Echternach

En plena región de la conocida “pequeña Suiza luxemburguesa” y como corazón de la misma se levanta Echternach, cerca de la frontera alemana que de forma natural hace el río Sûre (de hecho al final de la ciudad está el puente por el que se cruza el río y se pasa a Alemania)

Plaza Echternach

Nos recibió completamente desierto de gente aquel día invernal. Aparcamos en la calle principal sin problemas y de forma natural llegamos hasta su pintoresca plaza del mercado. Una auténtica maravilla de plaza cuadrada. Todos y cada uno de los edificios de la plaza tienen un encanto especial. Bajo las arcadas de estas casas color pastel hay multitud de restaurantes, bares y tiendas, pero todos ellos cerrados.

En la entrada a esta plaza destaca el ayuntamiento “Denzelt” que llamó mucho nuestra atención. Un edificio de 1500 con pórticos y arcadas góticas. Parece sacado de un cuento ya que está adornado por unos torreocillos y de estatuas.

Después de la plaza divisamos los torreones de la basílica, así que naturalmente seguimos nuestro paseo hasta allí.

Echternach creció a los alrededores de la Abadía de Echternach, que fue fundada en 698 por san Willibrord. El complejo de la abadía es grande pero se confunden con calles normales del pueblo. Para nuestra sorpresa la mayor parte de ella es hoy en día un colegio de primaria. Desde las ventanas de lo que fué el monasterio podíamos ver a los alumnos estudiando.

Lo que sí se puede visitar es la basílica. Era románica y se hizo famosa por su biblioteca y scriptorium. Pero en 1737 la abadía fue reconstruida en un atractivo estilo barroco que predomina en los edificios del colegio. En el fondo de la basílica está la cripta donde está enterrado en su sarcófago el fundador. Esta cripta es más bien de estilo carolingio aunque se nota que se reconstruyó y se pusieron muchos elementos neogóticos (me sorprendieron las vidrieras muy modernas pero muy bonitas)

Pasamos por la rotonda central de la abadía y cruzamos un arco con una verja de hierro forjado. Pero en realidad no estábamos saliendo de la abadía ni nos habíamos metido de nuevo en las calles del pueblo. Llegamos sin embargo a los antiguos jardines de la abadía. Un jardín francés conocido como l’Orangerie. Es un sitio muy bonito con una piscina de carpas en el centro y un pabellón rococó en el centro. Nos asomamos y no pudimos más que seguir envidiando a los alumnos que se veían dentro estudiando.

Abadia Echternach

Después de recorrer un poco más los diferentes edificios del monasterio, paseamos por el pueblo hasta llegar a la iglesia de San Pedro y San Pablo en el centro del pueblo. Es un edificio románico del 1220 y tiene un retablo bonito de Mechelen.

El pueblo es pequeñito y después de dos vueltas nos dirigimos hacia la parte exterior donde se conservan, bien restauradas, alguna parte de las murallas medievales y torreones. Siguiendo el recorrido de esta parte más medieval vimos la igleista en lo alto de un pequeño montículo.

Nos acercamos hasta ella y he de decir que es una de las cosas que más me gustó. La chapelle de Nôtre-Dame no es tan antigua como la abadía o la iglesia de San Pedro pero se levanta picuda y solitaria encima de un monticulo como vigilando al pueblo.

lago echternach

Dado que estaba desierto y que en dos paseos nos habíamos recorrido Echternach, salimos por un camino de la calle principal en dirección a un parque en las afueras.

En los alrededores de la pequeña ciudad hay miles de senderos entre formidables bosques. Porque una cosa es cierta, los bosques más bonitos que he visto en mi vida están en el ducado.

Pero este parque al que fuimos sin embargo está presidido por un enorme lago artificial. El Schwarzuecht. Aquella mañana de Noviembre la niebla lo cubría todo imprimiendo ese silencio especial. Me sentí como parte de una ilustración de cuento con los sauces llorones del lago, los bosques de alrededor, los cisnes dormidos en los embarcaderos, nosotros, las tres únicas almas caminando.

