Praga (Hradcany)

La silueta del barrio del castillo  es una de las primeras imágenes que se me quedaron grabadas de Praga. Yo estaba muy enferma, pero aún así afronté el frío del 1 de noviembre y fui hasta el río donde me quedé mirando la silueta del castillo pensando que era como volver a ver a un viejo conocido. Sobre una pequeña colina domina toda la ciudad, destacándo el campanario de la catedral de San Vito rodeada por los enormes muros de colores. Rodeando la catedral también se ve una fortaleza de paredes verdes y amarillas, acabada con una torre redonda a la derecha. Y todo este conjunto es conocido como el Hradcany.

Con casi el kilómetro cuadrado de área que ocupa, se considerada la mayor fortaleza medieval del mundo, emblema del gran pasado histórico de la capital Bohemia. Es grande, hermoso y siempre lleno de turistas.

Para subir hasta él, opté por la manera más natural, subiendo por las colinas de Malá Strana  desde la plaza de la iglesia de San Nicholas. Es una subida un poco empinada, pero más corta que otras. De todas formas el tranvía 22 tiene una parada en lo alto de la colina.

Una vez arriba, muchos edificios de coloridas fachadas se van repartiendo en plazas cerradas concectadas por pequeños pasillos o túneles. Codo con codo la riqueza arquitectónica es increíble y se mezclan fachadas neo-clásicas con barrocas y góticas.

La buena noticia es que en la mayor parte de los edificios visitables se pueden ver sin comprar entrada, pero para ver los mejores sitios sí que hay que pagar. Por ejemplo se puede visitar la catedral y ver la nave central de la iglesia pero para poder ver las magníficas capillas hay que pagar.

En la segunda plaza se haya imponente la gótica catedral de San Vito con sus 99 metros de campanario. Para entrar a ella hay que pasar por un portalón de bronce con tres puertas, profusamente decoradas. Por la fachada sur destaca la Puerta Dorada que debe su nombre al fondo rojo y dorado de los mosaicos venecianos, en la que se representa el Juicio Final.

La iglesia en su interior es una obra de arte impresionante. Personalmente me llamaron la atención las enormes vidrieras de cristal, en estilos completamente diferentes, probablemente indicativo de los diversos tiempos en que la catedral ha sido dañada y restaurada. Los murales en el interior eran extraordinarios, y lo escarpado de la estructura de la nave es abrumador.

Para visitar las capillas y la cripta hace falta un billete, como ya he señalado. En el Panteón Real se encuentran los restos de los reyes de Bohemia (incluyendo el propio Carlos IV) y Habsburgo.

La Capilla de San Wenceslao es una de las estancias más importantes de la catedral. Fue construida hacia 1362. Entre paredes pintadas con murales del 1500 se encuentra el altar de oro y piedras preciosas de la tumba del santo y se guardan parte de las joyas de la corona Bohemia.

En la misma plaza que la catedral se encuentra el palacio real. En él se pueden diferenciar tres niveles que corresponden con las distintas reconstrucciones. Comenzó en el siglo IX como un primitivo palacio de madera, y en el XII pasó a ser residencia de los reyes como palacio de piedra de estilo románico del que todavía se conservan algunos restos. En el siglo XIV, Carlos IV construyó una planta en estilo gótico, la más impresionante de todas, el  Salón Vladislav ¡¡con 13 metros de alto!! llena de nervaduras entrelazadas que pretenden conseguir un efecto vegetal.

En el tercer patio del castillo, detrás de San Vito, se encuentra la adorable basílica de San Jorge entre varios museos y tiendas de souvenirs. Es la edificación religiosa más antigua del castillo aunque despiste la fachada barroca que le pusieron en el XVII.

