Montréal

Era la primera vez que salía de Europa. Bueno la segunda, pero como en Egipto (mi primer viaje) fue todo organizado, no la cuento. Y allí llegué sola… pero mejor indicado imposible. Todos los carteles señalaban al autobús que, desde el aeropuerto, te dejaba en Berry Uqam, la estación central de autobuses y a la sazón punto de encuentro de todos nosotros que en distintos días iríamos llegando a la ciudad.

Mont Royal

En la gigantesca ciudad de Montréal, que se extiendes a las faldas del Mont Royal, espaciéndose hasta las orillas del Saint Laurent, lúgubre cual Gotham city, me esperaba Sergi (y yo fui la primera de un grupo de 5 personas en llegar). Lo primero que me endosó fueron varias cervezas québequois y una poutine. Entre el jet lag, que nunca había tenido, y la borrachera fui un auténtico zombie en los conciertos de la fête de la musique que se celebraban aquella noche.

Saint Denis Montréal

Porque otra cosa no, pero en verano Montréal es una auténtica capital cultural. Todos los días que estuvimos disfrutamos de grandes conciertos en directo, unimos las franco folies, con la fête de la musique y las fiestas de Saint Jean. Por supuesto, después de nuestro viaje por la provincia de Québec, regresamos a la ciudad para su famoso festival internacional de Jazz (oh! yeah!).

Bueno, no , no diría que es bonita, en absoluto. Pero sí que está llena de vida.

Mi primera visita turística fue, como no, al Mont Royal. Aunque luego volvería varias veces, la primera fue una exploración bien a fondo de este gran parque, en medio de la ciudad y sus alrededores. Las vistas del downtown desde aquí son famosas gracias a la peli de “falsas apariencias” El monte que da nombre a la ciudad lo han convertido en un auténtico gimnasio público donde los habitantes (todos ellos super deportistas) lo usan para correr, esquiar…. lo que haga falta. Después de la subida al mirador, el parque se sigue extendiendo, tanto que Sergi me contó que en invierno, con todo nevado, se perdió varias veces. En su centro está el lago de los castores, único lugar de Canadá donde NO ví castores.

lago de los castores Montreal

Alejándonos del distrito financiero y rozando los barrios más señoriales adornados con antiguos palacetes, llegamos al cementerio. Un lugar al que expresamente me llevaron mis amigos porque es excepcional. Todo un estudio antropológico. La gente anda enterrada por “barrios” que vienen a ser, chinos, polacos, portugueses, griegos… De cada nacionalidad están juntos y puedes ver las diferentes formas de adornar, cuidar y tratara los familiares. Se entra por una avenida de antiguos panteones familiares del s XVIII y la gente lo usa para pasear en bici, hacer más deporte, es como una continuación del parque.

Casco antiguo montréal

Más allá del cementerio se encuentra la réplica de la catedral de San Pedro del Vaticano que se montaron los canadienses (sé lo que os estáis preguntando, 5 años después de aquel viaje yo también me pregunto ¿por qué?). Es una réplica exacta, si, y desde el mismo Mont Royal se puede ver su gran cúpula sobresalir de entre las copas de los árboles.

En el downtown pasados los rascacielos de oficinas del distrito financiero, de vez en cuando te encuentras con antiguas y no tan antiguas iglesias. Mark Twain dijo de Montréal que echabas una piedra y dabas con una (Hay varias, si pero llegué a pensar que este hombre jamás había estado en Roma). Si me sorprendió, que era la primera vez que veía ese contraste de piedra ennegrecida y espejos de cristal de los rascacielos.

Estadio olimpico montréal

Saint Denis y Sainte Catherine forman el centro neurálgico de salida de la ciudad (y donde pasamos el 80% de los primeros días, al estar al lado la estación Berry Uqam) Los conciertos del festival de Jazz tienen lugar en estas calles y plazas y miles de sitios para salir se alinean a lo largo de Saint Denis.

