Friburgo

Mmm Friburgo siempre ha sido un si, pero no… y es que es super fotogénica, en serio. En fotos es preciosa, la mires por donde la mires (la ciudad alta, la ciudad baja, el puente, las torres…) pero estando allí nunca acabó de convencernos.

Se supone que es la ciudad con tal número de casas góticas o barrocas que hacen que su casco antiguo sea de los más grandes de Europa. Y es cierto, se nota que hay casas muy antiguas, la haute-ville fue progresando, y es bastante animada, en ella se encuentran casi todos los bares y restaurantes y la basse-ville quedó para la gente pobre aunque con el tiempo las casas se fueron restaurando.

Según llegamos aparcamos no lejos de la plaza del ayuntamiento, después de haber dado unas cuantas vueltas. Y es que el horario de aparcamiento es muy limitado. L’hôtel de ville es un edificio muy bonito, con unos tejados y torreones sacados de un cuento de hadas y un gran reloj en la entrada (donde nos tomamos los bocadillos de queso que habíamos comprado en Gruyères).

Inmediatamente al lado, tenemos la catedral de Saint-Nicolas de estilo gótico tardío (a la que por cierto se llega por una pequeña calle adornada con una cursilería de dos enamorados… ese toque suizo de figuritas de madera pintadas). Bien en mi guía ponía “no se pierdan las esculturas del pórtico, blablabla…” yo miré al pórtico y me pareció que no tenían nada de relevante, deberían de estar pintadas de colores como en otras catedrales de ésta región de europa pero por la contaminación eran de un gris, y piedra especialmente feos, y tampoco se ve que las figuras sean bonitas … y de pronto me di cuenta … Si vais “FIJAROS EN LAS ESCULTURAS”

El interior es realmente bonito y cálido para ser una catedral gótica. No es como su exterior de piedra gris sino que abunda la decoración en dorado y azul que data del siglo XV, y al campanario se puede subir.

Despues de 2 horas por la haute-ville vagabundeando entre fachadas góticas y del renacimiento, las increíbles vistas del corte en la roca que deja el río La Sarine y más iglesias, movimos el coche hasta el otro lado del río. Cruzamos por el puente alto colgante que uno las dos peñas y allí encontramos una carreterucha que sale del pueblo de al lado Bourguillon, con sitios para aparcar y no son de pago. Fue por ahí por donde bajamos hasta la basse-ville andando.

Este camino da a la Porte de Bourguillon dónde se encuentra la capilla de Lorette y de ella parte un paseo peatonal que baja entre prados verdes hasta la basse-ville, dominada en todo momento por l’hôtel de ville y la catedral al otro lado del río.

Aquí comienza el barrio de la Planche, con los típicos graneros suizos (que no dejan de darte la sensación de prefabricados con esos colores que les ponen, por muy antiguos que sean) y un camino hacia la Abadía de Maigrauge, que está más alejada de las zonas habitadas en uno de los meandros del río, como de otro tiempo, y de la que sólo se puede visitar la iglesia.

Atravesando la Planche con sus placitas y fuentes (y el macroaparcamiento), se llega a otro de los meandros del río desde el que se ven las casas del barrio de l’Auge colgando de los acantilados y el puente de Berna (precioso puente de madera cubierto y muy adornado con flores) que une la ciudad baja con la alta.

En resumen se podría decir que la basse-ville es más bonita y anclada en el tiempo que la haute-ville aunque eso sí tiene pinta de más sosa y formar parte más de un pueblo que de ciudad. Pero en general el conjunto sigue sin convencer.

Si decidís hacer una parada en Friburgo mi recomendación sería una parada del coche 1min a tomar una foto desde la place du Pertuis (donde sale el viejo funicular para subir y bajar a los dos niveles de la ciudad) en la haute ville. Desde aquí se tiene la mejor panorámica con los torreones escalando las montañas. Y luego ir hacia Bourguillon, aparcar y bajar por el paseo bucólico entre los praditos para darse una pequeña rápida vuelta por la basse-ville. Y habrán captado fundamentalmente todo lo que la ciudad tiene que dar, ya que una exploración más profunda no contribuye mucho más.

