Aachen

No es que tuviéramos ningún especial interés en ir a Aachen, fue la típica asociación que se dedica a pasear a los Erasmus la que nos llevó.

catedral aquisgran

¿Y por qué íbamos ahí? nosotros mismos no parábamos de preguntarlo. Como respuesta que obtuvimos fue que nuestra amiga Céline había estado allí de Erasmus y que al parecer era famoso por su mercadillo de Navidad.

rathouseplatz

Bueno por aquel entonces yo ya me había formado la opinión sobre los mercadillos navideños; había autobuses llenos de británicos que venían al de Lille para verlo, así que no me decía nada el que autobuses de toda Europa fueran a Aachen.

Si no los conocen pues imagínense que se venden cosas (recuerdos, regalos, comida y decoración navideña) menos chabacanas que en la plaza mayor de Madrid pero tampoco algo tan delicado como en los múltiples mercadillos de artesanos, que también ponen para esas fechas por distintos lugares de la ciudad. A partir de Noviembre se convierten en atracciones europeas. Me temo que no soy nada fan de ellos, no me parecen nada del otro mundo y no cogería un autobús expresamente para ello (a día de hoy ni siquiera viajaría a alguna gélida ciudad europea en invierno expresamente para ello contrariamente a lo que se fomenta en muchas páginas de viajes)

camara de la coronaNo obstante al llegar a Alemania, después de 3 horas de viaje desde Lille, allí estaban, en una enorme explanada decenas y decenas de autobuses de todas partes (la verdad que el número de autobuses era sorprendente).

Pero nosotros habíamos hecho los deberes antes de salir: Aachen (Aquisgrán o Aix la Chapelle que el nombre le ha ido cambiando) había sido capital de imperio de Carlomagno a pesar de su tamaño chiquitín.

Nos dirigimos inmediatamente al centro (que es todo peatonal) pero sabiamente evitamos el mercadillo de Navidad para dirigirnos hacia la catedral. Esta catedral es donde Carlomagno fue coronado. Entramos por un lateral donde se encuentra el magnífico tesoro de la catedral y aunque por fuera no sea impresionante (aunque si coqueta) el interior te deja sin palabras, o al menos a mi me dejó. Todavía hoy en día cuando veo fotos el interior me recuerda más a una iglesia ortodoxa que católica, está toda decorada con dorados y azules con lo que tiene una gran luminosidad a pesar de solo estar iluminada con velas. En el centro tiene una preciosa capilla octogonal (donde se encontraba el trono del emperador) y del que cuelga el gran candelabro con las velas. Por la parte de atrás le añadieron un ábside muy esbelto y las vidrieras (¡oh las vidrieras! Me entusiasmaron, es que hacían que todo fuese azul). Se puede subir a la planta superior para contemplarlo mejor, pero es muy recomendable darse un paseo por algunas capillas como la de Nikolaikapelle en particular que es extraordinaria.

ayuntamiento aachen

Salimos y nos pusimos a buscar algún lugar donde comer ya que la ciudad estaba repleta, esto nos obligó a separarnos en diferentes grupos y alejarnos un poco del centro.

antiguas termas aachen

Pero después volvimos a la plaza del ayuntamiento (Rathausplatz). El ayuntamiento también fue un antiguo palacio carolingio y domina con sus dos torreones y sus múltiples adornos en dorado y el colorido reloj. La plaza no es muy grande, y justo en ella estaban todos los puestecitos en forma de casitas de madera característicos de los mercadillos navideños. Por desgracia en este idílico paisaje también se encontraban los casi cien autobuses de turistas comprando.

Tomamos el glühwein (que es lo que se hace en estas ocasiones aunque me temo que tampoco soy nada fan de él) es el horrible vino caliente con clavo y demás especias y crepes como postre. Es cierto que hace mucho frío y tener algo calentito entre las manos te lo alivia, pero nunca llegué a encontrarle qué le ve la gente.