Biodome montreal

Nuestra segunda gran visita importante (porque cuando iba al centro lo hacía más bien de un modo familiar, para comprar, salir, beber, recibir amigos) fue al estadio olímpico. Los juegos tuvieron lugar en el 76 y de ellos sigue quedando la mole del estadio con su percha. Me lo pasé muy bien en la visita. Pero mejor me lo pasé en el jardín botánico que está justo al lado. Sergi nos llevó a todos, combatiendo la poca expectación que suponía en algunos entrar a un jardín botánico. Pero la visita es divertidísima, tienen un rincón super didáctico donde tienes que ir haciendo ciertas actividades: tocar, oler ¡¡e incluso comer plantas!!

ANtiguo puerto montréal

El “casco antiguo” de la ciudad, está pegado al distrito financiero con su jungla de oficinas de cristal. Justo debajo se encuentra un gran subterráneo, como otra ciudad, donde la gente sale en invierno (creí que era leyenda urbana pero no, existe) Y lo más bonito del centro es el viejo puerto. Está justo al lado del barrio chino (no muy grande, no muy impactante incluso sus puertas son modestas, pero uno de los barrios chinos del mundo que hasta el momento más me ha gustado) Este puerto probablemente sea el lugar más antiguo de la ciudad donde por primera vez el general Cartier acampó. A su alrededor se alza la catedral de notre dame, el ayuntamiento, el palacio de justicia… y bordeando el Saint Laurent entre antiguos silos mercantiles el puerto se ha reconvertido en un jardín sobre el agua donde la llamativa carpa del “cirque du soleil” contrata con el gris de la ciudad.

Quartier chinoise montréal

Por último no se me debe olvidar nuestra visita a la isla Sainte Hèlene, en el centro del anchísimo Saint Laurent. Esta isla es otro gran parque donde hay un museo de ciencias, el biodôme. Lo más impactante es la entrada, una estructura del arquitecto Richard Buckminster Fuller. El paseo alrededor de la isla también me encantó. Desde ella se tienen las mejores vistas del Downtown.

Skyline Montreal

Toda la gente la pone como uno de los mejores sitios para vivir en Canadá, mucho mejor que Toronto (con más vida) Lo que a mí no me gustó, es que para cualquier desplazamiento pasábamos horas y usábamos bus+metro+andar un montón…  Y otra cosa que me pareció demencial era que el billete de 1 día SOLO se podía conseguir en Beery Uqam ¡Con lo grande que es la ciudad y la cantidad de veces que tienes que cogerlo! Pero todos los amigos que vivían y viven allí andan enamorados de la ciudad.

Montmorency

“La chute de Montmorency” es una gran catarata a las afueras de la ciudad de Québec. Está como a 15 minutos en coche del centro, en un pueblo que se llama Beauport, que no es más que una zona muy industrial y pegada al puerto de la capital de la provincia.

La chute de montmorency

Se forma por la desembocadura del río Montmorency en el San Lorenzo (a la altura de la Isla de Orleans) cayendo desde un acantilado de 84 metros de altura. Esto hace que sea realmente altísima. Es difícil hacerse una idea de las proporciones pero es 30 metros más alta que las del Niágara. Estos 84m se te hacen más presentes cuando decides empezar a subir hasta lo alto.

parque de montmorency

Las cascadas, (y digo las porque en realidad son tres, pero dos de ellas son pequeñas en comparación al salto principal y solo aparecen cuando el río tiene mucho caudal) se encuentran en un parque que se ha creado a su alrededor, con mucha vegetación, mesitas de pic-nic y una serie de rampas, escaleras y pasarelas que te llevan hasta lo alto (también un teleférico para los más vaguetes)

