Salzburgo

Realmente un día descubrí que me moría de ganas por ir a Salzburgo. Era el 2006 y en todas partes se celebraban los 250 años del nacimiento de Mozart, pero 15 días antes del viaje ni siquiera había pensado que yo ese año estaría allí en Austria. Y por otra parte ni tan siquiera me lo imaginaba la mitad de bonito de lo que es. Salzburgo es uno de los principales lugares turísticos de Austria. Se autovenden a base de “Mozart” y “Sonrisas y lagrimas” lo cual es una pena porque realmente una ciudad cuyo casco histórico es patrimonio de la humanidad no lo necesita. Por si sola es todo belleza y solemnidad capaz de atraer a cualquier turista por muy despistado que esté (mi madre estuvo en Salzburgo y ni se enteró que allí rodaron “Sonrisas y lagrimas” por mucho que estuviese anunciado)

La ciudad se extiende bajo la fortaleza de Hohensalzburg, el castillo fortificado más grande y mejor conservado de Europa central. Así que nada más llegar, aparcamos sorprendentemente rápido el coche y fuimos instintivamente hacia el Altstat, resplandeciente con sus edificios blancos para poder subir al castillo. Llegamos a la Kapitelplatz, pasando por delante del museo de Salzburgo, donde a pesar de que una incipiente nieve estaba empezando a caer se estaba jugando un torneo de ajedrez (con tablero y piezas gigantes). Aquí al lado se encuentran enfrentadas la catedral y la residencia arzobispal que fueron nuestra siguiente parada. Ambas datan de principios del barroco (como casi todos los monumentos de la ciudad) por fuera tienen unas fachadas muy geométricas y simples (que con el color blanco le dan un aire muy solemne) y aunque en el interior abundan los dorados no están demasiado recargadas.

Desde la residencia arzobispal nos pusimos a callejear por entre las amplias (e increíblemente limpias) avenidas de palacetes blancos o de color crema, y decidimos preguntar por la casa de Mozart (10 minutos Norbi y yo intentando hacer la pregunta en un elegante alemán y cuando nos respondieron no comprendimos nada) Pero realmente es muy sencillo, la primera calle paralela al río es la Getreidegasse, y la casa donde nació Mozart, hoy convertida en museo que explica bastante bien el Salzburgo de aquella época, imposible de no ver ya que es la única que está pintada de un vivo color amarillo. Además esta es la principal calle comercial, y a parte de miles de artículos de Navidad, en todas las tiendas vendían los famosos bombones Mozartkugeln. La receta se hizo en el 1890 desde entonces en toda la ciudad los podréis encontrar estas bolas de chocolate, pistacho y mazapan.

Desde la Kapitelplatz se puede coger un funicular para subir al castillo, por supuesto nosotros subimos andando. Desde la misma plaza hay una especie de carretera (muy inclinada) que va rodeando la montaña. Lo bonito de subir de esta forma es que se tienen increíbles vistas de la ciudad e incluso se puede ver la ciudad que hay detrás de la fortaleza (el otro lado de Salzburgo) igual de bonito, además las cúpulas de las iglesias y las montañas nevadas del Tyrol hacían un paisaje de postal.

El castillo se construyó en el XI para defender el arzobispado que se fue ampliando (porque Salzburgo fue un arzobispado muy rico gracias al comercio de la sal y su política era como la de una ciudad estado). Una vez se entra en sus murallas se sigue subiendo (y este es el tramo con más pendiente) hasta el patio principal (la puerta es típica de castillo de película) El patio del castillo es enorme, de paredes blanco brillante. En su interior se pone una parte del mercadillo de navidad y hay un restaurante. Pero no pudimos entrar al interior y recorrer el castillo (cuando llegamos era muy tarde y la entrada tampoco es que fuera barata).

Bajamos por el otro lado hasta la abadía de St. Peter, donde mucha gente importante fue enterrada y tiene unas catacumbas curiosas. Comparada con las demás iglesias de la ciudad esta parece muy simple y sencilla pero su interior es magnífico. El centro histórico de la ciudad realmente deja sin palabras, me transmitió armonía y perfección.

Como habíamos aparcado el coche en la ciudad nueva ésta fue la última parte que exploramos. Entramos en los jardines del elegante castillo Mirabel, que tienen vistas a la fortaleza. Son muy bonitos (pero, sobre todo a juzgar por las fotos que trajeron mis padres, mucho más en verano que en invierno obviamente) Hay un pequeño laberinto, parterres de flores (las pobrecitas cuando yo fui estaban ya cubiertas por la nieve que estaba cayendo en ese momento, la primera de aquel año), e incluso un invernadero con plantas más tropicales.

Como guinda del pastel resultó que en nuestra gran planificación se nos había olvidado apuntar la dirección del albergue de Munich, así que nos dedicamos a buscar un cibercafe por esta zona. Hachis dijo “ahí hay una biblioteca a lo mejor tienen“, y en seguida leí “Mozarteum” en un edificio moderno de cristal y dije, “eso no es una biblioteca es un conservatorio“. Aún así fuimos a probrar suerte y nada más entrar conocimos a un pianista de Sevilla que había conseguido una beca y estaba estudiando allí. Nos llevo hasta los ordenadores donde la rubi y yo buscamos la dirección y mientras a los demás les confundieron con los participantes de un concurso coral (sería nuestro aire “bohemio” y el que fuésemos una pequeña “manadita” de 10 personas) así que nos invitaron a unos aperitivos (que fue nuestra gran cena gratis) con salchichas, los bretzels enormes, cerveza. En todo el viaje habíamos comido igual, recuerdo a Hachis diciendo “muy buena organización, se nota que nos esperaban, me encanta esta ciudad, es realmente tan acogedora con los extranjeros

La parte triste es que en nuestra rápida visita de 1 día en Salzburgo nos dejamos un montón de cosas por ver, como el monasterio capuchino en la parte nueva de la ciudad, o el barroco palacio de Hellbrunn a las afueras.