Mientras buscaba algo bonito para llevar, descubrí que me gustaron muchísimo los belenes alemanes, son una pequeña pirámide de madera y en cada planta se desarrolla una escena del Belen. Pero hacía tantísimo fío aquel Diciembre que pronto decidimos buscar refugio en una de las múltiples cafeterías, y no solo hacía frío sino también llovía (por este tipo de cosas estoy en contra de viajar a Europa en invierno)

mercado de navidad aachen

Así que al final renunciamos a ver mucho de la ciudad, algunos fuimos a tomar un café, otros a fumar unas shishas, otros a por chocolate… Cuando ya anocheció y dejó de llover, Zuazua y yo nos decidimos a dar un último paseo por la ciudad a ver si le veíamos algo más que el pequeño núcleo de la plaza central y alrededores. Bajamos hacia el otro lado de la catedral donde hay un parque muy grande. Justo al final del parque había una vista muy bonita de la catedral y se encontraba Elisenbrunnen, una especie de panteón griego que en realidad son unas fuentes termales muy antiguas. Volvimos hacia el mercadillo callejeando comprando en las pastelerías los dulces de jengibre, pan de especies y esa especie de turrón que venden en Alemania por Navidades.

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Trier

A Trier nos llevó el destino: 3 veces, por si con una no hubiese bastado. Nos dejó muchísimas anécdotas.

Trier calle principal

Fuimos a dejar a un amigo desde Orval, y cuando después de una hora en un densísimo banco de niebla llegamos a Larochette descubrimos 100 llamadas perdidas. Su tren no había salido. Al parecer alguien se suicidó y cerraron la estación. Así que deshicimos el camino para recogerle, solo que la policía le estaba interrogando porque un lunático le acusaba de haber robado un guante (ojo solo uno) A la mañana siguiente temprano, volvimos a aparecer en la ciudad alemana. Cruzamos 6 veces la frontera.

Trier porta nigra

Pese a ser una ciudad alemana con placita mona rodeada de palacios muy bonitos, lo que sin duda más destaca de ella y la hace especial son sus ruinas romanas.

Trier Iglesia

Treveris fue la ciudad más antigua de Alemania. En sus dos mil años de historia, llegó a ser capital de la Galia, sede de uno de los arzobispados más influyentes de la edad media y una de las pocas ciudades que elegían al monarca del Sacro Imperio Germánico.

A pesar de todo, es una ciudad pequeña, un poco desconocida… quizás gracias a ello, durante las dos guerras que asolaron Europa no llegó a ser tan destruida como Colonia o Munich.

Al casco histórico se accede por la porta nigra, el símbolo de la ciudad. Yo había visto fotos de esta puerta construida ni más ni menos que por los romanos y pensé que tampoco era para tanto.

Kurfürstliches Palais Trier

Ojo engaña, en persona es impactante, un impresionante mastodonte de puerta de grandes piedras ennegrecidas por el paso del tiempo. Es una puerta de tres pisos con doble arco flanqueada por dos torres, cuadradas en el interior y semicirculares en el exterior. Además hay otra torre de dos pisos que aún conserva adherido parte del ábside de una iglesia, en los restos del claustro está situada la oficina de turismo.

De la puerta sale la calle peatonal que une la muralla romana con la típica plaza del mercado europea. En ella se suceden las tiendas y los almacenes intercalados con curiosos palacetes pintados de alegres colores. Uno de los más curiosos es el palacio de los tres reyes, que hoy en día es una cafetería que mantiene su entrada románica medieval.

casas fachwerk trier

La plaza del mercado curiosamente está dividida en dos. A la que primero se llega es a una plaza rodeada de antiguos palacetes de mercaderes profusamente adornados. Nada más llegar Elsa dijo “con tanto colorido parecen casas de gominola” Creo que en el país de Hänsel y Gretel los palacios con sus colorines, algunos con las características vigas de madera “fachwerk” en las fachadas y sobre todo, la mayoría con las tejas negras redondeadas, hacen que todo parezca de cuento.

catedral Trier

Esta plaza contiene otros rinconcitos que encontramos muy curiosos, como la fuente de san Pedro muy estilo las fuentes de madera de Berna, la cruz del mercado y la iglesia gótica de san Gangolf (Gandalf para nosotros) a la que solo se puede acceder por un pequeño pasadizo que puede pasar inadvertido entre tooodos los edificios que la rodean. No podéis perderos el interior, es precioso, completamente pintada del suelo al techo.