Subimos por las zigzagueantes escaleras que primero remontan una pelada colina, ofreciéndonos 20000 puntos de vista diferentes de las cascadas, luego el camino se aleja y por último vuelve hacia la cascada al punto más fuerte de la visita: El puente colgante sobre el borde. Yo me cagué en todo para cruzarlo; el estruendo del agua, la rapidez con la que se acelera, la caída de ¡80m! pero eso sí, para compensar el pavor en el horizonte el enorme San Lorenzo se recorta la silueta de la ciudad de Québec y la bonita isla de Orleans. Al otro lado del puente, donde está el teleférico (obedeciendo al humor canadiense, supongo) hay un cartel que explica todas las veces que el puente se ha caído.

chute de montmorency 2

Como aportación cultural para los amantes de la estrategia militar, a lo largo de todo este recorrido se suceden carteles explicativos (en francés) de las batallas de 1690 (y 1759) entre ingleses y franceses por el puerto de Québec, y cómo los franceses usaron la posición estratégica de la catarata para defenderse.

Por cierto, en cuanto os acerquéis un poco por el camino os vais a empapar. El chorro de la cascada moja todo el camino en la parte más baja. Tanto es así que en invierno esto forma delante de la cascada una inmensa colina de hielo llamada “el pan de azúcar” (mis amigos tienen fotos de este curioso efecto)

parque de montmorency

Ejem, bueno sí este es el problema que uno tiene cuando va a visitar una cascada y luego escribe sobre ello. No hay mucho que decir y es difícil de transmitir la magia que te cautiva cuando estás cerca de ella. Se trata de una serie de sensaciones que uno tiene que experimentar: disfrutar de la hipnosis que produce el agua corriendo, el estruendo del río, las desproporcionadas dimensiones que las fotos jamás podrán transmitir…

Después de unas horas de exploración y de relajación, pese al mal tiempo, tuvimos que poner rumbo a Montréal para pasar de un gran espectáculo natural al espectáculo puro y duro del festival internacional de jazz.

Ville de québec desde beauport

Pero esta parada a parte de impresionante y muy recomendable en nuestro caso fue necesaria. Estaba lloviendo mucho y los amigos que iban en el segundo coche casi tuvieron un gran susto por una furgoneta blanca que circulaba sin luces (nosotros que lo vimos todo desde nuestro coche sufrimos por ellos) Así que recuerdo que al poner mi primer pié en este parque estaba todavía temblando y lo primero que hicimos fue abrazarnos todos para luego salir trotando eufóricos.

L’Anse Saint Jean

¿Pero donde estamos? ¿Pero qué estamos haciendo? eran preguntas que nos hacíamos, incluso hasta en voz alta.

L’Anse Saint Jean es un pequeño pueblo canadiense en una cala en el fjordo del Saguenay, pero pequeño quiere decir realmente pequeño, y bastante bien perdido.

L'anse saint jean (2)

Pocas veces hemos pensado “seguro que soy de los pocos españoles que ha pisado este rincón” Pero justo en ese momento recorriendo carreteras solitarias y serpenteantes entre bosques y bosques de pinos no parábamos de decirlo.

Con este sentimiento de exploradores perdidos, y muertos de hambre, llegamos al pueblo. Porque, todo sea dicho, lo que nos trajo hasta aquí fue el hambre. Después de estar andando todo el día en el parque nacional du Saguenay se nos hizo las 5 de la tarde sin comer, así que preguntamos a una de las guardas forestales del parque que nos dijo de ir a L’Anse Saint Jean, después de darnos muchas indicaciones Moe le preguntó “Mais, c’est bien indiqué?” a lo que nos contestó, “non, c’est pour ça que je vous donne toutes les indications, on doit arriver à la ferme et un chemin de terre pour atteindre le pont couvert en bois sur la rivière“.

