Tournai

TournaiAún recuerdo con cariño la primera vez que me acerqué a Tournai, sería el mes de Julio y casi todos los erasmus habían regresado a sus casas. Solo quedábamos los que habíamos encontrado un stage y estábamos trabajando. En una de estas pequeñas reuniones que solíamos hacer para no sentir que nos habíamos quedado de pronto tan solos, mi amigo Xavi me contó que tenía muchas ganas de ir a Tournai antes de irse definitivamente, que estando tan cerca de un sitio patrimonio de la humanidad sería una pena no verlo. Y era cierto, como a Charleroi volaba Ryanair, pues casi todos íbamos y veníamos en el tren desde la ciudad belga hasta Lille y siempre parábamos en Tournai.

Incluso desde la pequeña estación se podían ver los cuatro torreones de la catedral.

torreones desde el palacio episicopal

Así pues uno de los desagradables días de aquel ¿verano? (íbamos con abrigos y muertos de frío) decidimos bajar del tren en la primera parada (que no nos llevó ni 15 minutos) y explorar por una vez la pequeña ciudad que siempre veíamos a lo lejos y que tanto prometía entre los campos de cultivos que la rodeaban por todas partes, como un oasis en medio de la nada pero en tiempos de los romanos tuvo un pasado prestigioso.

belfroi de Tournai

Aquella primera vez nos acompañó el cielo gris belga, más típico que su cerveza. Así que me sorprendió mucho descubrir el cálido color ladrillo de sus calles a la luz del atardecer la segunda vez que estuve en nuestra ruta por las abadías Wallonas.

Dado que se trata de una ciudad pequeñita se puede visitar en medio día, así que nos dedicamos a vagabundear.

Hay que entender que es una de las ciudades más antiguas de Bélgica y en varias ocasiones un punto importante y estratégico, sobre todo durante la edad media. Por aquí pasaron romanos, españoles, ingleses, franceses.

notre dame de tournai

Se extiende a lo largo del río Escada que la divide en dos partes casi iguales. De la estación de tren fuimos por la rue Royale guiándonos por las 5 torres de su vasta catedral que domina toda la ciudad y es el emblema de la ciudad, con diferencia. Nuestra señora de Tournai es impresionante, su silueta con las cinco torres en forma de cruz y diferentes entre sí, sus proporciones, su piedra gris-azulada… realmente única. Además que refleja muy bien todas las variaciones de estilos medievales que van del románico de la nave (se empezó a construir en el siglo XII) hasta el gótico del coro. Es definitivamente bella. Por dentro jamás os la imaginaríais, es muy amplia con una gran  nave central rectangular adornada con grandes arcadas. Sus proporciones gigantescas producen un efecto impresionante. Bien es cierto que cuando la visitamos estaban en plena restauración y aunque los andamios no son bonitos sí que merece la pena entrar para entender toda la restauración que están llevando acabo.

San quintin

El palacio episcopal está justamente pegado a ella. Se trata de una mansión en típico ladrillo que la verdad no me llamó mucho la atención. Y en esa misma placita se levanta el belfroi de la ciudad. El belfroi también forma parte del patrimonio de la UNESCO. Aunque no es desde luego de los más altos que haya visto en Bélgica (quizás porque es de los más viejos, del siglo XII) me parece de los más bonitos. Es delicado, con una piedra gris clara, formas redondeadas y cinco tejaditos puntiagudos de teja negra coronados por dragones dorados.

grand place tournai

El belfroi hace esquina entre la entrada trasera de la catedral y la Grand Place. Esta grand place es bastante abierta y en ella encontramos las típicas casas gremiales belgas con sus tejaditos en escalera y fachadas de ladrillo rojo. En un lado, al igual que en la grand place de Bruselas,  resalta el gris y dorado edificio renacentista del Le halle aux drapes (el mercado de telas). En otra esquina se levanta la iglesia de St. Quentin con su tejado rojo, entramos en su capilla circular donde tiene una tumba coronada por la estatua de plata de notre dame de la treille.

calles de tournai

Esta grand place me gusta mucho porque normalmente está adornada con maceteros llenos de flores que la hacen super bonita en cualquier época.

Es hacia el otro lado donde se encuentra el barrio de l’hôtel de ville, con grandes jardines edificios más neoclásicos y alguno de sus museos.

Seguimos callejeando sin rumbo y nos sorprendimos encontrando muchas viejas iglesias pequeñas repartidas por la ciudad (todas de los siglos XII y XIII). También nos sorprendió encontrar varios restos de antiguas fortificaciones medievales, murallas y al llegar al río el Pont des Trous, una puerta de agua vestigio de la arquitectura militar. Formaba parte de la segunda muralla comunal que defendía la entrada a Tournai por el Escada. Por aquí pasamos al otro lado de la ciudad para vagabundear un poco más y dirigirnos ya de vuelta al tren en nuestra corta visita.

casas gremiales tournai

Tournai es una de las siete maravillas de bélgica. Como ya mencioné cuando hablé de la joya de Dinant, tristemente la gente se limita en sus viajes por Bélgica a Brujas y Gante y se olvidan de estas dos maravillas wallonas. Tournai nada tiene que envidiar a la regia Gante. Es una belleza de ciudad pequeña y manejable pero con un ambiente tremendo. Hay universidad, está llena de vida y es muy animada.

