Larache

Desde Asilah, atravesando los últimos bosques mediterráneos de alcornoque en África, se llega a la ciudad de Larache. En lo que es el valle del río lixus, se forma una gran explanada de salinas y al fondo se recorta la silueta de la ciudad. Mi tío trabajó durante años allí y la recordaba muy pueblo, pero tiene su tamaño considerable.

Castillo de la cigüeña

Para llegar nosotros cogimos un grand taxi que salió por 60 dirhams (éramos 5) y he de felicitar a mi madre y mi tía que, pese a haber dos adelantamientos de estos que se quedan 3 coches en dos carriles, contuvieron  los gritos en todo momento.

Antes de entrar a la ciudad, a unos 4 km, se encuentran las ruinas de la antigua ciudad romana de Lixus (Son muy ruinosas, estilo Cástulo, esto ya depende de cómo le guste a uno la arqueología)

Plaza de españa

La ciudad nos recibió con los restos de la muralla de su alcazaba (hoy en ruinas) y pasada esta muralla, llegamos a la plaza de España. Si así tal cual suena. A partir del siglo XVI portugueses y españoles se interesaron por este pequeño promontorio y su puerto. España consiguió El-Araïch manteniéndola hasta el final del protectorado y entre muchos recuerdos dejamos esta plaza.

Zoco pequeño Larache

Lo curioso es que me recordó a una plaza de toros. Es del s.XVII, se trata de una plaza blanca redonda, rodeada de edificios hispano moriscos con fachadas dentadas blancas, con soportales y arcos. En ellos hay bares y por las tardes la gente se sienta en mesas a jugar a las cartas.  Tiene la puerta a la antigua medina, aparte de edificios emblemáticos de una época colonial de principios de s.XX como el casino o la casa de España.

Pero poco estuvimos aquí al principio porque teníamos ganas de ir al mercado. ¿Por qué al mercado? mis padres siempre que visitan una ciudad van a su mercado. Mi madre me dice que “solo así se puede conocer a la gente que la habita“. También compran cosas, a mi padre se le van los ojos tras las verduras (de las que coge semillas) y el pescado.

Mercado morisco de Larache

El mercado de Larache es un espectáculo de color y sonidos. Está en un edificio morisco restaurado pero también se extiende por las calles de los alrededores hasta bien entrada la noche. El edificio parece un antiguo almacén dividido en pasillos y rodeado por un patio de columnas. Los carniceros y los pescaderos exponen sus mercancías fuera (o en el suelo) mientras que el interior se reserva para las legumbres. En las calles, el pan, los dulces y las carretas que se hunden por el peso de las frutas y las verduras terminan de completar este delicioso cuadro animado y colorista.

Un consejo es, que hay que venir hasta aquí para ver el auténtico Marruecos.

Medina de Larache desde el puerto

El mercado está rodeado de muchos chiringuitos que funcionan estilo Essaouira. Aunque faltaba mucho para comer hablamos con uno de ellos y nos dijo que allí solo hacían sardinas (a 15dirhams medio kilo) y algunos primeros, pero que si nosotros comprábamos el pescado, él nos lo guardaba y luego nos lo hacían. Más tarde, cuando acabamos nuestro deambular, y pese algunas reticencias por parte de todos, la comida fuer superior. Eso sí no esperéis otra cosa que un servicio muy básico, pero la materia prima era excelente.

zoco de la alcaiceria Larache

Salimos al “paseo” marítimo que no es sino una calle que va por el acantilado. En ella por las noches se ponene los puestos de caracoles calientes y la gente pasea al caer el sol. Al sur se pareciaba el macrocementerio y hacia el norte, que es donde nos dirigíamos, el antiguo fuerte de la cigüeña. Está en ruinas, queda muy  de postal en las fotos pero nada más. Cuando más tarde cruzamos la medina, conseguimos llegar hasta la plaza Makhzen donde se encuentra el castillo. Es una explanada desde la cual se contempla el estuario del Loukkos, y las salinas (pero evitad mirar la basura de alrededor)

Seguimos bajando por esta calle hasta el puerto. Este camino va paralelo a la medina de forma que se puede apreciar toda su belleza desde fuera. Esta parte de Larache tiene la apariencia de pueblo donde resulta agradable ver sobresalir las bonitas casas blancas cuadradas con ventanas y puertas azul cielo.