Puente

Si tuvieran que hacerse una idea lo más exacta posible de cómo es este pequeño pueblo, la respuesta es Beetlejuice. Exactamente igualito que el pueblo de la película obviamente. Hay dos o tres granjas muy grandes, un puente de madera cubierto y luego seis casitas de madera prefabricada un poco más apartadas una de la otra y por supuesto su correspondiente iglesia picuda. Realmente algo muy típico desde la comida hasta el acento que creo que no deberían perderse pero sobre todo, lo más bonito, las vistas al fjordo. A parte que atravesar el puente de madera cubierto es toda una sorpresa. Por fuera es de un color grisáceo nada atractivo pero por dentro SORPRESA, está lleno de cuadros super coloridos… jamás lo imaginarían.

Por muy pequeño que sea el pueblo, hay cuatro restaurantes de todos los precios. Sorprende toda esta variedad en un sitio tan apartado y pequeño, pero la guarda forestal tenía toda la razón en mandarnos allí. Fuimos a dar a uno de los sitios donde mejor comimos, y más luchamos contra el cerrado acento québecois (Mario sufrió horrores para pedir cafés para todos y “varias cucharillas” y es que en esta parte, descubrimos que el acento es mucho más fuerte)

L'anse saint jean (4)

Para empezar al llegar al pueblo tuvimos nuestros miedos; a parte de pensar que éramos los primeros turistas españoles que por allí pisaban, también nos reíamos de un curioso comentario que nos hizo una camarera en la Ville de Québec. Nos contaron que en toda la provincia estaba prohibido servir las hamburguesas poco hechas cuando alguien se la pidió así (y nos quedamos preguntándonos el motivo) Al llegar a este pueblo remoto y perdido empezamos a hacer bromas sobre de dónde sacaban la carne para tener que tener tal normativa: de turistas perdidos que acaban en L’Anse, ¡obvio!

Pero en serio, el bistro es un sitio acogedor con sus chimeneas de leña en el interior y su gran terraza en un gran jardín con vistas al fjordo (como era por la tarde nosotros nos metimos dentro a merenda-cenar, pero el jardín era impresionante).

L'anse saint jean (1)

Vale que el pueblo no es mucho más, pero si que da para pasar una tarde agradable, dar una vuelta y disfrutar de las vistas del río, de los bosques y luego tranquilamente cenar junto al fuego (sí, era verano y había fuego en la estufa, y era necesario… yo no quiero imaginarme esto a -40ºC) con música folklórica.

La poutine

Se trata de un plato de comida típico de la región de Québec. Y típico es decir poco, allí es tan famoso que hasta en el Mc Donnals puedes elegir patatas fritas normales o cambiarlas por una poutine.

En el resto de Canadá pues si que he visto en Toronto restaurantes donde la servían, pero es más bien una especialidad de la región francófona.

No sé si será un estereotipo lo de que en Canadá se come comida de leñador, pero la poutine es comida de leñador donde las haya. Rebosante de grasas y colesterol (como poco), de estas comidas que te llevan varias horas de digestión como mínimo. Ideal para esos días que a las 4 de la mañana estás de borrachera.

poutine en ile aux coudres

Y como borracha me sentía yo recién llegada a Montréal. No sé cómo os sienta a vosotros el jet lag, yo me siento como borracha (y no ayudó que mis amigos me diesen de bienvenida la famosa cerveza canadiense, braseada al estilo belga)

lo típico es ir a comer una poutine, ¿vamos?
¿Y en qué consiste esta delicia?

Pues la tradicional consiste en patatas fritas (no he encontrado en todo Canadá un sitio donde no quemen las patatas al freírlas y suelen utilizar grasa para la fritura), con queso fundido por encima (es queso Cheddar normalmente muy poco curado, es importante que el queso sea fresco), y luego una salsa caliente de carne, como la salsa que queda después de hacer un guiso dulzona, espesa, de un color marrón caramelo. En teoría es el calor de esta salsa la que hace que el queso se funda y las patatas se ablanden, porque las patatas tienen que estar como blanditas. Luego por supuesto hay variantes, a esta mezcla se le puede echar por encima salchichas, champiñones, boloñesa, pollo…

Como ya he mencionado comida contundente y la verdad es que el aspecto, pues no invita mucho a abrir el apetito.