Fuera de los terrenos del castillo todo está rodeado los jardines realesde y bosques. Con restos de los antiguos bastiones, calles casi intransitables aún intactas y estrechas que serpentean por las colinas, fuera de la vista de las zonas turísticas. Bajé por la gran escalinata que lleva a los jardines del palacio palacio Wallenstein y de alguna manera, años después de este viaje mientras leía las últimas páginas de “el Golem” recordé paso a paso el paseo por esta bajada.

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Praga (Malá Strana)

Al otro lado del puente del príncipe Carlos está el barrio de Malá Strana. Aunque está a los pies del castillo y mucha parte de las callejuelas conservan el aire medieval del casco antiguo, en esta parte de la ciudad, los edificios son más señoriales palacios del 1700 de cálidos colores. De forma que las oscuras, ennegrecidas y picudas ornamentaciones góticas de Staré Město dan paso a las blancas y redondeadas formas de los grandes palacetes barrocos.

Como dato posterior, me he llegado a enterar de que el puente del príncipe Carlos mide exactamente medio kilómetro, mi pregunta va abierta a todos los que han estado ya en Praga ¿recuerdan cuantas veces lo cruzaron? total que se resume en la cantidad de kilómetros que uno anda cuando hace turismo.

Con sus calles adoquinadas aunque cerca del río se encuentran los restaurantes más caros (hay un sitio precioso con un antiguo molino de agua y todo).

El centro neurálgico de esta “pequeña ciudad” se situaría en la plaza de Malostranske Namesti donde se situaba antiguamente el mercado y curiosamente como este lado de la ciudad está en la colina que da acceso al castillo pues todo está en pendiente, incluida la plaza misma.

A parte del ambiente, con miles de restaurantes (aunque se nota en este lado de la ciudad otro ambiente, creo más bien que son sitios caros destinados al distrito de las embajadas), se encuentra la iglesia de San Nicolás su cúpula se puede ver claramente desde casi cualquier punto. El interior es puro barroco, con mármoles rosas y grises muy muy muy decorada. Oí a un grupo que iba con guía que el órgano se conserva tal cual y lo llegó a tocar Mozart, es que el año en el que fui era el 5 centenario de la muerte de Mozart así que cualquier excusa era buena para hablar de él.

De aquí por la empinada calle Nerudova se sube hasta el barrio del castillo. Lo bonito de esta calle es irse fijando en todas y cada una de las casas que hay, son preciosas y a ninguna le falta el más mínimo detalle, es más casi todos estos palacios son embajadas o consulados de países. En un momento de la subida, a la derecha hay unas escaleras que son las que hay que coger para subir al Hradcany (es que es muy intuitivo, siempre hay que ir hacia arriba)

En los pies del castillo y muy cerca del río se encuentra el palacio Wallenstein, que realmente lo visitamos justo después de nuestro obligado paseo por el castillo claro. Lo que son realmente bonitos son los jardines del palacio (tanto monumentos como jardines todo barroco, como en general todo lo que hay a este lado de la ciudad). Me parece que hoy en día es la sede del parlamento checo y solo se puede visitar los fines de semana.

Aunque las callejuelas sean menos intrincadas en lo más alto, justo detrás del castillo, se encuentran dos grandes monasterios a los que realmente llegué por casualidad cuando me llamaron la atención por sus campanarios con bulbos acabados de forma picuda, al más puro estilo centroeuropeo.

Al primero que llegué fue al monasterio de Loreto (y me pareció la cosa más coqueta del universo con sus ventanas amarillitas sobre el blanco de las paredes y miles de estatuas pequeñitas adornando las escalinatas) Era un monasterio capuchino que por algún motivo es famoso por tener dentro una reproducción de la casa donde vivió la virgen. Al entrar lo primero que pude visitar fue el claustro, donde en el centro hay unas fuentes monumentales decoradas con relieves de mármol (ven sigue siendo la cosa más coqueta). En la planta superior, que rodea al claustro, no deja de ser interesante ya que se encuentra el tesoro en el que destaca la Custodia de Diamantes que está decorada con 6222 diamantes y que pesa 12 Kg. También es interesante el carrillón con 30 campanas del campanario, que cada hora interpretan una canción.