Mercado Trier

Desde esta plaza se pueden ver sobresalir los dos campanarios de la catedral, allí es donde se encuentra la otra plaza del mercado (y donde estaba el mercadillo de navidad típico de las fechas en las que fuimos). Incluso desde fuera se ve que es un mastodonte de catedral con una gran mezcla de estilos y su interior como no podría ser menos es enorme. Parte de ella se asienta sobre una capilla que empezó a construir el emperador Constantino.

Callejeando un poco llegamos hasta el Kurfürstliches Palais, un gran palacio barroco, en tono rosita. Y detrás de él hay otra cosa curiosa de visitar estando en Alemania, unas termas romanas de las que sorprendentemente se conserva bastante.

Iglesia de san gandalf

Además de estos baños imperiales, en la ciudad se conserva unos pocos restos de un anfiteatro romano pero sigo pensando que no deja de ser exótico de visitar tan al norte, y un puente sobre el Mosela.

En general el centro de la ciudad es como cualquier ciudad alemana. Las calles peatonales llenas de tiendas se suceden con edificios muy antiguos restaurados, muy modernos o edificios nuevos imitando palacetes, lo cual me causa cierta perturbación no sé por qué y personalmente no me gusta mucho.

Trier moderno

Si que es cierto que en los paseos por el centro de vez en cuando te sorprenden casas antiguas muy bonitas realmente escondidas, pero para mi gusto lo mejor cruzar el Mosela por el puente de Káiser Guillermo. Al otro lado como si de un pequeño pueblo se tratase se suceden las pequeñas casitas de dos plantas que se reflejan en el agua, incluso una antigua iglesia. Todo trasmite paz y tranquilidad.

Berlin (Este)

Aunque realmente en este lado de la ciudad se agolpan los puntos propiamente turísticos, es fea e insulsa (en fin que se le va a hacer, es mi pobre opinion de Berlin)

Empezamos nuestra exploración de la ciudad en la avenida Unter den Linden desde la puerta de Brandemburgo donde empezaba el muro que separaba las dos ciudades. El camino por el que discurría sigue marcado por todas las calles con unos adoquines facilmente reconocibles, y en algunas zonas quedan todavía partes con el muro en pie que han sido utilizadas como paneles. En este boulevard se amontonan las tiendas para turistas (y a juzgar por la cantidad de trocitos del muro que venden ya no debería quedar en pie ni un solo panel)

Hacia el sur de este boulevard, nos dirigimos hasta Postdamer platz (que por cierto, era un día que no paraba de llover y nos planteamos seriamente lo de ir viendo la ciudad desde un autobús) y de allí al mítico checkpoint charlie, que era uno de los más famosos puestos fronterizos. Justo al lado hay un museo/exposición al aire libre, sobre el muro, su construcción, la guerra… y de allí para “levantarnos más el ánimo” como si la lluvia y la ciudad gris no fuesen suficientes, nos fuimos hasta el museo judío.

Realmente en este museo no hay nada sobre la historia de la segunda guerra mundial. Es un museo de arte moderno donde todas las obras están destinadas a transmitir opresión, soledad … Mi amor por el arte moderno no mejoró dos días después, coincidiendo que era gratuita la entrada que fuimos a visitar el museo Guggenheim de Berlin (que se encuentra en la mismísima Unter den Liden).