Encontrarla, la encontrareis en prácticamente cualquier restaurante (más si es de comida rápida) de la provincia de Québec pero si van a Montréal está el restaurante La Banquise en una esquina del Parc de la Fontaine, solo especializado en poutines (y es donde yo comí la primera)

Toronto

Sé que mucha gente dice que Toronto es una ciudad aburrida. En general es gente que ha tenido que pasar todo un año en ella. Quizás un invierno aquí sea mortal por definición, pues al menos Montréal es conocidísima por su gran cantidad de oferta cultural.

Sin embargo nosotras la disfrutamos como enanas, nos encantó, pese a que estuvimos poco tiempo y exprimiéndolo al máximo. También dicen de ella que es, a su manera, como una mini Nueva York, y que si no has estado nunca en su gran hermana (como era nuestro caso) te enamorará.

Desde luego que empezamos nuestra exploración por la CN Tower que se levanta al lado del lago Ontario por encima de todos los rascacielos. Tiene tres etapas para subir y nosotras nos contentamos con subir hasta la segunda ya que es allí donde está el suelo de cristal. Eso sí tuvimos que esperar cola de casi dos horas para poder tomar uno de los ascensores que te llevan a toda velocidad hasta arriba. Una vez allí, pues que os voy a contar que la gata (o mejor dicho su vértigo) y el suelo de cristal no se llevan nada bien.

Justo al lado se encuentra el gran estadio de baseball de los Rogers que se puede visitar pero no le veíamos ningún atractivo. Lo que sí que nos parecío atractivo y muy tentador fue el puerto. A parte de bonito para pasear tiene una serie de playas donde descansar. Allí, entre miles de veleros antiguos que se preparaban para la fiesta nacional del día siguiente, nos tumbamos en la playa. Disfrutamos del solete y de un grupo irlandés que estaba tocando mientras observábamos a cientos de personas vestidos de soldados antiguos ensayando para la recreación de la batalla que harían también al día siguiente.

Justo en frente teníamos la decena de islas del lago Ontario frente al puerto de Toronto, convertidas en parquecitos desde donde se tienen las mejores vistas de la ciudad con el puerto en frente y la línea de rascacielos detrás. Se puede ir en ferry pero nosotras no disponíamos de tanto tiempo y teníamos mucho que explorar en la ciudad.

Habíamos pateado gran parte del Old Toronto sorprendidas entre tanto rascacielos y grandiisimas avenidas de vidrio con pequeñas iglesias y algunas casas de piedra, y bonitas plazas (como la del ayuntamiento) Teníamos el síndrome de quien nunca había estado antes en una ciudad con tanto rascacielo, que en vez de mirar en horizontal caminábamos con el cuello doblado hacia arriba completamente asombradas.

Decidimos coger la gran Spadina avenue para llegar al distrito de York donde los barrios se agrupan por conjuntos étnicos. Esta avenida comienza cerca del puerto y recorre todo el downtown.

Paseamos por el fashion distric lleno de oficinas (y algunas tiendas super chulas en sus pequeñas calles perpendiculares), el exótico barrio chino (con sus puertas, dragones, letreros en chino y patos colgando) que hace que de pronto te sientas en otro continente. Este barrio sigue hacia el oeste pero en este punto nos dirigimos hacia el sur para ir a lo mejor de la ciudad, Kensington market.

La chunga lo vio muy claro, “si vamos, tenemos que esperar a que cierren las tiendas” (sabia decisión es lo que pensaron nuestras carteras) Se trata de un barrio de pequeñas casitas de dos plantas en hilera, con curiosos colores y con fachadas decoradas de las formas más extravagantes posibles. En la gran mayoría de ellas, en las plantas bajas hay tiendas geniales con curiosos escaparates, a lo Camdem Town y agradables bares en los jardines (que como no estaban cerrados nos quitaron la frustración de no poder comprar tantas cosas curiosas que no paraban de llamarnos la atención).