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Ruta por las abadías flamencas

Quiero aclarar que la idea y planificación de este viaje es obra de Alfo. Habíamos pasado medio mes recorriendo Chile y no bien nos incorporamos a nuestros respectivos trabajos decidimos volver a irnos. Era un momento perfecto porque se acercaba el “puente de mayo” que fácilmente podíamos unir con “el día de la reina” en Holanda.  Yo simplemente llené los huecos con “puntos turísticos”

ruta abadias belgas

¿Por qué esta ruta?

Nuestra pasión por la cerveza es algo que disfrutamos y compartimos juntos desde el día que nos conocimos. Él en seguida se unió al grupo de amigos que con sana envidia quieren una repetición de mi anterior viaje por las abadías wallonas (tal y como vaticiné). Así que me propuso una continuación con una ruta por las abadías productoras de cerveza flamencas.

campos de tulipanes

Lo más difícil parecía que iba a ser conseguir billetes de avión con tan poco tiempo (a un precio razonable) pero hicimos uso de nuestros puntos aéreos para viajar en bussines de Madrid a Bruselas.

Los dos primeros días los pasamos en Bruselas, en un hotelito al lado de la gare central. Entre otras cosas porque Alfo había vivido durante una temporada y me quería enseñar la ciudad con sus ojos. Allí quedé con una amiga que al enterarse del motivo del viaje, nos informó que ese fin de semana se celebraba una feria de la cerveza en Lovaina.

Iglesia

Al día siguiente, domingo, alquilamos un coche para los 7 días que duraría nuestra excursión (la única sucursal de AVIS abierta en domingo está en el aeropuerto)

Ese día tuvimos mala suerte (bueno sabíamos que la íbamos a tener) Lo dedicamos a recorrer braseries comerciales, que al ser domingo estaban cerradas. En todas ellas se puede concretar una cita, solo que las que nos daban no nos cuadraban con los horarios de las abadías. Pero os voy a dejar la lista de pueblos por los que pasamos. Algunas de estas braseries nos las encontramos por “sorpresa” en el camino mientras íbamos hacia Affligem.

braserie de cantillon

Nos encontramos con Breendonk, delicioso pueblecito hijo de la Duvel. El siguiente, entre carreteras comarcales, fue Steenhuffel donde está La Palm (de las pocas cervecerías que hacen roja flamenca, en vías de desaparecer) Pasamos por el bosque de Buggenhout hasta llegar al pueblo, donde queríamos visitar la boostels que hace la kwak y nuestra querida y adorada tripel karmeliet. Todo esto fue recompensado con creces con nuestra visita a la abadía de Affligem.

Esa tarde pusimos rumbo a las afueras de Lovaina y disfrutamos como críos en el Zytos festival donde todas las cervezas belgas estaban presentes (y fue como haber hecho la visita de todas las braseries anteriores, porque catamos, nos contaron, escuchamos, aprendimos…)

Kinderdijk

Al día siguiente pusimos rumbo a tierras holandesas y antes de salir visitamos la abadía de Westmalle. Llegamos a Delft donde Leire y Suco nos acogieron en su casa y nos llevaron esa noche de fiesta a La Haya para celebrar koninginnenach. Para el koninginnedag habíamos reservado un hotel en Amsterdam (otro de los puntos difíciles de  la planificación) Empalmamos Madrugamos para llegar temprano a la capital y poder aparcar (muchos pensaron que jamás lo conseguiríamos)

Dado que la visita en la trappe la teníamos reservada para el 2 de mayo (y el 1 todas las abadías iban a estar cerradas) decidimos dedicarlo a “turismo por holanda” Visitamos VoledamEdam, Marken… incluso la curiosidad ingenieril nos llevó a tomar autopista hacia el norte para recorrer el gran dique desde Den Oever.

Begijnhof

En vez de cruzar hasta el otro lado volvimos sobre nuestros pasos y llegamos a Haarlem sin alojamiento (porque hasta aquí llegó la logística de nuestro viaje, a partir de este punto sabíamos qué abadías visitaríamos cada día pero para dormir cogíamos el mapa y según mirábamos allí acabábamos)

Os aviso que Haarlem es una ciudad terrible para entrar con coche (gana el segundo puesto después de Berna) y encima no encontrábamos hoteles a las afueras de la ciudad. Acabamos durmiendo encima de un restaurante chino (carísimo y muy cutre)

Marken

Esa mañana salimos hacia Tilburg por los campos de tulipanes que pueblan la zona entre Haarlem y Leiden pero a mitad de camino (tan extasiados estábamos) nos dimos cuenta de que no llegaríamos a la Trappe. Llamamos por teléfono y cambiamos la reserva (tuvimos suerte ya que ese día la visita solo era en flamenco). Para rellenar lo que quedaba del día con más turismo fuimos a Kinderdijk.

