la arquitectura está realmente bien cuidada y por eso llama tanto la atención. Se construyó siguiendo el modelo de románico renano de la zona, con sus ladrillos marrones y sus torreones cuadrados.

El pueblo en sí fue lo que más nos gustó a pesar de no ser nada del otro mundo, ya que es un pueblo de casitas color pastel bajas con sus tejados de pizarra negros, y sus calles adoquinadas. Como exactamente cualquier pueblo del gran ducado. Pero es que veníamos de Vianden sumida en la niebla y en temporada baja, así que este pueblo nos pareció llenísimo de vida, con miles de pequeñas cervecerías llenas de encanto y la tranquilidad de un Luxemburgo rural.

Muy cercana a la ciudad, incluso se puede ver su campanario rojo sobresaliendo entre el espeso bosque que la rodea, se encuentra la abadía benedictina de Saint Maurice que domina el valle con su agudo campanario. Se construyó a principios del siglo XX aunque no lo parezca y entre las esbeltas paredes de ladrillo y tejados rojos en un bastante impresionante estilo neo-románico. Pero no pudimos entrar.

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