Así que finalmente, pusimos rumbo hacia el norte (de nuevo hacia la Unter den Liden) para pasar por algunos puntos fuertes de la ciudad (y un poco más bonitos que en general la mole tras mole de edificios grises)

Fuimos a la plaza de Gendarmenmarkt y a partir de esta zona empezó a gustarme, ligeramente un poco más, la ciudad. Aquí se levantan curiosamente dos iglesias gemelas una enfrente de la otra, la francesa a un lado y la alemana en otra que se construyeron en el 1750 para albergar dos ritos diferentes, separadas por el palacio de la ópera. Si las ven seguro que no pueden dejar de pensar en las iglesias gemelas de la piazza del Popolo en Roma.

Volvimos  a Unter den Liden pero ya muy cerca del río, a la altura de la plaza Bebelplatz que hay entre el gran edificio de la universidad y la curiosa catedral redonda de San Hedwig. Se trata de un lugar al que encontré un poco de magia. En el centro hay un monumento, con estanterías vacías y una pequeña placa con la vaticinadora frase del poeta Heinrich Heine “donde se queman libros se terminan quemando también personas”  Como aparece representado en la película “la última cruzada”, en la segunda guerra mundial fue en esta misma plaza donde se procedió a la quema de libros y el comienzo de la persecución de intelectuales.

El gran boulevard acaba en el río donde está la isla de los museos, que creo que es el lugar más monumental de toda la ciudad. Se trata de una serie de grandes edificios, encabezados por la curiosa catedral (y fue aquí donde me dí cuenta de que lo curioso de este lado de Berlin es que todas las iglesias tenían cúpulas redondeadas, ni un solo campanario picudo) Los museos albergan grandes colecciones, mucho hablar del Louvre o el British pero el Pergamon os dejará con la boca abierta.

Ya desde este punto se puede ver el gran faro de la Alexandrplatz que era donde estaba nuestro albergue. Por cierto que el albergue no estaba nada mal, entre tanto edificio de pisos gris se trataba de una pequeña casita con su patio y todo y varias plantas, con un interior muy acogedor, y muy cerca de una parte del muro donde está muy bien preservado y se utilizó para dar rienda suelta a todas las aspiraciones artísticas.

Una zona muy animada que teníamos como punto de partida siempre era la estación de trenes de Friedrichstrasse. A parte de ser una zona comercial, había grandes cervecerías bastante acogedoras y unas casas (en plan bloques de edificios) que el amigo de Gonso nos dijo que teníamos que entrar dentro a los patios. Por dentro era curioso cómo estaban decorados de forma modernista y dentro de los patios había tiendas super chic, galerías de arte, bares, todo rollo muy alternativo.

Desde la estación, cruzando el río, se llegaba a la sinagoga (muy chula por fuera) pero lo realmente llamativo de esta parte del barrio era Tacheles la grandísima casa okupa más famosa de Berlín. Es realmente enorme y hoy en día funciona como un gran centro cultural, tiene un par de bares, y lo demás son habitaciones de artistas que dan sus primeros pasos (se pueden visitar todos los rincones libremente) eso sí a mi me sorprendía que tanta casa okupa, tanta casa okupa, pero allí la vida no parecía ten hippie como daba a entender el grado de destrucción de algunas partes del edificio. Se tenía su calefacción funcionando, y todo el mundo tenía sus portátiles y había hasta wifi. Estas y otras cosas que ví allí me llevan a pensar que ahora más bien es un negocio montado en plan rollo alternativo.

Berlin (Oeste)

Llevaba unos días con el blog un poco parado y perezosa. No había pensado escribir sobre Berlin hasta en un futuuuuro, pero mi jefe ha vuelto de allí (estuvo viviendo en el Berlin occidental, cuando existía el Este y Oeste) y las sobremesas de las comidas me han traído muchos recuerdos.

La mayor parte de la gente vuelve enamorada de esta ciudad, pero todo aquel que me conoce sabe que a mi no me gustó (he conocido a más gente de mi opinión, así que Berlin debe de ser de esas ciudades que despierta sentimientos encontrados). Otros lo achacan a que la visité bastante enferma, (pero seguía teniendo 38 de fiebre cuando llegue a Praga, y me enamoró). Otros dicen que de acuerdo, es una ciudad feísima, pero que lo que merece la pena es vivirla (hombre tres días son suficientes para visitar Berlin pero obviamente no para “vivirla” como se merece).