Disfrutamos un rato por el puerto reformado a principios del sXX (sobre todo mi padre se aseguraba de haber sacado a buen precio el pescado que compró antes) Todavía había pescadores faenando aunque la mayoría vendía su mercancía en los alrededores. También había el mismo tipo de chiringuitos con brasas donde te hacían el pescado.

En el mercado de larache

Y de aquí nos internamos en la antigua medina por la que subimos callejeando.

Ooooh!! Nunca podré dejar de recordar lo bonita que es. Si, es cierto que es pequeña y está deteriorada pero es tremenda. Con sus pasadizos, callejuelas en pendiente, que descienden hacia el mar, giros imposibles, llena de gente. Sus placitas ofrecen el magnífico espectáculo de los mercados al adentrarnos en sus blancas callejuelas estrechas y retorcidas, experimenté una gran tranquilidad y me dejé mecer por el agradable exotismo que allí reina.

Después de nuestra subida, llegamos al pequeño zoco, el corazón de la medina sin duda. El zoco S’hrir, justo a la entrada de las puertas de plaza de España, está en una plaza abierta donde, a parte de algunas frutas y verduras,  se venden objetos de segunda mano. La agitación, las voces de los mercaderes, es una ciudad viva. Lo sigue un zoco cubierto que va hacia el mar, el de la Alcaicería. Y lo mejor ni un turista, ni una tienda que no fuesen de primera necesidad…

Mercado de larache

Una medina de verdad. La disfruté tanto.

Asilah

El último día que pasamos en Asilah mi madre me empezó a contar cómo había ido cambiando su opinión sobre la ciudad. He de reconocer yo experimenté la misma sucesión de sentimientos al respecto.

Asilha desde el puerto

Nada más llegar me decepcionó por completo. Todo el mundo no paraba de hablar de lo bonita que era, pero al llegar pensé: “esto es Mojacar” Su medina es tan limpia, blanca, rehabilitada, con grandes casas sin un desconchón, calles silenciosas, con deciros que las tiendas tienen un horario, no las veréis abiertas por las noches y ¡hasta están los precios puestos!… se diría que está europeizada. Es más pensamos las dos “esta ciudad está hecha a imagen de lo que los europeos piensan de Marruecos, pero no es Marruecos

alrededores de asilah

No obstante, pese a nuestra decepción, en vez de irnos decidí darle otra oportunidad y quedarme un par de días más que cambiaron por completo nuestro punto de vista. Pasamos a ese sentimiento tan cálido que te envuelve cuando piensas en un lugar acogedor.

La medina de la ciudad es preciosa (hay que subrayarlo) Aunque os parezca muy nueva, ya era preciosa hace 30 años cuando mi tío trabajaba en Larache e iba los fines de semana a comer a Asilah para disfrutar de sus encantos.

Playa

Arzila, como se llamaba antes, es una ciudad muy antigua. Fue fenicia, cartaginesa, romana, portuguesa, árabe y española. Con semejante historia imposible que no fuese especial.

La blanca medina está rodeada por unos muros defensivos que construyeron los portugueses en los siglos XV y XVI, como también es portuguesa la torre el-Karma que domina la plaza más grande de la medina, Ibn Khaldoun. Parece salida de un castillo medieval.

entrada a la medina

Nuestra primera aproximación a la medina fue por la puerta de la muralla que da al puerto, las demás veces siempre lo hicimos por la puerta del mercado. Nada más entrar hay una gran avenida de muros encalados (nada de pequeñas calles tortuosas). Porque lo que hay a la izquierda es una mezquita que sino podrías jurar que estás en algún lugar de Alemería. Después de Ibn Khaldoun, está una escuela y asomándose como si la muralla fuese un balcón sobresale el palacio El Raisuni, ambos de estilo morisco.

Palacio Al rasouni

Más allá de la plaza, la medina recupera sus calles tortuosas que no van a ninguna parte (muchas de ellas son acaban en pequeños patios) Las casas no parecen pequeñas sino grandes y espaciosas. Por la noche es un sitio muy tranquilo, pero cuando más nos ganó fue por la mañana cuando el sol brilla en sus blancas paredes y se anima un poquito. Algunas de las fachadas de las casas sorprenden por estar pintadas cual cuadros murales. Una corriente bohemia y vanguardista ha decidido asentarse en la ciudad. Con las tiendas abiertas descubriréis que muchos artistas han decidido venir a vivir aquí y tienen talleres por doquier.