Esa noche dormimos en un hotel de carretera. Descubrimos los maravillosos Van der valks. Nos fijamos el día anterior que en las autopistas había esta cadena de hoteles, que supusimos similares a los formula1 o étap en Francia. Paramos para preguntar precios y al verlo todo TAN lujoso pensamos que nos habíamos equivocado. Pero no, por 60€ la noche teníamos dormitorio de 4 estrellas.

La trappe

La mañana del día siguiente la dedicamos a pasear por ‘s-Hertogenbosch (vimos el nombre en el mapa y no pudimos evitar ir a ver una ciudad que empezaba por apostrofe) Para llegar por la tarde a la Trappe a las afueras de Tilburg. De la visita a la Trappe fuiemos a Achel de nuevo en Bélgica.

Esa noche decidimos ir a Lovaina que era lo que mejor nos quedaba para las horas que eran. Allí localizamos un Ibis y vivimos una situación más típica de zoco que de hotel. Preguntamos el precio, nos dijeron “90 €” así que contestamos “bueno gracias, pero no es lo que buscamos” y nos dimos la vuelta para salir. Entonces nos llamó la chica y preguntó “¿cuanto quieren pagar?” reconocimos que estábamos buscando algo entorno a 60€ y ella nos contestó “se lo dejo en 59€” ¡!

Westvleteren

Nuestro último día quedaba lo más difícil. Llegar a la abadía de Westvleteren en la otra punta del país, probar una de las posiblemente mejores cervezas del mundo y volver a tiempo al aeropuerto de Bruselas.

Yo entiendo que turísticamente es una ruta difícil, porque o te gusta mucho la cerveza o hay lugares que es imposible que llamen tu atención. Además ¿qué personas pasan delante de Gante sin pararse, solo con el propósito de ir a una abadía? La respuesta es, dos personas que han vivido una parte de su vida a menos de 20min de esta ciudad.

Lovaina

Por otra parte constatamos, de nuevo, que los albergues situados al lado de las abadías son restaurantes con muy buena calidad y reputación. Siempre estaba llenos de gente fuese cual fuese el día de la semana.

Gofres

He viajado mucho pero me he descentrado con el blog. Para abrir boca, nunca mejor dicho, voy a hablaros de los gofres, que con solo mencionar su nombre te viene a la cabeza el maravilloso olor que desprenden.

La palabra gofre viene del holandés wafel que el francés tomó como gaufre. Aunque hoy en día sean un show para turistas, se venden en puestos callejeros y se encuentran en los supermercados, se trata de un postre con mucha solera que se remonta a la cocina medieval (me da a mí que por esa época probablemente no fuese postre) Su nombre proviene de la plancha de hierros que se usaba para cocinarlos (y que le daban esa estructura de cuadraditos a la masa) el wafer.

Hay tres tipos de gofres (que yo haya probado) muy diferentes entre ellos.

1) Gofre bruselense:

Encabeza la lista el gofre bruselense (o belga) que es el que, al menos en España, encontraréis fácilmente en el supermercado. Son unos perfectos rectángulos con 20 cruces que se hacen a partir de una masa ligera más bien líquida.

gofre bruselense

La mayor parte de las recetas que he encontrado (es la que suele hacer casi todo el mundo) lleva una mezcla de harina, sal, azúcar y huevos batidos a la que se le añade líquido (generalmente leche y mantequilla fundida)  No se les suele echar levadura (si acaso un sobrecito royal) pero si mucha mantequilla que les de consistencia.

Al meterlos en la gofrera queda la masa crujiente por fuera, pero como la masa no es excesivamente dulce, se les añade tradicionalmente azúcar glaseada. Y la tradición acaba ahí, pero claro la gente innova y poco a poco se fueron complicando con frutas, nata, chocolate… He de reconocer que aunque suenen apetitosos no son los que me gustan.

2) Gofre de Lieja:

Mi preferido por excelencia es el gofre de Lieja, aunque belga también, es diferente.

gaufre de lieja

Fue inventado por un cocinero de Lieja en el siglo XVIII. Es mucho más pequeño, dulce y denso. Lo que le distingue es su masa que no es líquida. Se tiene que hacer una bola de masa que contiene pequeños trozos de azúcar perlado que le dan el punto crocante. Para ello la masa hay que fermentarla durante dos horas con harina de panadería (no sobre de royal).