Nuestro primer día, y primer día del emocionante viaje en el que nos habíamos embarcado, no pudo tener mejor comienzo para descubrir la renombrada “vida” de la ciudad. Después de conducir 800km pasando por 4 países, llegamos a Berlin. Allí para recibirnos y descubrirnos sus “encantos” estaba un amigo de Gonso esperándonos, que nos llevó hasta una fiesta que se celebraba en una de las antiguas cloacas de la ciudad. Si cuentas esto todo el mundo dice “guau Berlin” y yo digo “si, eso es Berlin peroo… no

La parte más bonita de la ciudad es sin dudarlo el oeste, durante la guerra fría y separada de su otra mitad, esta zona de la ciudad desarrolló el fuerte carácter cosmopolita que le caracteriza. El paisaje típico de estas calles es el que te encontrarías en cualquier ciudad europea con grandes palacios en cada manzana y contrasta realmente muchísimo con el paisaje callejero en la otra mitad de bloques grises de hormigón. Eso sí una cosa que no falta en ninguna esquina de Berlin, tanto al este como al oeste son las esculturas modernas que pululan por toda la ciudad.

Justo al otro lado del muro, pasada la puerta de Brandemburgo, se encuentra el Reichstag. El edificio del parlamento es de principios del siglo XX aunque en la segunda guerra mundial quedo bastante destruido y se restauró. Durante la restauración Norman Foster diseñó y se construyó la cúpula de cristal que le da ese contraste único. Es gratuito visitar y subir a la increíble cúpula, desde arriba es posible ver los escaños del parlamento (incluso seguir debates) y también disfrutar de las vistas de la ciudad.

Más al sur también en este lado del muro está la Postdamer platz, un conjunto de cuatro edificios super modernos: el Daimler (que es el más alto), el edificio Sony, el Beisheim y Park kolonnaden. Entre los cuatro se abre una especie de techo en forma de paraguas sobre la plaza llena de cafeterías. El conjunto en sí de grandes edificios de oficinas con arquitectura muy moderna es curioso, el caso es que algo tiene, aunque yo sigo pensando que no me desplazaría hasta allí solo para ver eso, pero tiene su algo.

Una buena parte de Berlin es el grandísimo Tiergarten, con zoo, avenidas, esculturas, memoriales y todo. En 1800 el parque en realidad era un sitio de caza, y curiosamente en la segunda guerra mundial fue deforestado. Hoy en día alberga muchas instituciones gubernamentales, como el mismísimo Reichstag. En el centro esta la victoria y varios memoriales a generales Prusianos. Obviamente a finales del mes de octubre no se puede uno relajar al sol y disfrutar del verde (es más los recuerdo como unos días muy húmedos) pero es un grandísimo oasis de calma en medio de la ciudad (aunque para ser sinceros Berlin no es una ciudad ajetreada, bulliciosa y caótica de la que querer escapar).

Al sur del parque, al lado del zoo esta la Kaiser Williams Kirche, después de la segunda guerra mundial la iglesia quedó parcialmente derruida y se decidió dejarla así sin restaurar como una parte más del mobiliario urbano para que se recordase. Justo al lado construyeron otra iglesia moderna, que por fuera no me convenció pero por dentro es un hexágono con vidrieras azules así que todo es de color azul dándote la sensación de estar dentro de un acuario, es curioso a la par que bonito.

Aún más hacia el oeste, huyendo de los aires de modernidad que emanan por los rincones de esta ciudad se encuentra el Schloss Charlottenburg. Es un palacio de 1699 que alberga varios museos, principalmente la pinacoteca de los reyes de Prusia. Hay un jardín de estilo francés en el patio cuadrada del centro que tiene canales artificiales, y en uno de sus rincones, se encuentra la pequeña casita azul y blanca. En la casita de té del Belvedere se exhibe una colección de porcelana. En este punto llegamos todos al acuerdo de que cuanto más al oeste se iba en Berlin, más bonita parecía la ciudad.