Jardin de l'orangerie

En este mismo parque, al lado del lago, se levanta una antigua villa romana (excavación que salió a la luz mientras construían el lago) Y era realmente el motivo por el que habíamos venido andando hasta aquí pero estaba cerrada por mantenimiento.

Clervaux

Completamente inesperada fue nuestra parada en Clervaux. Íbamos ya camino de Maastricht cuando vimos su silueta. Después de que se nos escapase a los tres un ohh, como quedaban horas de sol y por fin conseguíamos escapar de la densa niebla en la que parecía envuelto todo el país, decidimos parar para cotillear y ver qué tenía para ofrecernos este pequeño pueblo en el norte de Luxemburgo, a 20km de la frontera belga.

Desde luego la imagen más fotogénica de la ciudad se encuentra nada más llegar, nos llegó al corazón. Según se va bajando la montaña el valle es una estampa perfecta: sus colinas cerradas por un espeso bosque, la hoz del río Clerve, y en medio este pueblo sacado de un cuento de hadas con casas blancas y ocres de tejados extremadamente negros de entre las que se destacan el blanco inmaculado del castillo feudal, las torres de la iglesia parroquial y el campanario de la abadía de San Mauricio, en la cumbre de otra colina.

Aunque el origen de la ciudad se remonta al siglo XII, en Clervaux tuvo lugar una gran batalla durante la segunda guerra mundial. Tras ella quedó enteramente arrasado por lo que me parece todo un logro que hayan conseguido restaurar el pueblo y dejar su aire bucólico intacto. Aunque sí que se nota que no es genuinamente antiguo.

Como recuerdo aún pueden verse dos tanques de la brigada Sherman al pie del castillo y, cerca del río, la escultura de un soldado en memoria de las tropas que cayeron en combate.

El precioso castillo fue reconstruido y se le ha dado el aspecto que originalmente tuvo. De fortaleza pasó a ser una residencia más palaciega en el 1600 pintado de blanco reluciente.

Hoy en día, a pesar de no ser grande alberga el ayuntamiento, la Oficina de Turismo (en la Torre de las Brujas), y nada menos que tres museos: un museo de maquetas que reproduce los principales palacios y fortalezas del país, el museo de la batalla de las Árdenas y una exposición permanente de fotografía (increíblemente buena). Tiempo después me he enterado que se trata de una exposición que llevaron hasta el MOMA.

Justo enfrente de la parte trasera del castillo, se encuentra la iglesia parroquial, que fue lo que realmente primero visitamos porque es lo más llamativo desde el exterior. Es una construcción muy moderna, sobre todo choca su interior que no es tan bonito como el exterior. Pero la arquitectura está realmente bien cuidada y por eso llama tanto la atención. Se construyó siguiendo el modelo de románico renano de la zona, con sus ladrillos marrones y sus torreones cuadrados.

El pueblo en sí fue lo que más nos gustó a pesar de no ser nada del otro mundo, ya que es un pueblo de casitas color pastel bajas con sus tejados de pizarra negros, y sus calles adoquinadas. Como exactamente cualquier pueblo del gran ducado. Pero es que veníamos de Vianden sumida en la niebla y en temporada baja, así que este pueblo nos pareció llenísimo de vida, con miles de pequeñas cervecerías llenas de encanto y la tranquilidad de un Luxemburgo rural.

Muy cercana a la ciudad, incluso se puede ver su campanario rojo sobresaliendo entre el espeso bosque que la rodea, se encuentra la abadía benedictina de Saint Maurice que domina el valle con su agudo campanario. Se construyó a principios del siglo XX aunque no lo parezca y entre las esbeltas paredes de ladrillo y tejados rojos en un bastante impresionante estilo neo-románico. Pero no pudimos entrar.

Vianden

Antes de todo lo que vaya a decir a continuación, no os equivoquéis: Vianden es lo más bonito que he visto en Luxemburgo. A esta afirmación hay que darle todo el peso que se merece, ya que el ducado de Luxemburgo es un rincón de Europa especialmente bello.