Una vez cocinado no tiene esquinas ni ninguna forma que no sea la de la masa tal y como cae a la gofrera. Siempre se sirven y comen calientes. Si los encontráis en el supermercado pensad que están pre-cocinados hay que calentarlos un poco para servirlos.

Un ejemplo de receta que he encontrado es: 165g harina, 1 huevo, 40g de azúcar, 30g de mantequilla derretida, un vaso de leche y la levadura. Se amasa todo durante 15 minutos hasta obtener una pasta lisa y nada pegajosa. Después se le añaden las bolitas de azúcar perlado (cuidando que se distribuyan bien por toda la masa) y se deja reposar.

gofre con caramelo

Los gofres de Lieja se sirven sin ningún acompañamiento. Y aquí viene el gran desconcierto al que se somete al turista. En muchos puestos en Bélgica encontraréis que venden los gofres de Lieja (y no los de Bruselas) con la fiesta de nata, chocolate, frutas… Bueno cada uno tiene su gusto, de hecho yo que soy super golosa éstos me los como con caramelo por encima. Pero aviso que son muy dulces de por sí y con todo ese jolgorio por encima pueden empachar.

3) Gofre holandés: Por último, está el gofre holandés, completamente distinto de los dos primeros.

Stroopwafel

También se le conoce por los nombres de stroopwafel o lakemans, y se trata de una especialidad de Gouda donde se inventaron en 1784. Al parecer un panadero mezcló restos de migas y especias con sirope de caramelo y luego cogió un gofre lo partió por la mitad una vez calentado, y lo untó con esa mezcla. Esto hace que se trate de dos gofres muy finos y redondeados (con cuadritos muy pequeños) unidos entre sí por una especie de melaza.

La masa es similar a la de los gofres bruselenses pero usando azúcar moreno y canela. Lo realmente difícil e importante es la melaza que tienen en el interior. Yo he probado hacerlos con varias cosas pero no he conseguido el resultado deseado. Desde luego no es caramelo a secas, sino azúcar moreno con mantequilla (a modo de toffee).

comiendo gauffres en den boch

Son tan dulces que no se les echa absolutamente nada por encima, se comen a modo de galleta y es muy frecuente encontrarlos en el super y panaderías.

Orval

Atravesando los bosques de las Árdenas, en el sur de Bélgica, cerca ya del ducado de Luxemburgo y la frontera con Francia, se encuentra Orval.

Orval

Para llegar, hay que seguir las indicaciones a Florenville. Una vez pasado este pueblo ya nos empezamos a encontrar algún cartel de Villers-devant-Orval siguiendo la carretera N88. Este pequeño pueblo, que literalmente significa “villa delante de Orval”, nació como apoyo para el servicio y los trabajadores seglares de la abadía. El pueblo se encuentra tomando el desvío a la derecha de la carretera y en ese mismo cruce hacia la izquierda se llega a la abadía por un largo camino.

Claustro antiguo

Lo primero con lo que nos encontramos en esta esquina, y lo tengo que contar porque me hipnotizó, es un gran lago con cisnes encajonado entre dos colinas de bosques, que en otoño estaban dorados. Levantándose de forma señorial, a sus pies, hay una antigua casona que era la fragua de Orval. Restos de lo rica que fue antaño la región de las Árdenas.

Como el camino es bastante alargado, los montes no permiten ver el final de este lago. Donde se cierra, está la magnífica abadía de Notre dame d’Orval. Verla, deja sin palabras. Poca imaginación hace falta para remontarse a la edad media, a 1132  cuando fue fundada. Debió de ser una ciudad-abadía muy rica con cantidad de terrenos. Orval es increíblemente grande, en la edad media todo lo que le rodea fueron terrenos suyos, impresionante es la palabra.

Antigua abadia

Notre-Dame d’Orval nació en el s.XI como abadía benedictina y Matilde de Toscana le dio el título de val d’or (dice la leyenda que perdió un anillo y de una fuente lo sacó una trucha tal y como muestran las botellas de cerveza) Pero en 1132 pasó a ser cisterciense, supeditada a la Trois-Fontaines en Champaña. En algún momento quedó olvidada y prosperó ella sola como abadía perdida en las profundidades del bosque enclavada en un profundo valle.

La visita se divide en dos partes; la parte antigua donde pudimos ver la mayor parte de las ruinas de la antigua abadía y la moderna que hoy en día todavía alberga a una comunidad de monjes. Esta parte fue re-construida en 1926 con la ayuda de la puesta en marcha de la brasserie.

La parte antigua es espectacular. En ella se conservan las antiguas salas, refectorios, el jardín de plantas medicinales y la farmacia, la fragua, la fuente de la leyenda, y un pequeño museo donde explican cuidadosamente la elaboración de la cerveza. Es uno de estos lugares donde evocar novelones estilo “El Nombre de la Rosa”

Abadia moderna

La parte moderna respeta cuidadosamente el entorno de la abadía y su arquitectura original. Lo más bonito de la visita (solo en horarios donde no haya oficios) son los sótanos, donde exponen planos de cómo fue la abadía antes de la revolución francesa (cuando fue arrasada) y guardan los tesoros.