No sé, la verdad, a que lado del muro estaría, pero si que la rubi y yo, hicimos un buen recorrido de metro hasta algún lugar del sur para ir a uno de los muchos mercadillos de ropa de segunda mano que abundan por la ciudad diferentes días de la semana, hay que encontrarse algún erasmus por el metro y preguntar. Se encuentran cosas curiosas

En general si alguien me pregunta sobre Berlín, a todo el mundo le contesto lo mismo; creo que es una ciudad que se vende mucho más que lo que realmente tiene para ofrecer.

Ruta por las abadías wallonas

Cuando por primera vez se me ocurrió la posibilidad de hacer este viaje, lo esbocé con sus paradas sus tiempos y su viabilidad, me emocioné muchísimo. De pronto me hacía más ilusión que viajar, como haría dos semanas después, a Marrakech. Incluso se me aparecían los rostros (llenos de envidia) de personas que sabía que les encantaría haberlo hecho. Desgraciadamente en aquel momento vino una temible y mortal ola de frío por toda Europa, que dejó las temperaturas por Bélgica en unos -10ºC con lo cual imposible hacer nada de turismo.

Un año después, al enterarme de que Fu no había ido nunca a Bélgica y conociéndole como gran amante de la cerveza se decretó que este viaje había que realizarlo sí o sí.

¿Por qué esta ruta?

Se trataba de mezclar el turismo con la gastronomía, en concreto la cerveza belga. Más en concreto la cerveza trapense. Este tipo de cerveza tiene una denominación de origen, Trappiste. Solo se otorga si se sigue elaborando en los mismos monasterios trapenses, bajo el control de los monjes y sus beneficios se destinan a caridad.

En total en el mundo solo hay siete cervezas que lo ostentan que son 3 de Flandes: Westmalle, Westvleteren y Achel (estas las dejamos para otra aventura por las abadías flamencas); 3 en Wallonia: Chimay, Rochefort y Orval y una en Holanda: Trappe. Estas cervezas son generalmente turbias, de muy alta fermentación y deben ser preparadas respetando los criterios definidos por la asociación Trapista Internacional si quieren poder mostrar el logo “Authentic trappist product

Para cervezas que no reúnen estos requisitos se creó otra calificación que es la cerveza de abadía. En este grupo entran, tanto cervezas braseadas en las abadías por los monjes o licencias que comunidades monacales han pasado a alguna brasserie (como Leffe, Grimbergen, Affligen)

Obviamente todas las abadías no podíamos visitar, y teníamos en cuenta que algunas no aportarían nada a nuestro viaje por no tratarse de lugares especiales. Nos centramos en la región wallona y en el camino añadimos algunas cervezas de abadía y algunas brasseries tradicionales:

Volamos a Charleroi con ryanair (por el precio de 23€ ida y vuelta) y allí alquilamos un coche. Según aterrizamos a las 9 de la mañana nos encaminamos, por la N53, hacia el pueblo de Chimay. Después desandamos nuestros pasos para coger la N50 camino a Francia y visitamos Tournai. En esta ciudad no hay ninguna abadía pero cerca, en Pipaix, se encuentra la brasserie Dubuisson una brasserie tradicional belga que habíamos pensado visitar. Pasamos un par de días en Lille, donde no solo visitamos a amigos y familiares sino que también estuvimos en una brasserie tradicional para catar la cerveza del norte de Francia, nos dirigimos a la bellisima ciudad de Dinant donde ni más ni menos que se encuentra nuestra señora de Leffe. Nuestro camino este día siguió atravesando las Árdenas para visitar las abadías de Rochefort y Orval.