Con nuestro coche de alquiler llegamos siguiendo la carretera desde Echternach, como todo el que hace un recorrido por la región, conocida como la pequeña Suiza luxemburguesa. Vianden se divisa cuando la carretera empieza a descender la colina. Casi puede decirse que te topas con él cuando en una de las curvas se abre un mirador. El castillo, que se alza en la colina de enfrente, queda a la altura de tus ojos como sacado de entre los bosques.

Paramos para hacer la correspondiente foto mientras no paraba de darle vueltas a la sensación que se me había quedado de ¿y donde lo habré visto yo antes? Si, no había ninguna duda, es la misma imagen que cuando se suben los dos kilómetros para divisar desde la montaña de enfrete al Neushwaschtein en Baviera.

Pero este déjà vu pronto desapareció. El candor de este pueblo es único. Las pequeñas casitas con tejado de dos aguas y colorines llenan de encanto hasta aquel terrible y frío día gris. Las viejas iglesias, el colorido ayuntamiento sacado de un cuento, las solitarias calles y el castillo que domina desde la montaña… El ambiente de cuento de hadas es lo que hace de Vianden la joya de Luxemburgo.

Pero es un sitio demasiado turístico, tan turístico que aquel lunes de Noviembre, completamente fuera de temporada. Donde la niebla cercaba el bosque y el frío se dejaba sentir, solo estábamos los 3 compañeros de piso, una pareja de italianos y un loro. Ni un alma en las calles, todos los comercios, bares, restaurantes, todo cerrado. Por casualidad, antes de llegar al río, encontramos un bar que en 40 minutos iba a cerrar.

Mal comimos pues se trataba de un bar, mucha cerveza pero de cocina más bien poco, sobre todo Elsa, ya que no tenían nada para vegetarianos. La posterior exploración del pueblo, no obstante, nos dejó claro que habíamos apostado bien. Debe de tratarse de un sitio donde la gente tiene casas de verano y los negocios son claramente muy estacionales. Tanto, que los parquímetros habían sido desconectados y podías aparcar sin pagar.

En la pequeña calle que baja hasta el río Our, se encuentra un museo que yo tenía particular interés en ver. Victor Hugo pasó largas temporadas en esta casa en Vianden de 1862 al 1871. El encanto del lugar lo plasmó en muchas obras. Hoy en día en el pequeño museo se muestran cartas, poesías y bocetos con los que el escritor francés quiso dar a conocer la región al resto del mundo.

Seguimos callejeando por la parte más baja de la ciudad. Entre las casitas de cuentos sobresalía el picudo campanario de la iglesia de los trinitarios, gótica por dentro pero no me pareció muy excepcional. La que realmente nos gustó fue la de Saint Nicolas en la rue de la gare. Pequeña compacta, con un increíblemente bonito campanario abulbado.

Por supuesto que después nos dedicamos por completo al castillo. Se trata de un castillo medieval construido entre los siglos XI y XIV sobre las ruinas de un castro romano. Hoy en día es muso de sí mismo, sobre todo de la gran restauración que todavía se lleva a cabo. Podría abrir un intenso debate entre: restauración a saco estilo alemán o restauración mínima estilo francés dejando ese toque romántico de edificio en ruinas. Siempre hay pros y contras pero en algunos lugares de este castillo me parece que la restauración va demasiado más allá.

Se entra por el puente levadizo y entra a la plaza del castillo donde están empezando a levantar de la nada (porque no queda ni un muro en pie) las antiguas caballerizas, casas gremiales y pequeñas casas del servicio. En cuestión de restauración me parece una auténtica pena lo que se ha hecho con la capilla. Con el estilo de capilla palatina, exactamente como la de  Aachen, la parte inferior está recién enyesada con el techo imitando los arcos ojivales pero la superior, encima ¡la han pintado!. Que la reconstrucción sea tan total que haya llegado a ese punto me impactó mucho.

Sin embargo otras zonas del castillo me gustaron mucho como las antiguas cocinas (que me temo que llevan el mismo futuro que la capilla tal y como marchaban los trabajos) y el pasaje Otomano. Un pasaje exterior que conecta el gran palacio con el pequeño palacio y una columnata estilo harem turco.