Si se viaja por Marruecos en invierno hay que tener en cuenta que la noche llega muy temprano. Hacia las cinco de la tarde todo estará ya iluminado por los farolillos amarillos que hay en las paredes.

En esta ciudad han sabido aprovechar al máximo lo de disfrutar de los atardeceres, hay dos sitios estratégicos desde donde se tienen muy buenas vistas de todo el conjunto. Por un lado está el punto más visitado, un saliente al final de la muralla, donde, por la noche, muchos chicos jóvenes van a fumar o clandestinamente en parejitas. Pero el que a mi más me gustó fue el espigón del puerto. En ambos lugares se suelen reunir bastantes personas para ver el atardecer como si de un ritual se tratase.

Torre al karma

Es en frente de este pequeño puerto protegido por dos espigones, donde se encuentran los mejores restaurantes de la zona. Ojo que no son ésos que están en la avenida Mohamed el Hassani pegados a la muralla, que ofrecen menús marroquíes por 30-40 dirhams. Estoy hablando de sitios donde comer gulas, langosta, pastelas de pichón (pedidas por encargo)…

Siguiendo el paseo marítimo que mide como 1km, se llega a la gran playa de Asilah. Digo gran porque es enoooorme, tanto, que parece llegar hasta Tanger. Enfrente a esta playa, bastante lejos de la ciudad, está la estación de tren, rodeada de verdes campos.

asilah murallas

La ciudad nueva que rodea las antiguas murallas tampoco tiene desperdicio. Quizás por la zona de la avenida Mohamed el Hassani no se diferencia mucho a otras ciudades marroquíes (¡incluso tiene el barullo que desapareció de la medina! con sus cafeterías llenas de hombres, los vendedores ambulantes de futa y pescado y los puestecillos de caracoles cocidos), pero hacia los alrededores se extienden parques y exquisitas zonas residenciales (con deciros que hasta me interesé seriamente, mirando precios, para comprarme aquí un apartamento)

Pienso que probablemente éste sea el futuro de las ciudades costeras marroquíes, probablemente pierdan el “eso caótico” y se conviertan en lugares bonitos pero sin carácter, como éste. Asilah se puede visitar en un solo día, es pequeñita. Sin embargo, para apreciarla de verdad y no quedarme en lo superficial, a mi me hizo falta varios días viviendo en ella como si fuese un lugar de vacaciones.

En el Hamman (I)

El otro día en una cena volvió a relucir esta GRAN anécdota, experiencia única encuadrada en el apartado de: si mi madre supiese en donde me meto…

Cosas que hacer en Marruecos hay miles pero, pregunté a una compañera que había estado un verano trabajando como voluntaria:
Mira lo que tienes que hacer es ir a un hamman, pero no a uno turístico. Los hammanes son los baños públicos de ellos. Nosotras fuimos, que ya ves tu íbamos sin jabón y sin nada y la tía del hamman alucinando nos miraba y decía ¿pero no tenéis nada? El caso es que tu entras y allí te digo que te puedes encontrar de todo, cuando yo fui había una afeitándose las ingles. Pero es una experiencia única, las ves a ellas en un ambiente muy diferente de como están por la calle, es muy íntimo

Yo transmití la información a mis amigas y en seguida las tres llegamos a la conclusión de que podíamos ahorrarnos semejante experiencia antropológica, pero que sí que nos apetecería mucho ir a uno turístico en plan spa.

Jabon negro

En el riad donde nos alojábamos preguntamos por algún sitio turístico y nos dijeron “hombre, hay miles, pero aquí lo que suelen hacer las chicas es irse con la cocinera que les lleva a uno de verdad”  Aunque íbamos super convencidas de que queríamos uno turístico pero fue instintivo decir el si (quizás nos echaba para atrás el ir solas a un lugar que desconocíamos completamente como funcionaba). Nos dijeron que cogiésemos toalla, jabón, y el dinero justo que ibamos a necesitar.

En estos sitios tienen un horario para hombres y otro para mujeres. A la entrada hay una gran sala, que a mi me recordó a un pajar… Cochambroso, es la palabra que estoy pensando pero la podéis cambiar por “con sabor local” o “muy auténtico”. El techo de madera tenia agujeros y había un poyete corrido a lo largo donde nos desnudamos y dejamos la ropa y toallas (tal y como nos habían pedido, era lo único que llevábamos. Aún así la mujer lo tapó todo con un chal)

La seguimos por una pesada puerta que daba al interior del baño.  En este caso eran dos salas rectangulares recubiertas de losas blancas (grises) y marrones conectadas entre sí. Ambas estaban recorridas por tuberías de agua caliente que hacían que la temperatura fuese muy agradable para estar desnudo. En la primera había grifos de agua para llenar cubos que luego se echaban por el suelo. En la segunda, había un pequeño tragaluz, por lo que estaba ligeramente (y solo ligeramente) más iluminada, y allí en el suelo no había agua, pero la sala era igual de húmeda.