LA CERVEZA:

En el estrecho caminito que va desde la carretera hasta la abadía dejamos el coche justo delante del albergue para peregrinos À l’ange gardien donde se pueden degustar las cervezas, el queso y deliciosos platos (el restaurante es muy bueno)

Cerveza Orval

Orval es una cerveza muy diferente al resto de cervezas trapenses. Combina la técnica alemana y la inglesa añadiendo lúpulo crudo y el resultado es una cerveza ambrée, de alta fermentación, muy amarga. Y otra rareza que presenta es que SOLO brasean un tipo de cerveza, pero su sabor cambia con el periodo de maduración en bodegas (como si fuesen vino). De forma que no sabrá igual una Orval recién comprada que una embotellada hace 15 años ni tendrá la misma graduación alcohólica.

A mi que me encanta la cerveza amarga, adoro a la Orval.

En el albergue también sirven una patersbier llamada Orval petite, que es la misma pero con menos graduación, solo para consumo de la comunidad.

Dinant

Dinant es la joya de Wallonia. Cuando se piensa en Bélgica todo el mundo la identifica con las monumentales Gante y Brujas. Pero Dinant sería el equivalente valón a la flamenca Brujas (en cuanto a que es pequeñita he impactante).

El que por qué pasa desapercibida es para mi una gran incógnita. Supongo que es porque en general la zona wallona es una gran desconocida para el turismo. Desde que la descubrí hace ya unos años, he tomado por mía la misión de convenceros de que tiene que estar en vuestros planes en un viaje a Bélgica.

Dinant

La hija del Mosa tiene sus modestas dimensiones como pueblo, pero es un lugar encantador, evocador y muy atrayente. Se encuentra a unos 20km de Namur, a las orillas del río.

Como la primera vez que visité la ciudad fue recorriendo toda la rivera desde la capital valona, creo que puedo decir que si este paraje natural me parece lo más bonito de Bélgica (con sus plácidas aguas, redondeados montes cubiertos por espeso bosque y pequeños castillos como el de Montaigle y Poilvache, oteando desde sus profundidades) Desde luego el punto culmine es el llegar a la pequeña ciudad de Dinant.

El mosa

Es el máximo exponente en la definición de ciudad lineal y es que tan solo tuvo espacio para desarrollarse entre el río y un gran acantilado. En menos de dos calles paralelas pero muy alargadas, abundan las fachadas estrechas y coloridas, de sus casas de 3-4 alturas con tejados de dos aguas. Y allí estaba yo mirándolas embobadas y riéndome porque solo me recordaban a una cosa ¡la casa de los playmobil!

Justo en el centro encajonada en el acantilado de 100 metros se levanta la imponente catedral de Nuestra Señora de Dinant (aunque nosotros la bautizamos como Nuestra Señora de Gotham por motivos estéticos) Es completamente gótica con interesantes vidrieras pero sin dudarlo lo más impactante es el increíble campanario de pizarra en forma de bulbo gigante. Su verticalidad unida a la mole de piedra la hace magnífica.

El Mosa

Detrás de ella están las escaleras de 420 escalones sacados de la roca, o el funicular, hasta la cima. Allí se alza una ciudadela levantada por los franceses en el primer tercio del siglo XIX, sobre los restos de una anterior. En el siglo XI se levantó en este punto un fuerte para proteger los únicos cuatro puentes que había sobre el Mosa. Las vistas son magníficas desde la cima: las construcciones parecen fundirse, unas con otras y de entre ellas sobresale el monumental campanario. La fortaleza en sí (vistas a parte) no es que sea espectacular, es estilo Vauban, tiene un parque en su patio y en sus dependencias se representan escenas bélicas. Dinant tuvo papeles muy importantes en las dos guerras mundiales y explican un poco la historia de la ciudad.

Ciudadela vauban

Un delicioso detalle que descubrí la primera vez es que la calle principal anda plagada de pastelerías. A parte de degustar bombones o chocolate caliente (hacía -10º) viendo plácidamente las aguas del río. Están las galletas con formas inimaginables. Por un lado las de caramelo speculoos, y por otro las más consistentes couques (duras como un ladrillo, pero deliciosas)

Y si todo esto os parece poco, si las fotos no os impactan, si el paisaje no es excelente… al final del pueblo (en su extremo más norte) se encuentra una abadía no poco famosa en el mundo entero: ¡¡Notre Dame de Leffe!!