En cuanto a la exposición del interior, está muy bien documentado el interesantísimo trabajo de rehabilitación y conservación (al que contribuimos con nuestras entradas) Así como un par de salas reconstruidas con mobiliario de la época. Lo que sinceramente creo que sobra es toda una de las salas dedicada en exclusiva a una de las duquesas de Vianden que llegó a ser gran duquesa de Luxemburgo.

Larochette

Si la primera impresión es lo que cuenta, la que nos dejó Larochette fue insuperable. Un denso banco de niebla había caído en el valle, la carretera discurría entre un frondoso bosque, las pequeñas casas blancas estában iluminadas por farolillos amarillos que hacían más patente la presencia de la bruma y en lo alto del acantilado estaban las ruinas de un imponente castillo. En cualquier momento esperabas que saliese el lobo.

Veníamos hasta aquí porque fue donde encontramos albergue para dos noches.

Desde Alemania para llegar al pueblo teníamos que ir con el coche por carreteras secundarias encajonadas entre paredes rocosas, con niebla densa, parándonos a leer todos los carteles y visibilidad nula. Pero llegamos a nuestro destino, después de tanto sufrimiento.

De hecho ya habíamos llegado a él, cuando dijimos desde el coche, “uuuuy pero que pueblo más mono es este… alaaa mirad en lo alto hay un castillooo enorme” Y de verdad, TAN TAN mal lo había pasado conduciendo, que al llegar  aparqué el coche al final del pueblo y dije “a partir de ahora hacemos lo que querais pero el coche de aquí no se mueve” Obviamente el destino es muy cruel y 1 minuto después de que dijese esto tuvimos que coger la carretera para volver a Trier a rescatar a Luis.

Nuestro primer contacto con el pueblo fue bien de noche y habiandonos tomado la cerveza de emergencia después de nuestra surrealista aventura en Trier.

El pueblo se encuentra en la encrucijada de dos carreteras y se extiende linealmente a lo largo de ella con sus casitas pintadas de colores pastel con tejados de dos aguas de teja negra. En el cruce se encuentra la pequeña iglesia construida en 1860 de estilo neorrománico. Lo realmente llamativo de ella son los frescos art nouveau que tiene dentro del coro. También justo en el centro de la población, a la orilla del río, se encuentra la antigua estación del ferrocarril, lugar que me enamoró. Como sacado de un cuento, se trata de una bonita casona blanca con enormes ladrillos rosas tan solo en las esquinas donde hay información de los miles de paseos que se pueden dar, principal motivo por el que la gente viene a este lugar.

El castillo, que tanto me fascinaba, se asienta en una colina de piedra horadada por el río White Ernz, entorno al cual la ciudad creció. Allí empieza un paseo a lo largo del mismo realmente muy pequeño pero bonito, alejado de la carretera. Encontré la casa de mis sueños, una en una isla en mitad del río donde habían hecho unas presas y el agua caía en cascada.

Lo que más vale de este enclave es que se encuentra en pleno Parque Natural Germano Luxemburgués. Esta pintoresca zona, conocida como la Pequeña Suiza Luxemburguesa (sinceramente, no tengo ni idea de donde le ven el parecido con Suiza), está llena de bellezas naturales: frondosos bosques de hayas, carpes, pinos, abedules y robles, sotobosques de helechos, brezos, arándanos, torrentes tumultuosos, y húmedos pastos. Los bosques más bonitos de Europa los ví en esta zona del ducado de Luxemburgo.

Todos los caminos están muy bien marcados y van desde uno de 36km hasta el mismo Echternach, a muchos muy asequibles de 3-4 horas.

La gente que dormía en el albergue con nosotros cada día lo dedicaba a un paseo. Nosotros, con tan solo dos días para dedicarle a Larochette, quisimos probar con el que sale detrás de la iglesia subiendo la montaña que hace de mirador natural al castillo y los restos de la fortificación que  se encuentran en la montaña del frente más al sur.

 Y es cierto que casi toda la ciudad parece girar entorno al castillo, o lo que queda de él. En tiempos del imperio romano al parecer ya se construyó algo en la misma roca, la fortificación que podemos ver hoy en día es del siglo XI y dominan 150 metros más arriba del resto del pueblo. Aunque tiene muchos senderos para poder subir a pie, nosotros nos decidimos a llegar hasta el en coche, lo que nos permitió atravesar uno de los bosques de hoja caduca más bonitos, y que seguía habiendo niebla, con lo que parecíamos caperucitas al encuentro del lobo.