Inmediatamente al lado, aunque de decoración más modesta está el monasterio Strahovský. Al parecer data del 1140 pero se quemó y lo reconstruyeron de forma barroca que resultó en una gran cantidad de edificios de blanco radiante coronados por dos picudos campanarios de bronce. Aunque incluye dos iglesias, lo que realmente hizo que me acercase a él fue un cartel en uno de sus laterales que ponía biblioteca, y entré por curiosidad. Realmente es el tesoro de este monasterio se trata de la biblioteca filosófica y teológica que tiene varios incunables. La decoración también es impresionante, una parte es de estilo barroco con estucos y frescos y la otra parte es puro rococó (no se lo imaginarían si ven por fuera lo simple que es el monasterio). Además para acabar con mi más sincero deleite también había una gran colección de globos astronómicos y geográficos del siglo XVII.

Praga (Staré Město)

La Staré Město es el casco antiguo de la vieja ciudad de Praga, en el lado este del río Moldava. Bloque tras bloque se alzan increíbles edificios restaurados, plazas e iglesias, pero sobre todo los fantasmagóricos torreones negros de picudos campanarios.

Siempre recordaré según llegamos a la ciudad por la noche, nos fuimos a este lado del río a pasear por la rivera. Mirando el barrio de Malá Strana a lo lejos, tuve la mágica sensación de que de pronto el tiempo se había detenido, como si un relog hubiese dejado de hacer tic tac.

Como nuestro hostal (realmente barato a 5€ la noche) estaba a las afueras de Praga, siempre fuimos al centro en metro, y nos bajábamos siempre en la plaza del ayuntamiento donde en un curioso contraste se alzan a un lado el ayuntamiento modernista junto a la gótica negra torre de la pólvora.

De aquí seguimos, inevitablemente, la avenida entre curiosos edificios que tienen desde miles de tiendas de souvenirs, pasando por miniteatros de sombras hasta una academia de catalán, para desembocar en la famosa plaza de Staroměstske namesti. (Me parece una pena que no tuviésemos tiempo para ver el famoso teatro de sombras, los locales abundan)

Podría pasarme una vida sentada en sus terrazas contemplándola. Las casitas colores pasteles se agolpan bajo la sombra de los dos negros y afilados torreones de la iglesia de Týn. Justo en el otro extremo de la plaza se levanta la famosa torre del reloj astronómico, uno de los muchos símbolos de la ciudad.

La primera vez llegué justo cuando daban las horas y me agolpe, como muchos turistas (por ser noviembre, no eran demasiados) para ver todo el mecanismo de figuras móviles que se pone en acción. Esta torre se puede subir, para tener una bonita vista de la ciudad (y sobre todo la plaza) pero es mejor evitar la subida inmediatamente después de que hayan dado la hora porque es cuando más gente hay.

Las intrincadas callejuelas que van de aquí al puente de Carlos IV están atestadas de tiendas de souvenirs y algún que otro teatro, pero merece tanto la pena ver los edificios que hay, coloridos y muy ornamentados, es toda una joya arquitectónica. Fue en estas calles donde una tarde, según había caído la noche, había una banda tocando en frente de nuestro bar preferido. Al acercarnos, resultó ser la banda de nuestra école d’ingenieurs, que estaban haciendo exactametne el mismo viaje que nosotros.

En algún momento algo en mi interior me dijo que tenía que encaminarme al barrio judío, que era algo importante en esta ciudad (recuerdo que este era un viaje sin saber lo que hay que ver en cada ciudad).

Realmente lo primero que me sorprendió según fui hacia el norte, fue que aquí estaban los mejores palacetes del XIX y como en los Campos Elyseos o Serrano con tiendas de las firmas más caras. Mira que en una de mis excursiones por el Hradcany había vuelto por el puente Manesuv que da a esta zona del barrio (a la altura de la impresionante mole neoclásica del teatro nacional) Pero juro que no di con el barrio judío.