Riviera del Mosa

La primera vez que fui he de reconocer que no la encontré, porque está al final final del mismo, pero la segunda vez como iba en un viaje temático cervecero fui con los deberes bien hechos: Tenéis que ir por el paseo del río y pasar todo el acantilado, la oficina de correos, veréis una pequeña capilla picuda (ya estáis cerca, esa es la capilla de Leffe) y en la última calle girad a la derecha. Ahí veréis ese campanario que aparece en todas las botellas. Se puede visitar solo parcialmente porque desde 1152 siguen viviendo monjes en ella, y entre sus muros, reconstruidos muchas veces hay una importante colección de vidrio.

LA CERVEZA:

Notre dame de leffe

Realmente hace mucho tiempo que ya no se hace cerveza en la abadía, justo al lado de ella hay un museo dedicado a la famosa marca y al cómo se hace. La historia dice que en 1240 le fue vendido a la abadía una bradesserie que acabaron trasladando al interior de la misma y donde desarrollaron la receta de la cerveza hasta la época napoleónica en que se paró su producción.

En 1950 un monje rescató las recetas tradicionales y se volvió a brasear la Leffe Brune (la original de la abadía). Además hasta ese momento también había recetas de cuatro variedades más, cada una con un carácter muy preciso. Fue la demanda de los consumidores la que hizo que en 1977 se buscase el soporte financiero de la Brasserie Artois (si la de la Stella Artois, que es la que ahora lleva la firma Leffe)

9_blonde_triple

Hoy en día la variedad que hay en el mercado es monumental:

Leffe Brune: Receta original de la abadía.
Leffe Blonde: La rubia y la más vendida de la marca.
Leffe Radieuse: Está fabricada a partir de una selección de lúpulos especial que la hace más amarga.
Leffe Triple: Cerveza con tres fermentaciones. Tiene un color más claro porque para alcanzar la tercera fermentación hay que mezclarla con agua. Aunque es una triple y por lo tanto es más alcohólica que la blonde y la brune, no llega a los grados de alcohol que consiguen otras cervezas triples.
Leffe Vieille Cuvée: Es una cerveza ambrée hecha a partir de malta de cebada que solo se vende en Bélgica. Tiene menos lúpulo, por lo que es menos amarga, y para tener ese color se suele mezclar con caramelo.
Leffe 9°: Es una cerveza en la que la fermentación se lleva a cabo a una temperatura más alta que la usual.
Leffe Rousse o la Leffe Printemps: Sería lo que se conoce como una cerveza ambrée mezclando parte de la malta sin tostar y parte tostada. Tiene un aroma muy especiado y un cuerpo medio. En principio solo se vendía a Italia pero la han pasado a producir como cerveza estacional de primavera.
la Leffe de Noël: Dada las dificultades de conservación en europa las brasseries ajustaban  su producción al ritmo de las recolecciones. Para poder acoger una nueva cosecha, en octubre vaciaban sus almacenes de grano braseando una cerveza que se consumiría a final de año, la cerveza de Navidad; una cerveza ale fuerte y densa.
Leffe Ruby: Esta es una “gurrada” de esas con frutos rojos muy dulce que no sabe para nada a cerveza.

Chimay

Colegiata de San pedro y san pabloRomain siempre dice que lo duro del Norte es que el cielo es gris, las calles son grises y los edificios también. Unidos a una lluvia persistente transmiten cierta melancolía. A pesar de que aquel Noviembre en el que nos habíamos embarcado en este viaje, lucía un sol como nunca he visto en Bélgica, la sensación que me dio fue exactamente ésa; todo rezuma gris.

Desde Charleroi cogimos el coche y bajamos por la N53 hasta casi la frontera con Francia donde se sitúa el pueblo de Chimay. Es francamente rural, rodeado por un montón de granjas que datarán de la segunda guerra mundial. Para imaginaros el aspecto de los caserones con techos abovedados de madera casi negra y las extensas praderas de hierba verde solo tenéis que ver alguna película de espías ambientada en la época (también vale “Top secret”)

El pueblo, es como una pequeña aglomeración de casitas grises, coronado en su alargada grand place, por una picuda colegiata de  Saints-Pierre-et-Paul gris, con tejado de pizarra. Lo único que le da mas color es la antigua casa de correos (en ladrillo rojo) y al final del pueblo, el château de los príncipes de Chimay. Eso si que no lo esperas de un pueblecito tan pequeño, un señor palacio re- y re-construido desde la edad media con sus jardines.

Château de Chimay

A mi me parece que sí que merece la pena visitar y darse un paseo por la pequeña ville de Chimay. Tiene un carácter fuertemente belga (sí que se trata de la Bélgica profunda, la película “Rien à déclarer” está ambientada en esta zona de la frontera), con una bonita arquitectura y bastante encantador.