Al llegar arriba nos encontramos en una gran explanada y justo delante de nosotros una especie de torreón enfrentado al castillo, del que baja un puente levadizo que cruza un foso. El foso, es muy curioso claro, porque el castillo realmente está encaramado a la roca del acantilado por tres partes, así que dudo mucho de que tuviese agua en su tiempo. Detrás del foso ya se levanta la muralla que rodea toda la fortificación. El castillo en sí consistía en cinco edificios de los que cuatro están en ruinas y solo uno está reconstruido el Or Chrieschinger Haus. En esta parte se exhibe más o menos cómo sería la vida en el siglo XII, con un salón, comedor, habitaciones…

Ruta por las abadías wallonas

Cuando por primera vez se me ocurrió la posibilidad de hacer este viaje, lo esbocé con sus paradas sus tiempos y su viabilidad, me emocioné muchísimo. De pronto me hacía más ilusión que viajar, como haría dos semanas después, a Marrakech. Incluso se me aparecían los rostros (llenos de envidia) de personas que sabía que les encantaría haberlo hecho. Desgraciadamente en aquel momento vino una temible y mortal ola de frío por toda Europa, que dejó las temperaturas por Bélgica en unos -10ºC con lo cual imposible hacer nada de turismo.

Un año después, al enterarme de que Fu no había ido nunca a Bélgica y conociéndole como gran amante de la cerveza se decretó que este viaje había que realizarlo sí o sí.

¿Por qué esta ruta?

Se trataba de mezclar el turismo con la gastronomía, en concreto la cerveza belga. Más en concreto la cerveza trapense. Este tipo de cerveza tiene una denominación de origen, Trappiste. Solo se otorga si se sigue elaborando en los mismos monasterios trapenses, bajo el control de los monjes y sus beneficios se destinan a caridad.

En total en el mundo solo hay siete cervezas que lo ostentan que son 3 de Flandes: Westmalle, Westvleteren y Achel (estas las dejamos para otra aventura por las abadías flamencas); 3 en Wallonia: Chimay, Rochefort y Orval y una en Holanda: Trappe. Estas cervezas son generalmente turbias, de muy alta fermentación y deben ser preparadas respetando los criterios definidos por la asociación Trapista Internacional si quieren poder mostrar el logo “Authentic trappist product

Para cervezas que no reúnen estos requisitos se creó otra calificación que es la cerveza de abadía. En este grupo entran, tanto cervezas braseadas en las abadías por los monjes o licencias que comunidades monacales han pasado a alguna brasserie (como Leffe, Grimbergen, Affligen)

Obviamente todas las abadías no podíamos visitar, y teníamos en cuenta que algunas no aportarían nada a nuestro viaje por no tratarse de lugares especiales. Nos centramos en la región wallona y en el camino añadimos algunas cervezas de abadía y algunas brasseries tradicionales:

Volamos a Charleroi con ryanair (por el precio de 23€ ida y vuelta) y allí alquilamos un coche. Según aterrizamos a las 9 de la mañana nos encaminamos, por la N53, hacia el pueblo de Chimay. Después desandamos nuestros pasos para coger la N50 camino a Francia y visitamos Tournai. En esta ciudad no hay ninguna abadía pero cerca, en Pipaix, se encuentra la brasserie Dubuisson una brasserie tradicional belga que habíamos pensado visitar. Pasamos un par de días en Lille, donde no solo visitamos a amigos y familiares sino que también estuvimos en una brasserie tradicional para catar la cerveza del norte de Francia, nos dirigimos a la bellisima ciudad de Dinant donde ni más ni menos que se encuentra nuestra señora de Leffe. Nuestro camino este día siguió atravesando las Árdenas para visitar las abadías de Rochefort y Orval.