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Murten

Cuando dije de ir a Murten, después de ver unas cuantas fotos en google como respuesta recibí un “bahh pues parece que no tiene mucho” Aunque una vez en Suiza, como pillaba de camino paramos. Es cierto que es un pueblo muy chiquitín, pero después haciendo balance del viaje pregunté “¿qué es lo que más te ha gustado?” y la respuesta fue un “Murten

Bueno pues Murten, o Morat (en francés, aunque justo en esta parte del cantón, la mayoría es de habla alemana) se trata de una de esas pequeñas villas medievales fortificadas típicamente suizas en el cantón de Friburgo.

Al llegar lo primero que hicimos fue rodear la ciudad. Al llegar a la parte fortificada hay un gran aparcamiento (donde hay que pagar todos los días de la semana) pero rodeando la muralla puedes encontrar aparcamientos que al menos los fines de semana son libres. Así que en vez de usar la calle principal, entramos por el castillo y esto es algo importante, ya que describiré la ciudad y es preciosa, se conserva muy bien, pero al llegar a la calle principal lo que tienes es la sensación de haber caído en una trampa para turistas tremenda.

Bien Murten está rodeada por tres lados por sus impresionantes murallas y por el cuarto da al lago Murtensee, así que la mejor forma de describir la pequeña ciudad es por sus tres calles paralelas (todas ellas empedradas) que atraviesan la ciudad de un lado a otro.

En la primera, que da al lago, se encuentra el castillo de estilo saboyano, con una torre del homenaje cuadrada y tres torres semicirculares. Nosotros nos metimos en el patio y desde allí estuvimos tranquilamente viendo el lago. Siguiendo por la misma calle pudimos ver el ayuntamiento (típico típico medieval suizo, con unas arcadas preciosas un poco inclinadas, como si el edificio se apoyase en ellas) y al final con su delgado campanario la iglesia alemana que tiene además una agradable placita con vistas al puerto deportivo del lago (lleno de veleritos), y más allá el mont Vully y el Jura.

La siguiente calle paralela es la calle principal (de las tres la única que está llena de gente sorprendentemente) que va desde la puerta de Berna (con una pequeña torrecita coronada por un precioso reloj) hasta el otro la muralla del otro lado donde las casas están sobre unas interminables y acogedoras arcadas… bueno acogedoras hasta que descubres que andar bajo ellas es imposible, ya que están llenas de restaurantes y tiendas de recuerdos que sacan todo su muestrario. Así que tienes que contentarte con ir sorteando las miles de terracitas de cada bar (supongo que esto solo mientras haya buen tiempo) pero al menos como consuelo disfrutar de las perfectas fachadas góticas y los balcones floridos.

La tercera calle está pegada a la muralla, empieza en la iglesia francesa y es donde se encuentran las dos únicas entradas a la muralla. Es algo que no hay que perderse por nada del mundo un paseo sobre la muralla. Es del siglo XIV (en perfectas condiciones) se encuentra flanqueada por 12 torres y está techada pero las entradas, al menos una de ellas, están un poco escondidas. Se puede subir por dos de las torres una justo detrás de la iglesia y otra a la mitad de la calle (entre dos casitas) y por cierto que es completamente gratis. En el interior de la torre mientras que subes por la escalera (de madera) puedes ver todo el interior y cómo vigas de madera sujetan la piedra. Luego desde la muralla tienes una vista perfecta de todos lo tejados de la ciudad y a lo lejos el castillo. Después del paseo decidimos comportarnos como buenos turistas y aprovechar el cálido y soleado clima de septiembre para tomar un café en una terracita.