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Toussaint

Según se acercaban nuestras primeras vacaciones (Toussaint el 1 de noviembre) aumentaban nuestras probabilidades de explorar zonas de Europa que en esos momentos estaban más cercanas a nosotros entonces. El comienzo del viaje fue cuando Mario dijo “yo quiero ir a Alemania ¿alguien se apunta?” Nos apuntamos 15. (Mary siempre dice que deberíamos poner en el CV experiencia en organización de grandes grupos)

Aunque no lo parezca la organización de este viaje no fue muy compleja. Cogimos un mapa de Europa y trazamos un circulo según la gente iba haciendo comentarios:

“A Berlín, yo tengo ganas de ver Berlín” (decretó Mario)
“hombre claro no podemos pasar sin Berlín
“oye y ya que pasemos por Holanda paramos un momentín y así compro en un coffee pa’l viaje, mirad Eindhoven pilla de camino” (esto seguro que fue Moe)
“Ey ey mirad Praga, tios que está al lado de Berlín” (la verdad es que a Laia no le costó esfuerzo persuadirnos)
“ok, y bajamos a Munich
“pues me ha dicho la Rubi que tenemos que ver Salzburgo, y la carretera que tenemos que coger pasa por ahí, y Füssen que está a media hora” (esta fue mi gran aportación al viaje aprovechando la sabiduría de la rubi que estuvo haciendo interrail por ahí)
“¿Y Stuttgart, mi prima me ha dicho que merece la pena?” (Isa lo intentó)
“eeeh, no se si os habéis dado cuenta de que tenemos 9 días y tenemos que volver a Lille
“pues mira, paramos en Estrasburgo
“Me ha dicho JP. Que ellos volvieron de Estrasburgo una vez por Luxemburgo a menos de 2 horas, 3 si os queréis ahorrar el peaje y vais a través de la Lorraine”

Aunque os parezca mentira, esa fue toda la planificación del viaje. Alquilamos 3 cangoos que salieron muy bien de precio (200 euros los 10 días cada) en Europcar. En una tarde Laia y yo nos dedicamos a reservar albergues, para 15 personas, 2 noches en Berlin, 3 en Praga, 1 en Munich (y Estrasburgo, pensamos, ya nos apañaremos que volvemos a estar en casa) Nuestro presupuesto era MUY bajo, ninguna de las noches pasó de los 12€ por cabeza.

La gente me mira con perplejidad y asombro cuando cuento que no he hecho nunca un interrail. Siempre lo he querido hacer, pero nadie me quiso acompañar nunca, una vez un ex me llegó a decir que es que estaba ya muy mayor para esas cosas (tenía 21 años y yo 18 asi que le creí… hasta que yo cumpli 21 y desde entonces siempre me reí de él por semejante comentario) Este viaje a sido lo más parecido a un interrail solo que con coches y no en tren.

No llevábamos guías, ni miramos nada un poco antes por internet. Íbamos a los puestos de postales para ver las cosas turísticas que debíamos encontrar por la ciudad, era como una búsqueda del tesoro. Lo más divertido era llegar a las ciudades y sin tener plano, localizar la calle del albergue (y en ocasiones ni siquiera teníamos el nombre de la calle del albergue) operación que acabamos dominando con asombrosa maestría.

La gran sorpresa nos la llevamos al llegar a Praga donde, una noche caminando, nos encontramos con la banda de l’école centrale de Lille. Estaba tocando por las calles pidiendo y así se subvencionaban un poco el viaje. Estuvimos charlando un poco con ellos, y nos contaron que los días anteriores, al igual que nosotros, habían estado en Berlín. Pero mayor sorpresa aún fue cuando después de estar cómodamente instalados en el albergue de Munich, ¡aparecieron en el albergue! Estaban haciendo exactamente el mismo viaje que nosotros. Esa noche montamos una gran fiesta en el bar del albergue, ellos tocaban y nosotros bailábamos encima de las mesas (los demás huéspedes, nos miraban al principio con cara asustada)

Con Europcar finalmente quedamos descontentos ya que todo fueron pegas desde el primer momento, para los siguientes viajes alquilamos en otros sitios desde entonces. Entre las incidencias del viaje empezamos por estar a punto de no poder salir por el lío con las tarjetas de crédito. Cada conductor tenía que poner su tarjeta y no podía ser otra persona (he alquilado coches hasta en Canadá sin este tipo de problemas) Por suerte cuando ya creíamos que no saldríamos Cesc se levantó de la cama y vino a salvarnos. Había un coche con algún problema porque siendo iguales los tres, uno consumia mucho más que los demás. Al devolverlos nos cobraron un plus por algo y tuvimos que reclamar más tarde.

El viaje también empezó mal para mi, el mismo día de la salida empecé a sentirme muy mal. A la altura de Amberes, había perdido por completo la voz y a la altura de Hannover ya no podía conducir más, tenía 38 de fiebre que me acompañaron los tres días siguientes. Fue un duro comienzo que se agravó con las primeras nieves en europa aquel año. Quizás por eso me agradaron mucho más las ciudades que visitamos al final del viaje cuando ya me recuperé.

Además descubrimos un principio desconocido de la termodinámica; con los idiomas se trabaja a volumen constante, no importa que antes supieses defenderte en 4 idiomas, al estar en Francia y llenarlo todo con el francés pierdes la capacidad de expresarte en algo que no sea francés (incluso en tu lengua materna)