Dado que estábamos muy cerca de Luxemburgo nuestro viaje a partir de este punto se tornó un poco más turístico y nos encaminamos hacia el ducado, visitando pequeñas ciudades que parecían sacadas de cuentos. Como no sitio en el albergue de La ciudad de Luxemburgo decidimos pasar dos noches en el albergue de Larochette en medio del bosque. Tuvimos que acercarnos a Trier (3 veces por diferentes motivos) y después nos dedicamos a disfrutar de las pequeñas joyas de la suiza luxemburguesa Echternach y Vianden. Cuando nos dirigíamos para pasar nuestra última noche en un albergue en Maastricht, en el camino antes de salir del ducado, divisamos Clervaux y tuvimos que parar para verlo. Después de un día en la ciudad holandesa volvimos a Bélgica para finalizar el viaje, visitando de propina Hoegaarden donde se encuentra la abadía que da nombre a la cerveza.

En nuestro viaje no solo visitábamos las abadías sino que obviamente hacíamos cata conveniente de la cerveza del lugar. Para ello en casi todas las abadías al lado se encuentra un albergue. Estos albergues aunque modernizados, son tan antiguos como las propias abadías ya que la tradición cuenta que se hacía queso y cerveza para alimentar a los peregrinos y si se fijan todos los sitios por donde pasamos son lugares del camino de Santiago belga.

Ciudad de Luxemburgo

Verdaderamente un gran sitio Luxemburgo. Lo sopeso siempre como lugar para vivir en un futuro. Con una gran calidad de vida, orden, limpieza y bonito. Mientras estaba allí pensaba “este es el lugar donde me gustaría que creciesen mis hijos“. Perspectivas de futuro a parte, la primera vez que estuve en esta ciudad fue a que decidimos una breve parada por Luxemburgo antes de dar por finalizado nuestro viaje por europa, gracias a una recomendación de JP. La segunda, estaba sacando “de paseo” a mis compañeros de piso y se me ocurrió que para un colombiano no podía haber nada más exótico que este pequeño condado.

Luxemburgo es una ciudad ubicada en un lugar único, en la confluencia de los ríos Pétrusse y Alzette (o más bien se tendría que decir sobre ya que está entre las gargantas de los dos ríos, por lo que la visita a la ciudad requiere de cierta soltura subiendo y bajando escaleras)

Lo que la hace realmente tan pintoresca son las casamatas, que por cierto las construyeron los españoles. La ciudad se yergue sobre unas paredes de piedra claramente defensivas (ya que ésta empezó siendo una fortificación) desde donde las que se podía disparar por agujeros a modo de las casamatas de madera de los castillos medievales. De esta forma queda dividida en parte alta, sobre el acantilado, y parte baja, al pie del río.

Lo primero que hicimos después de aparcar las furgonetas (muy fácil la circulación por la ciudad, porque está todo super bien indicado) fue recorrer por la parte superior las casamatas alrededor de la ciudad para disfrutar del atractivo principal de la ciudad: las panorámicas vistas de la parte baja de la ciudad con sus aires medievales. Las pequeñas casas, con sus tejados de teja negra de donde salen las pequeñas ventanitas de las buhardillas como si de ojos se tratasen. Todo dispuesto desordenadamente sobre callejuelas adoquinadas a los pies del Gran Palacio del Ducado, inmerso en un paisaje de montes verdes.

Era un domingo y la ciudad estaba completamente desierta, pudimos visitar el centro con mucha calma. Esta parte alta es muy muy muy europea. Si alguna vez te imaginaste algo europeo eso es la ciudad de Luxemburgo, con sus amplias plazas de mercados, palacios burgueses y casas de color claro estilo neoclásico, todo ello organizado en calles más o menos paralelas y relativamente amplias.

Hay dos plazas principales: la Place d’armes donde está el ayuntamiento y la place Guilliaume donde se pone el mercado (fue por aquí por donde decidimos comer, ya que están llenas de restaurantes y nos asaltó la duda ¿Qué idioma se habla en este país? pues todos los carteles estaban en alemán pero oíamos a las camareras y clientes hablar en francés. Y es que tiempo después me he enterado que el alemán es más usado coloquialmente mientras que el francés se usa para situaciones más formales, por lo demás son completamente bilingües)

Y os preguntaréis ¿y el palacio ducal?. Pues dimos con él de casualidad, que no es fácil, ya que se encuentra entre dos calles, no es que se encuentre especialmente a la vista en una gran plaza. Malamente se puede apreciar con perspectiva pero es muy bonito, de estilo neogótico, obviamente ha sido reconstruido.