Gruyères

Todos estaran pensando en el queso, lo sé. Pero proviene de esta ciudadela, antigua residencia de los condes de Gruyère que se yergue sobre una colina a 4km de Bulle. Al llegar hay una gran explanada para dejar los coches (gratuita) ya que se trata de un pueblo completamente peatonal. Según nos bajamos del coche nos invadió un intenso olor a vaca (pero uno en seguida se acostumbra)… Para que se hagan una idea, el pueblo está enteramente dentro de las murallas y fuera de ellas solo hay prados verdes rodeados de montañas (el pico del Moleson es el más cercano) En los prados hay alguna granja a la que uno se puede acercar y preguntar por el queso.

No entramos por la entrada principal del pueblo sino por una de las pequeñas puertas laterales de la muralla y nos dirigimos a la calle principal. Es realmente muy chiquitín; costa de una calle principal que luego se divide en dos una sube un poco más hacia arriba, hacia el castillo y la otra baja hacia la iglesia. En esta calle principal el número de restaurantes, y de tiendas de souvenirs es alto, aunque de todas formas es claramente un pueblo muy turístico Murten lo es mucho más. Me parecio un buen lugar para tomarse una fondue de queso gruyère aunque Emi se negó en rotundo y nos conformamos con comprar un poquito de queso.

Nos paseamos admirando las casas medievales con sus fachadas ornamentadas hacia el castillo. El conjunto es precioso, todas las casitas se encuentran muy bien conservadas dentro de las murallas, es uno de esos sitios donde merece la pena simplemente vagar un poco mientras se deja pasar el tiempo disfrutando. De todas formas fui en el mes de septiembre quizás en otras temporadas esté mucho más lleno de gente.

El castillo del s.XIII (aunque de ese siglo solo se conserva la torre del homenaje, lo demás fue reconstruido en el siglo XV) se dedica a exposiciones de arte fantástico y la entrada eran 9 francos (allá cada uno con sus gustos) pero lo que si que si recomiendo es un pequeño paseo alrededor del castillo. En el castillo termina el pueblo pero una vuelta alrededor de sus almenas por los prados verde “Heidi” y con los “tolon tolon” de las vaquitas pastando es algo que no se puede dejar perder. Por ese mismo camino “extramuros” dimos una vuelta hacia la iglesia, que estaba cerrada, pero a su lado, conserva parte de la muralla, con el característico soportal de madera de la edad media suizo. Siendo sinceros este rincon lo nombramos el sitio más poético del viaje.

De vuelta, de nuevo a la calle principal (es muy chiquitín, lo he avisado) volvimos corriendo a la calle del castillo. Cuando pasamos la primera vez por delante de él, Emi que no se esperaba encontrar en un sitio tan medieval con tanto encanto algo que no fuese pensado para este siglo, se quedó perplejo (como la mayoría de los visitantes) pero yo ya le dije “yo he venido a Gruyères a tomarme una coca-cola aquí, porque ciudades fortificadas medievales en nuestro camino nos vamos a encontrar varias

Así que volvíamos a por mi cocacola al bar de H. G. Giger (padre de la criatura de Alien), justo en frente de la casa museo dedicada a él  El bar (que no es más caro que el resto), peero… en fin las imágenes bastan Es como un gran osario Alien, las sillas de lo más “anatómicas” y aunque Emi entro refunfuñando luego me iba recitando todos los diálogos de las películas.

¿Y como es que en un pueblo tan medieval se encuentra algo tan futurista? Lo que pasó es que se hizo en el castillo una exposición del trabajo de Giger (claramente un lugar de expoxiciones que se dedica al arte fantástico desde hace mucho tiempo)  y tuvo tantísimo éxito que entonces Giger se interesó por el lugar y decidió comprarse una casita justo en frente del castillo (creo que se llama el palacete de saint André). Al museo no entramos, en parte por falta de tiempo y, porque no habíamos escuchado opiniones muy entusiastas al respecto.