La abadía de Notre-Dame de Scourmont, que es donde se fabrica la cerveza, se encuentra a unos 12 km del pueblo, cogiendo la carretera dirección a la frontera con Francia.  Chimay es una auténtica cerveza trapense. Eso significa que se elabora dentro de los muros de un monasterio trapense, bajo el control y la responsabilidad de la comunidad de monjes, cuya ganancia se destina al servicio social.

Grand place de Chimay

En la misma carretera (arcén derecho) nos encontramos con el Auberge de Poteaupré, que tradicionalmente pertenecía a la abadía y era donde se atendía a los peregrinos. Hoy en día está muy reformado y sirven todas las cervezas (y quesos) que se hacen. Unos metros más adelante, pasado un denso bosque. (a mano izquierda) sale el desvío para la propia abadía.

Antes de llegar pensaba que no sería posible, pero la abadía si que se puede visitar. Nosotras la encontramos abierta, recibiéndonos con su avenida roja de cedros japoneses. Dentro de ella se puede visitar el claustro, el patio central y alguna capilla. Pero no se puede ver la fabricación y obviamente si los monjes están asistiendo a oficios no se permite la visita. Desde luego me pareció una abadía diferente a cuantas haya visitado, tal vez porque siga activa, tal vez por arquitectura, jardines y todo. Desde luego está claro que está habitada y con mucha actividad, y aún así mantiene sus rincones de meditación (todos impregnados de un curioso olor a fermentación)

Abadía Notre Dame de Scourmont

Después de la visita a la abadía volvimos al albergue de Poteaupré para la degustación. En vez de ir por la carretera atravesamos en diagonal el bosque que separa el albergue de la abadía (aunque parezca mentira, hay un camino marcado que lleva sin pérdidas)

LA CERVEZA:

Para satisfacer sus necesidades, así como también para mantener el nivel de empleo de la región, los monjes trapenses cistercienses de Chimay han desarrollado, desde 1862, la producción de las cervezas belgas de alta fermentación y los quesos trapenses que tuvieron un gran éxito.

chimays

La cerveza Chimay Roja, o “Première”, es la cerveza más antigua. Fue la primera cerveza que elaboraron los padres trapenses en 1863 en la abadía Notre-Dame de Scourmont. Esta cerveza posee un hermoso color cobrizo. Tiene un olor y sabor afrutado que proviene de la  doble fermentación con un ligero toque amargo.  Se desarrolla una primera fermentación en el tanque. La segunda fermentación se realiza en forma espontánea en la botella, una vez que se llena y se guarda en la bodega de fermentación durante al menos 21 días. Esta segunda fermentación permite alcanzar el equilibrio total que se necesita entre el aroma, el alcohol y la untuosa espuma.

Quesos chimay

La cerveza de Triple de Chimay (etiqueta blanca) es la más reciente de la abadía. De un color anaranjado claro, la cerveza trapense combina el sabor dulce y amargo y la más seca de todas. El aroma que se siente proviene de los perfumes de los lúpulos: combinación sutil de lúpulos y levadura fresca que se mejora con un toque amargo. Hay que disfrutarla “joven” así que tiene poco tiempo “de garde”)

La cerveza Chimay Azul, bautizada como la “Grande Reserve”, es oscura que tiene un aroma potente y un complejo sabor amargo que mejora con los años (puede ser guardada hasta 15 años). Se elaboró por primera vez como una cerveza para la Navidad. Esta auténtica cerveza belga particularmente agradable. Su aroma es afrutado y especiado con un ligero toque caramelizado.

Camino a la abadía Scourmont

Y tan solo en la abadía y en el albergue de Poteaupré se puede encontrar la Chimay Dorée 4.8% Es lo que se conoce como una patersbier (de consumo para los monjes de la orden) Esta cerveza es braseada de forma similar a la roja pero es mucho menos fuerte que las tres anteriores y más pálida, incluso especiada de forma diferente. Ni siquiera la página de la brasserie hace mención a esta especialidad.

Hoegaarden

En nuestra ruta por las abadías más cerveceras de Bélgica, llegamos al pequeño Hoegaarden por casualidad. Era nuestro último día y volvíamos desde Maastricht. Hasta la hora de devolver el coche nos quedaba toda la mañana pero habiendo previsto un tiempo más malo no habíamos planeado nada para aquel día y no sabíamos dónde parar. Así que cogimos el mapa de carreteras y de pronto nos fijamos en él, ahí pequeñito, justo cerca de Lovaina.

Hoegaarden

Eso tiene nombre de cerveza” dijo Fu, y nos acercamos sin saber qué nos esperaba, podría ser un pueblo bonito, podría ser un pueblo normal con una fábrica y ya.