A mi parecer lo más bonito de Luxemburgo es el grund en la parte baja de la ciudad, donde está la parte más antigua.

Las callecitas allá abajo no discurren entre grandes palacios burgueses sino que tiene un aspecto de pueblo, en la parte baja casi todas las edificaciones son más medievales, destacando la abadía de Neumünster. La coqueta iglesia, hoy hace las veces de centro cultural (la segunda vez que estuve en la plaza que hay alrededor tenían montada una exposición sobre ciencia). Todo su interior es barroco, muy bonito, con preciosos retablos que datan del 1613, su año de construcción.

Hacia el final de la ciudad se encuentran los restos más antiguos de la muralla, con grandes torreones que aún se conservan y puentes. El paseo no tiene desperdicio y conviene tomarse su tiempo disfrutando del río y del bonito jardín que a modo de bosque se extiende por la parte baja de la ciudad, y las callejuelas.

Ya por la tarde volvimos a subir para acercamos a la catedral de notre-dame. Da la casualidad que a las 5 en punto tocan un concierto con las campanas. Por fuera es muy muy simple, por dentro muy sorprendente y moderna, llena de mármol blanco y algunos mosaicos imitando el estilo bizantino curiosos. En la cripta  con dos leones enormes a la entrada, se encuentran las tumbas de todos los duques de Luxemburgo (la segunda vez no pudimos visitar y me dió pena).

Justo delante de la catedral está la plaza de la constitución donde hay un parque con una original forma triangular sobre el bastión con una pequeña entreplanta en la mitad de la pared de la casemate. Desde allí se tienen las mejores vistas del gran puente que lleva hasta el barrio moderno donde prosperan los bancos alojados en grandes palacios, la estación de tren y la vida nocturna (tiene menos atractivo turístico, pero la torre del edificio del banco de Luxembrugo al otro lado del puente es una vista muy bonita)

Justo por la plaza de la constitución está la entrada a las casamatas del s.XVII. No pudimos ver las de Bock donde están excavados muchos pasadizos desde tiempos de la fortificación porque estaban ya cerrados. Pero aprovechamos para bajar por aquí, en la plaza de la constitución donde hay un monumento a los caidos en la primera y segunda guerra mundial, para darnos otro paso por esta parte del río.

Nuestra breve estancia en Luxemburgo nos deparó una sorpresa más, pese a lo que todo el mundo piensa de que el ducado sobrevive de los impuestos la gasolina es más barata que en Francia, Bélgica o Alemania.

Toussaint

Según se acercaban nuestras primeras vacaciones (Toussaint el 1 de noviembre) aumentaban nuestras probabilidades de explorar zonas de Europa que en esos momentos estaban más cercanas a nosotros entonces. El comienzo del viaje fue cuando Mario dijo “yo quiero ir a Alemania ¿alguien se apunta?” Nos apuntamos 15. (Mary siempre dice que deberíamos poner en el CV experiencia en organización de grandes grupos)

Aunque no lo parezca la organización de este viaje no fue muy compleja. Cogimos un mapa de Europa y trazamos un circulo según la gente iba haciendo comentarios:

“A Berlín, yo tengo ganas de ver Berlín” (decretó Mario)
“hombre claro no podemos pasar sin Berlín
“oye y ya que pasemos por Holanda paramos un momentín y así compro en un coffee pa’l viaje, mirad Eindhoven pilla de camino” (esto seguro que fue Moe)
“Ey ey mirad Praga, tios que está al lado de Berlín” (la verdad es que a Laia no le costó esfuerzo persuadirnos)
“ok, y bajamos a Munich
“pues me ha dicho la Rubi que tenemos que ver Salzburgo, y la carretera que tenemos que coger pasa por ahí, y Füssen que está a media hora” (esta fue mi gran aportación al viaje aprovechando la sabiduría de la rubi que estuvo haciendo interrail por ahí)
“¿Y Stuttgart, mi prima me ha dicho que merece la pena?” (Isa lo intentó)
“eeeh, no se si os habéis dado cuenta de que tenemos 9 días y tenemos que volver a Lille
“pues mira, paramos en Estrasburgo
“Me ha dicho JP. Que ellos volvieron de Estrasburgo una vez por Luxemburgo a menos de 2 horas, 3 si os queréis ahorrar el peaje y vais a través de la Lorraine”