Cogimos unos hules y los extendimos por el suelo en la primera sala, luego cogimos los cubos de agua caliente y los echamos sobre los hules para sentamos. La mujer nos echo agua a todas, sacó henna natural la mezcló con jabón negro (un jabón hecho a base de aceitunas negras, con propiedades exfoliantes) y exprimió una naranja. La corteza de la naranja la fuimos mojando en la mezcla y nos fuimos untando por todo el cuerpo. Esta especie de mascarilla te broncea y se supone que realmente ellas la usan para ocasiones especiales. Nos mandaron tumbarnos 10 minutos en la otra sala mientras se absorbía. Se estaba bien y calentito, pero de pronto empecé a hacer suma mental “eeh, esto es un lugar muy húmedo, calentito, sin apenas luz… ¿donde están los hongos?

Nos volvimos a duchar con cubos de agua caliente para quitarnos el jabon y la cocinera nos empezaron a frotar con una kessa (guante de crin super rugoso) de forma que nos quedamos completamente rojas pero se cayeron todas las pieles muertas que pudiésemos tener.

Como teníamos que esperar a que acabasen con Zuazua, otra vez nos mandaron tumbarnos en la otra sala. Pero esta vez, en vez de dar rienda suelta al lado hipocondríaco, me dediqué a observar relajadamente lo que había a mi alrededor. Y es verdad que es toda una experiencia. En la misma sala sentadas de dos en dos, todas las mujeres desnudas se hacían unas a otras lo mismo que nos estaban haciendo, se peinaban y se desenredaban unas a otras, se pasaban el guante de crin, charlaban, había una con un niño y una niña, que no paraban de corretear por el baño y por supuesto miraban a las extrangeras que estaban allí con curiosidad.

Después, llegó otra experiencia cuanto menos chocante; la hora de lavarse el pelo. Con nuestros champús nos enjabonaron y de algún sitio sacó una esponja con la que nos frotaba el jabón como cuando nuestras madres lo hacían cuando éramos pequeñas… exactamente igual… en algún momento pensé que no, que a lo mejor no lo haría pero si, ahí que de pronto una completa extraña pasaba una esponja entre mis piernas. Finalmente nos peinaron y nos perfumamos con perfume sólido que habíamos comprado en Essaouira.

Quedamos tan suaves, tan bien olíamos, nos sentíamos tan bien. Por un lado teníamos un miedo mortal a haber cogido hongos, por otro salimos sintiéndonos tan guapas y por otro (tercer) lado habiamos vivido una experiencia tan única (y sumamente rara) porque puede parecer una tontería pero lo vives y luego piensas: es que yo a día de hoy con esta mujer tengo más confianza que con mi madre casi. La mujer por cierto un amor, super cariñosa con nosotras. El día que nos fuimos salió y no paraba de darnos besos y abrazos (nosotras desde el día del baño nos sentíamos como sus hijas adoptivas)

Essaouira

La antigua Mogador se encuentra en plena costa atlántica, rodeada de campos de argán. Es protegida del viento y del mar, con un cinturón de muros fortificados, de cuando fue colonia portuguesa. Essaouira, dentro de sus murallas marrones, está abarrotada de casas blancas con tejados planos, barcos, puertas y ventanas azules y minaretes.

Desde Marrakech llegamos a la puerta de la medina con la línea de autobuses Supratour (hay 4 servicios al día y el trayecto es de unas 3horas, la carretera es mala). Desde allí tuvimos la laboriosa tarea de encontrar nuestro hotel, que estaba al lado de la playa a las afueras de la medina, por nosotras mismas evitando a los pesados de turno.

Lo más importante que hay que visitar son la Sqala del puerto y la de la kasbah.

El puerto amurallado de 1184, al que se entra por la puerta de la Marina , es realmente muy bello. Siempre se pueden ver las miles de barcas de intenso color azul de los pescadores y siempre está lleno de gaviotas. Desde lo alto de las torres se pueden observar las islas púrpura, que son ahora reserva natural integral pero que conservan restos de una mezquita y los restos de un fuerte portugués.