Dado que estábamos muy cerca de Luxemburgo nuestro viaje a partir de este punto se tornó un poco más turístico y nos encaminamos hacia el ducado, visitando pequeñas ciudades que parecían sacadas de cuentos. Como no sitio en el albergue de La ciudad de Luxemburgo decidimos pasar dos noches en el albergue de Larochette en medio del bosque. Tuvimos que acercarnos a Trier (3 veces por diferentes motivos) y después nos dedicamos a disfrutar de las pequeñas joyas de la suiza luxemburguesa Echternach y Vianden. Cuando nos dirigíamos para pasar nuestra última noche en un albergue en Maastricht, en el camino antes de salir del ducado, divisamos Clervaux y tuvimos que parar para verlo. Después de un día en la ciudad holandesa volvimos a Bélgica para finalizar el viaje, visitando de propina Hoegaarden donde se encuentra la abadía que da nombre a la cerveza.

En nuestro viaje no solo visitábamos las abadías sino que obviamente hacíamos cata conveniente de la cerveza del lugar. Para ello en casi todas las abadías al lado se encuentra un albergue. Estos albergues aunque modernizados, son tan antiguos como las propias abadías ya que la tradición cuenta que se hacía queso y cerveza para alimentar a los peregrinos y si se fijan todos los sitios por donde pasamos son lugares del camino de Santiago belga.

Flammenkuchen

Llegaba a Lausana por la noche. La gente que me esperaba allí me llevó a cenar a una brasserie que, por suerte, cerraba la cocina a las 23h. Era la segunda noche que iban allí a cenar y a la hora de pedir la comida me sorprendí mucho cuando me preguntaron que si yo, por casualidad, sabía qué eran los Flammenkuchen.

Ninguno los conocía (cosa que me asombraba un montón, ya que era gente que tenía millas recorridas en su haber) y claro ocupaban la mayor parte de la carta pero no se habían atrevido a pedirlos.

Los Flammenkuchen o Tartes Flambées (si se dice en francés) vienen a ser el equivalente a las pizzas en las zonas más céntricas de Europa. Realmente si coges un mapa de Europa y trazas un círculo alrededor de la región de la Alsacia es exactamente de ahí, de donde vienen.

Tradicionalmente surgieron como las cocas, las pizzas y similares. La masa es de pan muy muy finita, como si fuese solo la corteza del pan, y viene de que para ver la temperatura del horno para hacer el pan metían un pelín de masa muy finita para ver como se cocía. Luego estas tortas que sobraban se las comían echándoles cebolla, crema, y bacon. Así que generalmente, se trata de una masa de pan (harina y agua) muy fina cocida al horno, que lleva una mezcla de cebolla y nata (a veces queso fresco) y luego innovaron echándole todo lo que se les ocurra ( son como pizzas pero sin salsa de tomate ni mozzarella).

Generalmente en muchas brasseries las tienen porque es algo fácil de hacer, y sobre todo es el plato estrella alsaciano que no podéis dejar de probar. Cuando estuve en Estrasburgo había miles de sitios pero nos decidimos a comerlas en le jardin vert que ha ganado el premio Routard en varios años consecutivos por sus trates flambées. Se encuentra en la Petite France, nada más pasar el puente cubierto en una pequeña calle a los pies de un canal y a parte de tener una terraza muy agradable y comida rica, los postres son también increíbles.

Hogenschwangau

Nos recomendaron muchísimo ir a Füssen estando en Munich, y realmente debe de ser un sitio muy bonito, pero no llegamos a llegar. Nos quedamos a pocos minutos de distancia en el pueblo de Hohenschwangau donde se encuentran dos de los castillos relacionados con Luis II de Baviera (también conocido como Ludwig el loco). Había gente del grupo en el que viajábamos que no sabía exactamente qué es lo que íbamos a ver, pero según nos acercábamos con el coche vimos la torre más alta del castillo emocionados.

En sí, Hohenschwangau es un pueblo de cuatro casas tirolesas reconvertidas en negocios. Eso sí son preciosas, con las fachadas decoradas con pinturas y maderitas. Se encuentra al pié del lago Alpsee de color esmeralda, también muy bonito. En lo alto de una de las muchas cimas que lo rodean, había una fortaleza llamada Schwastein donde nació y se crió Luis II “el loco”. El sobrenombre le viene por sus diversas extravagancias, entre otras muchas construir castillos, lo que llevó a la bancarrota al reino.