Aunque os parezca mentira, esa fue toda la planificación del viaje. Alquilamos 3 cangoos que salieron muy bien de precio (200 euros los 10 días cada) en Europcar. En una tarde Laia y yo nos dedicamos a reservar albergues, para 15 personas, 2 noches en Berlin, 3 en Praga, 1 en Munich (y Estrasburgo, pensamos, ya nos apañaremos que volvemos a estar en casa) Nuestro presupuesto era MUY bajo, ninguna de las noches pasó de los 12€ por cabeza.

La gente me mira con perplejidad y asombro cuando cuento que no he hecho nunca un interrail. Siempre lo he querido hacer, pero nadie me quiso acompañar nunca, una vez un ex me llegó a decir que es que estaba ya muy mayor para esas cosas (tenía 21 años y yo 18 asi que le creí… hasta que yo cumpli 21 y desde entonces siempre me reí de él por semejante comentario) Este viaje a sido lo más parecido a un interrail solo que con coches y no en tren.

No llevábamos guías, ni miramos nada un poco antes por internet. Íbamos a los puestos de postales para ver las cosas turísticas que debíamos encontrar por la ciudad, era como una búsqueda del tesoro. Lo más divertido era llegar a las ciudades y sin tener plano, localizar la calle del albergue (y en ocasiones ni siquiera teníamos el nombre de la calle del albergue) operación que acabamos dominando con asombrosa maestría.

La gran sorpresa nos la llevamos al llegar a Praga donde, una noche caminando, nos encontramos con la banda de l’école centrale de Lille. Estaba tocando por las calles pidiendo y así se subvencionaban un poco el viaje. Estuvimos charlando un poco con ellos, y nos contaron que los días anteriores, al igual que nosotros, habían estado en Berlín. Pero mayor sorpresa aún fue cuando después de estar cómodamente instalados en el albergue de Munich, ¡aparecieron en el albergue! Estaban haciendo exactamente el mismo viaje que nosotros. Esa noche montamos una gran fiesta en el bar del albergue, ellos tocaban y nosotros bailábamos encima de las mesas (los demás huéspedes, nos miraban al principio con cara asustada)

Con Europcar finalmente quedamos descontentos ya que todo fueron pegas desde el primer momento, para los siguientes viajes alquilamos en otros sitios desde entonces. Entre las incidencias del viaje empezamos por estar a punto de no poder salir por el lío con las tarjetas de crédito. Cada conductor tenía que poner su tarjeta y no podía ser otra persona (he alquilado coches hasta en Canadá sin este tipo de problemas) Por suerte cuando ya creíamos que no saldríamos Cesc se levantó de la cama y vino a salvarnos. Había un coche con algún problema porque siendo iguales los tres, uno consumia mucho más que los demás. Al devolverlos nos cobraron un plus por algo y tuvimos que reclamar más tarde.

El viaje también empezó mal para mi, el mismo día de la salida empecé a sentirme muy mal. A la altura de Amberes, había perdido por completo la voz y a la altura de Hannover ya no podía conducir más, tenía 38 de fiebre que me acompañaron los tres días siguientes. Fue un duro comienzo que se agravó con las primeras nieves en europa aquel año. Quizás por eso me agradaron mucho más las ciudades que visitamos al final del viaje cuando ya me recuperé.

Además descubrimos un principio desconocido de la termodinámica; con los idiomas se trabaja a volumen constante, no importa que antes supieses defenderte en 4 idiomas, al estar en Francia y llenarlo todo con el francés pierdes la capacidad de expresarte en algo que no sea francés (incluso en tu lengua materna)