Inmediatamente al lado del puerto se encuentra la plaza de Moulay-al Hasan. En el centro de ella (al lado de la lonja) se suceden muchos puestos donde se puede comprar directamente el pescado (no olviden nunca el regateo, nosotras casi conseguimos que nos lo pusiesen casi a precio marroquí) Luego hay unos hombres con unas parrillas que los asan y si tienes pena por el postre no pasa nada, porque cada dos por tres hay gente pasando con bandejas enormes vendiendo dulces (eso si todos con almendras y frutos secos).

En esta misma plaza se encuentra una de las entradas a la medina a través de la muralla arcada, adornada con palmeras. Como en cualquier visita a una medina lo mejor es dejarse perder por las callejuelas, dejarse llevar por los pasadizos, sin miedo alguno, y admirar las casitas blancas con sus puertas (Ay las puertas, que bonitas y que obsesión teníamos con ellas que hasta la chunga se compró una)  y ventanas de colores.

La Sqala de la kasbah, se encuentra al final de la medina, protegiéndola del mar. Aunque es de igual construcción que la del puerto, sin embargo me transportó a un mundo completamente alejado, como si de vuelta estuviésemos en la edad media, con sus recovecos, túneles y pasajes laberínticos. Con el encanto añadido de pasar por el pasaje debajo de la bóveda para descubrir los antiguos almacenes de municiones (ahora talleres de artesanos).

En cuanto al zoco, el zoco realmente casi es toda la medina, aquí también hay mucho turismo marroquí pero aún así se encuentran los típicos puestos para las masas: las 20 000 tiendas de babuchas, las de cajitas de madera, etc etc, en general en todos venden lo mismo, y según te acercas a mirar ya te están atosigando, eso sí mucho menos que en Marrakech e hinchan menos los precios (de tal forma que en el zoco de los joyeros nos dieron unos precios super razonables. Y que de todas formas hay que visitar porque se trata de unas galerías pequeñas con las paredes embaldosadas como los patios andaluces muy bonitas). Es por eso que sabiamente dedicamos aquí nuestro día de compritas e hicimos amigos.

Hay otra parte del zoco más hacia la mellah (barrio judío que actualmente está derrumbándose) que sí que merece la pena visitar y es donde tienen su mercado. Hay una plaza con soportales donde se ponen por las mañanas los vendedores de argán y justo tiene su gemela, al otro lado de la calle (ojo que para entrar en ellas tendran que meterse por una pequeña puerta entre las tiendas y no parece que se vaya a ir a una plaza) donde mayormente hay tiendas de especies. Ahí nos llevaron nuestros amigos y prácticamente decir que nos escondieron en una de ellas, porque no había turistas a la vista. Nos prepararon un té con cardamomo, clavo, hinojo, ámbar, canela, jengibre, anís, verbena … en fin saber, sabía muy rico pero nos dejó speedicas. Además ese día se celebraba una fiesta nacional y los niños iban tocando tambores como si fuese una batucada. En el resto de la ciudad solo lo vimos por la noche, pero por el día solo en esta parte lo estaban celebrando.

Más hacia el final de la muralla, hay otros rincones que no tienen desperdicio, como las carnicerías (eso hay que ir y verlo con tus propios ojos), las tiendas de pollos (donde los pollos estaban vivos y los iban matando según los elegías) y el mercado de fruta y verdura (todo un universo para los sentidos)

¿Y por la noche? Para que negarlo, es una ciudad super tranquilita, vamos que no hay mucho. Nuestros amigos nos llevaron a un local en la plaza Moulay-al Hassan  que tiene la pinta de hacer las veces de discoteca, con puertas y todo. Se trata de una terraza arriba de un edificio, donde hacían música gnaua en directo (música típica de descendientes de esclavos que tiene su propio festival en verano) y pudimos probar el vino de Casablanca.

Además de todo esto está por supuesto la playa, donde sobre todo van los amantes del windsurf, si el tiempo (que no estaba mal, Diciembre a 25ºC) y sobre todo el viento (que estaba realmente desapacible, en la playa la arena se te metía en los ojos) te lo permiten… Todo ello hace que en conjunto casi sea un lugar idílico un paraíso sensitivo de olores y colores. Pero, tiene un pero, y es que es pequeñita, y al final en seguida te la conoces, y te parece un poco aburrida. Nosotras estuvimos tres días, que para conocerla está más que se sobra.