El castillo de Hohenschwangau se alza sobre el pueblo en la primera de las cimas a la derecha. Es el más antiguo de  los dos y fue construido durante el reinado de MassimilianoII en el 1832. A mí este castillo me pareció realmente bonito, amarillito, con sus almenitas y su puente (un castillo muy tradicional pese a haber sido construido a principios del s.XIX) rodeado de bosque en la montaña.  Hay dos formas de subir hasta él, una por una especie de escaleritas (con vistas al Neuschwanstein) y otra dando un rodeo por la montaña (la pendiente es más suave y vistas al lago Alpsee) pero ambos caminos se encuentran bajo el pórtico principal del castillo. La subida por los dos sitios es impresionante, porque el paraje donde está ubicado es único…

A ambos castillos hay que entrar con una visita guiada, no se pueden hacer fotos dentro y las entradas no son precisamente baratas (que se le va a hacer). Me han contado que, al ser un sitio super turístico, se forman grandes colas y ha veces toca esperar horas hasta tu turno para entrar (porque mira que odio viajar a Europa en invierno, pero algo es cierto y es que no existen las colas ni los demás turistas). En el Hohenschwangau hay entre muchas salas preciosas, varias dedicadas al rey Ludwig II en plan museo y como fue cambiando y volviéndose paranoico. La verdad es que las historias que te cuentan sobre sus excentricidades (como que su guardia fuese vestida con uniforme francés de verano en pleno invierno en los Alpes) y cómo murió (apareció desnudo junto con su psiquiatra en el lago ahogados) te enganchan un montón porque son fascinantes en plan culebrón histórico, no conozco a nadie que después de la visita no haya querido seguir conociendo más cosas sobre su vida.

Claro que al bonito castillo amarillo le quita todo el protagonismo el famosisimo Neuschwanstein (antes de ver cualquier foto ya sabréis cual es si os digo, el de Walt Disney) que se alza justo en frente en una cima más alta. Cuando Ludwig II se convirtió en rey de Baviera mandó construir enfrente el nuevo castillo (de ahí el nombre Nuevo-Schwanstein) aunque como murió en 1886 quedó a medio construir.

El castillo es de cuento de hadas y el entorno es inigualable, rodeado de abetos en la cima de una pequeña colina que hace que tengas la sensación de que está a media ladera de la alta montaña que se alza detrás cuando lo ves desde abajo.

Para llegar a la cima del castillo hay tres posibilidades: andando (la de mochileros), en calesa (la pija) y en bus (pero ojo que el bus no te deja tampoco cerca del castillo, al menos el camino es de bajada porque para cerca del Marienbruke del que luego hablaremos) Por supuesto subimos andando, no es para tanto. Se trata de una subidita que te lleva al patio principal del castillo, a través de las puertas que no son de color gris sino rojo.

Por fuera no tiene ningún tipo de decoración, es un poco una imitación medieval. Pero realmente por dentro es todo ostentación, incluyendo una sala del trono con millones de baldosas decoradas con oro, un baño que tardaba 4 horas en llenarse con una especie de barca-cisne, una gruta artificial, la planta de arriba está llena de frescos representando óperas de Wagner. Para visitarlo van dando turnos para entrar.

Después de comer una Brastwurt en un puestecillo que hay justo al lado de la puerta principal fuimos hacia el Marienbruke. Ya desde la entrada principal lo veíamos a lo lejos, un pequeño puentecito de madera que salvaba un gran desfiladero, por el que caía la cascada de un arroyo hasta la garganta que solo mirarlo de lejos ya daba vértigo. Una vez allí ya os aseguro que no es apto para gente sensible a las alturas, de hecho yo cogí, me asomé, hice la foto de rigor y salí corriendo. El puente se construyó expresamente para poder hacer “la foto” al castillo, si os fijáis podéis ver como los cimientos parecen salir de la misma montaña. Y ese mismo camino sigue unos 3km hasta lo alto de la montaña donde se puede ver el castillo de frente con el lago detrás.