Tratándose de la hora de comer perdí todas las esperanzas de encontrar algo barato (además que me quería alejar de los sitios turísticos) Pero quiso la casualidad de que en una callejuela diese con un pequeño restaurante con carta en alemán (al menos esta vez sabría lo que pedía) y con menú a 5€ (al cambio que por entonces nos manejábamos en coronas) con cerveza incluida. Además coincidió que los de la mesa de al lado fuesen españoles, con guía pero sin saber alemán, así que pronto se estableció un intercambio de información y ayudados por el camarero nos enteramos de que estábamos en pleno barrio judío.

A pocas calles de allí se encontraba la casa de Kafka en el callejón de los alquimistas y nos explicaron el sistema de entradas en las sinagogas.

El josejov, (barrio judío) realmente es impresionante, no todas las sinagogas son imprescindibles, pero la española es muy bonita, por ejemplo también está la  Staranová la más antigua de Europa. Algunas tienen historias terribles, la sala de ceremoniasl de la sinagoga Klausen, hace que sea imposible no recordar la novela del Golem, y por supuesto el bonito, a la par que inquietante, cementerio judío hiper poblado de lápidas del s.XV .

Más hacia el sur empieza el Nove Mesto (aunque hoy en día se puede considerar casco antiguo de Praga también) de aquí destacan la estación de trenes, junto al museo nacional, y al lado del río un curioso edificio moderno de Frank Gehry. Sus vidrios y su forma retorcida contrasta con las casas del XIX de piedra pero es bastante fascinante.

Fue en esta zona, con -5º en la calle y yo con 38º de fiebre, donde encontramos nuestro bares preferidos, entre ellos destacamos uno cerca del río. Aunque su interior era de típica taberna con paredes blancas, suelo y mesas de madera oscura, la decoración era un autentico pastiche. Tenías un tapiz bordado de una aparición de cristo junto a un poster de Bruce Lee y un buda, floreros con flores de plástico, cabeza de caza, una biblia, un corán, entre otras cosas. Otro bar que también nos llamó la atención fue el de los caracoles, más bien un garito heavy que tenía acuarios de caracoles enormes.

Toussaint

Según se acercaban nuestras primeras vacaciones (Toussaint el 1 de noviembre) aumentaban nuestras probabilidades de explorar zonas de Europa que en esos momentos estaban más cercanas a nosotros entonces. El comienzo del viaje fue cuando Mario dijo “yo quiero ir a Alemania ¿alguien se apunta?” Nos apuntamos 15. (Mary siempre dice que deberíamos poner en el CV experiencia en organización de grandes grupos)

Aunque no lo parezca la organización de este viaje no fue muy compleja. Cogimos un mapa de Europa y trazamos un circulo según la gente iba haciendo comentarios:

“A Berlín, yo tengo ganas de ver Berlín” (decretó Mario)
“hombre claro no podemos pasar sin Berlín
“oye y ya que pasemos por Holanda paramos un momentín y así compro en un coffee pa’l viaje, mirad Eindhoven pilla de camino” (esto seguro que fue Moe)
“Ey ey mirad Praga, tios que está al lado de Berlín” (la verdad es que a Laia no le costó esfuerzo persuadirnos)
“ok, y bajamos a Munich
“pues me ha dicho la Rubi que tenemos que ver Salzburgo, y la carretera que tenemos que coger pasa por ahí, y Füssen que está a media hora” (esta fue mi gran aportación al viaje aprovechando la sabiduría de la rubi que estuvo haciendo interrail por ahí)
“¿Y Stuttgart, mi prima me ha dicho que merece la pena?” (Isa lo intentó)
“eeeh, no se si os habéis dado cuenta de que tenemos 9 días y tenemos que volver a Lille
“pues mira, paramos en Estrasburgo
“Me ha dicho JP. Que ellos volvieron de Estrasburgo una vez por Luxemburgo a menos de 2 horas, 3 si os queréis ahorrar el peaje y vais a través de la Lorraine”