El caso es que según pasamos por la nacional para tomar el desvío al pueblo, ¡zas! cerrado, no se podía entrar. Seguimos conduciendo hasta el pueblo siguiente y, desde la carretera, oteé un esbelto campanario a lo que dije “a las malas si Hoegaarden no es bonito ese pueblo de allí tiene pinta de ser curioso

Ese pueblo en concreto, no era otro sino el mismo Hoegaarden, al que llegamos por una especie de camino muy campestre justo por la parte de atrás donde está la abadía, entre granjas. Y es que está en el medio de una zona muy rural. Menos mal, porque si hubiésemos podido entrar por la calle principal jamás hubiésemos encontrado la abadía, o al menos no tan fácilmente.

Jardines Hoegaarden

Aparcamos en una gran plaza que hay delante de la abadía, con un kiosco de música, rodeada por casitas rojas de ladrillo.

Lo primero que hicimos fue acercarnos a la iglesia por su puesto. En la entrada un cartel enorme y una flecha amarilla indicaban que era una parada del camino de Santiago. Aunque por fuera es tremendamente clásica y data de la edad media, su interior es gótico.

Justo al lado, hay un antiguo palacete (decorado a lo Luis XIV y todo) que es ahora un restaurante. Era el antiguo hospedaje de la abadía y allí tienen para degustar todos los diferentes tipos de cervezas que se hacen.

Este palacete, cuenta con una terraza (donde mucha gente aprovechaba los rayos de sol) a la que salimos y nos quedamos muy sorprendidos. En ese momento vimos lo más bonito de Hoegaarden (su “garden”) Es importante acercarse hasta este mesón puesto que justo detrás está la entrada al jardín que en que en otro tiempo rodeaba la abadía. Los setos, del tamaño de una persona están recortados a modo de laberintos. En algunas zonas en el centro se encuentran kioscos o pequeños estanques. En la avenida principal hay un gran estanque con nenúfares y hacia los lados el jardín se vuelve de tipo más inglés y salvaje. Hay incluso un pequeño invernadero de cristal. Se trata de una pequeña e inesperada joya cual retiro.

grote mark hoegaarden

El resto de la ciudad no es que sea fea, pero es un poco insulsa. Una típica ciudad belga repleta de sus casitas de ladrillo rojo con decoraciones blancas en las ventanas, una tras otra como si de uniformes se tratasen. A veces nos sorprendieron con bonitos patios delanteros en plan mansiones (probablemente esas serían antiguas casas de comerciantes en el XIX). Es al final del pueblo (o al principio según se mire, pero está muy bien indicado) cerca de la carretera principal que nosotros no pudimos coger, donde se encuentra actualmente la gran fábrica de cerveza. Se puede entrar, sin reserva previa, al centro de visitantes donde te explican la producción con un video.

LA CERVEZA:

La cerveza que hoy en día se vende de este lugar entra en la clasificación de cerveza de abadía. Comenzó tradicionalmente en la abadía que le da el nombre pero hoy en día lleva la marca comercial una empresa.

El pais de la cerveza4

La cerveza de Hoegaarden fue creada por la comunidad de monjes en el 1445, la ciudad ha sido conocida por sus cervezas blancas (witbier) desde la edad media.

La tradición se fue extendiendo por todo el pueblo, de forma que a principios del siglo XIX había 30 brasseries y 9 destilerías en el pueblo. Pero al llegar la segunda guerra mundial o fueron cerrando o se cambiaron a elaborar un estilo pilsener de forma que solo quedó una haciendo witbier tradicional. La histórica brasserie de Kluis donde hoy en día se sigue haciendo la cerveza.

La cerveza más típica es la original de 1445, con un 5% de volumen de alcohol. Como todas, esta cerveza blanca tiene su característico sabor de que está especiada con coriandro y cáscara de naranja lo cual hace que sea dulce y suave (sobre todo yo diría que tiene mucho regusto agri-dulce). Además tiene siempre un aspecto turbio porque no está filtrada. No es muy alcohólica pero su sabor es intenso, sabe mucho a trigo (un sabor que a mi no me agrada especialmente, por eso no soy muy aficionada a la cerveza blanca) acompañado de un sabor especiado por la aromatización que lleva.

Hoegaarden

Aquí en el pueblo tienen una especial, y solo está disponible en invierno (de octubre a enero). Tiene un color no tan blanco sino rubio, con más cuerpo, sabe un poco amarga y más especiada. Lleva aroma de clavo, flores y algo afrutado, como a banana. Sería como una witbier de Navidad, con un pelín de más cuerpo y más especiada que la normal.

La witbier de doble fermentación la llaman Hoegaarden Grand Cru. Es más alcohólica 8.5%, tiene hasta trocitos de posos flotando, es más dorada y tiene un gusto dulce-amargo, pero está aromatizada de la misma manera que la blanca original. Si que es cierto que no he probado nunca una cerveza blanca así

Y por último tienen “guarradas” de estas con sabor a frambuesa (la rosée) o limón (citron) a las que yo no soy nada aficionada. Son aún más dulces que la original, tienen 3% de volumen de alcohol y saben principalmente a frutas de un modo muy artificial.