Seguimos caminando hasta little Italy donde se amontonan miles de restaurantes super guays para cenar. En todos los rincones abunda la bandera italiana, desde los nombres de las calles hasta en los establecimientos y ondeando en los coches. Después de reponer fuerzas decidimos intentar llegar a high park que nos habían recomendado (a todo esto íbamos andando y obviamente nos quedaba muy lejos)

Después de atravesar todo el Portugal village, un barrio residencial también lleno de casitas pequeñitas y con más portugueses que todo Portugal, llegamos al coronation park. Este parque lo vimos cuando salíamos de la ciudad muy temprano esa misma mañana en el autobús hacia Niagara Falls y pensamos, en ese momento, que jamás lo recorreríamos, pero allí estábamos y todo recorrido a pie. En medio del parque hay una gran puerta (estilo puerta de Brandemburgo) en forma de media hoz llena de banderas.

En este punto decir que estábamos muertas se quedaba corto, volvimos andando arrastrándonos hacia el puerto y nos dedicamos a fotografiar la ciudad por la noche (algo realmente bonito).

Es una ciudad muy agradable, que sorprende un montón por la diversidad y el contraste. Es muy curioso sentirse tan chiquitita entre tanto rascacielos. Nos hubiese encantado dedicarle más tiempo, poder haber visto la casa Loma (una casa museo muy chula), haber visitado las islas y pasado tiempo en high park, pero realmente hay que pasear por sus calles y eso lo hicimos hasta reventar.

Niagara falls

A las 6 de la mañana llegamos a Toronto y el de seguridad de la estación nos ayudó con nuestras maletas (fue super atento) de forma que, desde la misma estación, media hora más tarde ya estábamos metidas en el autobús que nos llevaba a la ciudad de Niagara falls (Ontario) en la orilla oeste del río Niagara.

Realmente en la ciudad no hay nada que ver o visitar, y ni siquiera tiene algún tipo de encanto (casuchas de ladrillo, muchos restaurantes chinos y el carrito que vendía patatas fritas con vinagre que se convirtieron en nuestro desayuno). Pero allí está la parada de autobuses donde se coge un bus local para acercarse hasta las cataratas. Lo cierto es que llegamos tan pronto que casi ni les había dado tiempo a abrir el grifo de las cascadas como quien dice, y estuvimos esperando un poquito a que pusiesen las calles y saliese el primer autobús.

La primera parada que hace, es en un mirador donde no hay mucha gente (bueno a la hora que nosotros llegamos no había mucha gente en ninguna parte), y se puede ver el cañón del río Niagara, justo en frente de una super tienda que se llama el Supermercado del souvenir… esto ya puede ir dando una idea de cómo es la dinámica en el parque. La siguiente ya es a la entrada del Queen Victoria Park donde están los miradores a las cataratas.

Las cataratas son dos, la “Bridal veil falls” que para verla desde Estados Unidos han construido una pasarela y, para mi gusto la más impresionante, la “horseshoe falls” en forma de herradura. Bien tengo que hacer muuuchas puntualizaciones:

A la pregunta de ¿te impresionaron? pues si, si que impresionan, es una gran cantidad de agua cayendo 52m y el paraje realmente podría haber sido muy bonito. Además teníamos el plus, de que las cataratas se ven mejor desde la parte canadiense y no desde la estadounidense ya que es el lago Eire (en el estado de Nueva York) el que cae por estar más alto al lago Ontario (en la provincia canadiense de Ontario)

Lo que ocurre es que no es, ni de lejos, uno de esos lugares que no se puede uno perder en la vida.

¿Cuales son los contras? La nula integración con el entorno natural.