Aunque os parezca mentira, esa fue toda la planificación del viaje. Alquilamos 3 cangoos que salieron muy bien de precio (200 euros los 10 días cada) en Europcar. En una tarde Laia y yo nos dedicamos a reservar albergues, para 15 personas, 2 noches en Berlin, 3 en Praga, 1 en Munich (y Estrasburgo, pensamos, ya nos apañaremos que volvemos a estar en casa) Nuestro presupuesto era MUY bajo, ninguna de las noches pasó de los 12€ por cabeza.

La gente me mira con perplejidad y asombro cuando cuento que no he hecho nunca un interrail. Siempre lo he querido hacer, pero nadie me quiso acompañar nunca, una vez un ex me llegó a decir que es que estaba ya muy mayor para esas cosas (tenía 21 años y yo 18 asi que le creí… hasta que yo cumpli 21 y desde entonces siempre me reí de él por semejante comentario) Este viaje a sido lo más parecido a un interrail solo que con coches y no en tren.

No llevábamos guías, ni miramos nada un poco antes por internet. Íbamos a los puestos de postales para ver las cosas turísticas que debíamos encontrar por la ciudad, era como una búsqueda del tesoro. Lo más divertido era llegar a las ciudades y sin tener plano, localizar la calle del albergue (y en ocasiones ni siquiera teníamos el nombre de la calle del albergue) operación que acabamos dominando con asombrosa maestría.

La gran sorpresa nos la llevamos al llegar a Praga donde, una noche caminando, nos encontramos con la banda de l’école centrale de Lille. Estaba tocando por las calles pidiendo y así se subvencionaban un poco el viaje. Estuvimos charlando un poco con ellos, y nos contaron que los días anteriores, al igual que nosotros, habían estado en Berlín. Pero mayor sorpresa aún fue cuando después de estar cómodamente instalados en el albergue de Munich, ¡aparecieron en el albergue! Estaban haciendo exactamente el mismo viaje que nosotros. Esa noche montamos una gran fiesta en el bar del albergue, ellos tocaban y nosotros bailábamos encima de las mesas (los demás huéspedes, nos miraban al principio con cara asustada)

Con Europcar finalmente quedamos descontentos ya que todo fueron pegas desde el primer momento, para los siguientes viajes alquilamos en otros sitios desde entonces. Entre las incidencias del viaje empezamos por estar a punto de no poder salir por el lío con las tarjetas de crédito. Cada conductor tenía que poner su tarjeta y no podía ser otra persona (he alquilado coches hasta en Canadá sin este tipo de problemas) Por suerte cuando ya creíamos que no saldríamos Cesc se levantó de la cama y vino a salvarnos. Había un coche con algún problema porque siendo iguales los tres, uno consumia mucho más que los demás. Al devolverlos nos cobraron un plus por algo y tuvimos que reclamar más tarde.

El viaje también empezó mal para mi, el mismo día de la salida empecé a sentirme muy mal. A la altura de Amberes, había perdido por completo la voz y a la altura de Hannover ya no podía conducir más, tenía 38 de fiebre que me acompañaron los tres días siguientes. Fue un duro comienzo que se agravó con las primeras nieves en europa aquel año. Quizás por eso me agradaron mucho más las ciudades que visitamos al final del viaje cuando ya me recuperé.

Además descubrimos un principio desconocido de la termodinámica; con los idiomas se trabaja a volumen constante, no importa que antes supieses defenderte en 4 idiomas, al estar en Francia y llenarlo todo con el francés pierdes la capacidad de expresarte en algo que no sea francés (incluso en tu lengua materna)