El Queen Victoria Park es una serie de jardines de praderita y campos de golf con los miradores y tiendas de souvenirs más cerca del río, y justo detrás torres y torres de hoteles, con casinos y miles de espectáculos diversos… eso es como un parque de atracciones por el que luego nos estuvimos paseando un rato. Lo que tienes delante tampoco es mejor. De acuerdo están las cataratas, pero justo detrás ves la otra ciudad de Niagara Falls (no es la misma, ésta es la del estado de Nueva York) con sus correspondientes miles de torres hoteleras y, como desde allí no se pueden ver las cataratas, pues han hecho una especie de lanzadera de hormigón suspendida hasta la mitad del río a modo de mirador. Así que lo que sería una reserva natural con sus islitas, zonas verdes con flora y fauna protegidas y todo lo demás realmente lo tiene que admirar desde alguno de los miradores. Es cierto que está protegido, no puede entrar nadie, pero es que hasta el último milímetro antes de que empiece la reserva, no queda nada preservado y natural.

Île aux coudres

L’île aux coudres es realmente un sitio donde mejor no acabar, pero es el mejor sitio para alojarse. A ver si me explico. Se trata de una isla en el medio del río Saint Laurent, en la región de Charlevaux (una de las más bonitas de Québec) frente al pueblo de Saint Joseph de la rive, desde donde se coge el ferry que lleva a la isla.

En resumen, lo que parece es que los pocos habitantes de la isla, sin mucho que hacer, dijeron vamos a rehabilitarla para el turismo. Aprovechando que Jaques Cartier desembarcó en ella, el paisaje (no muy diferente del de los alrededores, no obstante bonito) y que de cuatro cosas que tenían se hicieron museos, todas las casas se re-convirtieron en hostales. Por lo demás, pues es que hay tres “ecomuseos” uno de molinos de viento, otro de barcos (encallados) y una antigua sidrería pero es que son un robo, precios desorbitados para poca cosa que ver.

Lo bueno, como nos dijo S. es que hay miles de cabañas con cocina y todo para estar a tus anchas, te relajas en los jardines de las casas (cada casita tenía hectáreas de jardín propio) y te das una vueltecita por la isla.

Ejem, y ahora nuestra experiencia. Llegamos a Saint Joseph de la rive a las 23h, justos para coger el último ferry (porque no es un servicio como en Tadoussac 24 horas continuadas) Además el trayecto hasta la isla es como de 30 minutos. Con lo que eran más de media noche cuando empezamos a circular por las carreteras de la isla, sin nadie más, sin luces… pronto empezamos a ver casas de vez en cuando, y parábamos el coche y bajábamos a preguntar si había alojamiento… el problema era que no había absolutamente nadie para respondernos.

Así fueron pasando las horas, mientras nosotros dábamos vueltas a oscuras por la isla, y cuando uno a uno habíamos ido asumiendo la idea de que dormiríamos en el coche vimos un típico motel de carretera de película con neones rojos. Bajaron algunos pero dijeron, “no hay nadie pero hay un cartel diciendo que viven en la casa que hay colina arriba” Mientras Moe y S. se iban a investigar la chunga y yo decíamos “¿pero nadie más se está acordando de como comienza la película Psicosis?”.

¡Oigan! El sitio más barato y en el que mejor estuvimos de todo el viaje, además también tenía su jardín gigante (incluso con columpios para niños) y mesas para hacer pic nic. Para completar el cuadro de “american way of life” el desayuno lo tomamos en un local de carretera (donde había varios camiones estacionados) al más puro estilo rockabilly: asientos de sky rojo, alguna radio sonando entre las freidoras… y para elegir: hamburguesas, perritos, patatas fritas (y por supuesto poutine que esto es Québec).

Pero la mañana no mejoró el aspecto inquietante de la isla que se había fraguado en nuestras mentes mientras angustiados buscábamos donde dormir. Se levantó muy nublado, incluso con niebla y una fina pero persistente lluvia.