El valle de Ihlara

Dado lo justas que íbamos de tiempo, contratamos con una agencia uno de los famosos circuitos que ofrecen. En concreto el verde que se aleja más del centro de la Cappadocia yendo unos 100km hacia el sur de Nevsehir.

Selime

Selime

Esta visita se centra en recorrer el valle de Ihlara, un cañón de río Melendiz de 16km, delimitado por las poblaciones de Ihlara y Selime. Y acabé muy satisfecha de haberlo hecho porque las tres cosas que visitamos me entusiasmaron y pienso que son diferentes a lo que se encuentra dentro del parque natural por eso mi recomendación es visitarlas sí o sí para tener una visión más completa de la tierra de los bellos caballos.

Mansiones Selime

La excursión empezó en el maravilloso monasterio de Selime. Aunque esté rodeada de llanuras y por supuesto el cañón, en esta ciudad se vuelven a levantar las chimeneas de hadas de roca volcánica típicas de la Cappadocia, las cuales , los primeros cristianos usaron como edificios. El monasterio de Selime es un conjunto que sigue el modelo del museo al aire libre de Göreme,  y aunque el paisaje sea similar a mi me impactó mucho más, me parecieron construcciones más soberbias  De todos los monumentos trogloditas que visitamos, esta ciudad es la que más me gustó.

Valle de Ihlara

Después el autobús nos llevó hasta el pequeño pueblo de Belisirma donde comimos al lado del río y empezamos la caminata por el valle de Ihlara. Como ya he dicho recorrer el valle entero es factible, son 16km (quizás el camino de Belisirma a Selime es un poco más complejo y menos cuidado) pero en los tours organizados directamente te bajan al cañón y solo se recorren los 4km que separan Belisirma de Ihlara.

Valle Ihlara

Lo que más me sorprendió es que de pronto nos habíamos adentrado en un paisaje más propio de los  Pirineos que de Cappadocia. Un pequeño río cruzaba por el medio del frondoso valle verde (que se agradecía mucho en pleno medio día de agosto) A ambos lados del Melendiz hay dos senderos conectados por puentes y las altas y empinadas paredes de unos 200m del desfiladero del cañón.

Valle Ihlara

En el siglo IV este fue  refugio de cristianos que escapaban de los romanos y construyeron en las paredes del cañón miles de iglesias hermitas y monasterios de mayor o menor tamaño y hoy en día en su mayor parte en ruinas. De Ihlara a Belisirma es donde se acumulan el mayor número de iglesias bizantinas (habrá unas 60) auténticamente horadadas en el desfiladero. Me molestó un poco que el guía insinuara a la gente que no las visitase, pero por el camino te vas encontrando los carteles que llevan a cada una y te dejan como dos horas por el valle.

La subida a Ihlara es espectacular. Desde el autobús jamás nos percatamos de lo que habíamos bajado. Para ver la profundidad del valle y lo grandioso que es, este pueblo es el mejor lugar para terminar la ruta.

Valle Ihlara

Derinkuyu

Desde allí finalmente nos dirigimos a la población de  Derinkuyu. En el panfleto ponía que veríamos una ciudad subterránea y en verdad me esperaba algo estilo troglodita como lo visto hasta ahora. Desde luego no me esperaba la ciudad subterránea que visitamos, que me impresionó mucho.

Al llegar al pueblo es algo completamente plano con sus casas, minaretes y mercados. Pero todo plano y en una pequeña caseta se encuentra la estrecha puerta que da al pasillo de piedra donde comienza la ciudad. Está completamente bajo tierra, es un enjambre de túneles (muy bien señalados para que nadie se pierda pero muy pequeños y angostos) Empezó a ser habitada por los frigios en el siglo VIIa.c. y está dotada de todos los espacios necesarios para sobrevivir 10.000 personas.

Pueblos del valle

Sólo se pueden visitar 40 metros de profundidad y ocho plantas, pero se cree que la profundidad de esta ciudad es de 85 metros y que posee unos doce niveles más aún por explorar. Las plantas estaban aireadas mediante canales de ventilación, también tenía un pozo de 55 metros de longitud que abastecía de agua a los habitantes de la ciudad.

En la tercera planta se encontraban las despensas, establos, en el cuarto las viviendas de los ciudadanos, salas de reunión, escuela… Se iluminaban con lámparas de aceite según demuestran los restos encontrados en los huecos de la pared, incluso en el séptimo nivel había una capilla. Cada uno de los niveles podía ser taponado independientemente del resto mediante unas ruedas de piedra que solo se podían activar desde el interior de la ciudad.

Derinkuyu

Derinkuyu ha sido una de las cosas más curiosas y sorprendentes que he visto en mi vida, me recordó un montón a mi visita de la ciudad subterránea de Orvieto pero a lo grande, como si fuese la Nueva York de la ciudades escavadas.

Uçhisar

Uçhisar está a unos escasos 4km de Göreme. A él se llega fácilmente en los dolmuş (minibuses) que salen cada hora desde la estación.

Nada más llegar, el pueblo me dejó un poco que desear la verdad. Si, es cierto que quedan algunas casas griegas monas y desde luego casas excavadas desde la época de los trogloditas en las columnas de piedra, pero muchas casas son de nueva construcción. Tanto es así que yo llegué lo ví y lo primero que pensé fue: “esto, esto… esto es Guadix

Quizás es por eso que la gente prefiere ahora Göreme para alojarse en la Cappadocia (más o menos el número de turistas en ambos sitios es el mismo). Porque allí se ha respetado más el entorno. Por suerte ahora en Uçhisar han creado una zona sin habitar para preservar a un lado del castillo.

El castillo es en sí, una colina con paredes casi verticales, toda oradada en el interior, como un hormiguero, atravesada por pasadizos y escaleras que conectaban todas las estancias conformando un fuerte laberíntico. Como era el sitio más alto de toda la región por eso fue una de las primeras zonas habitadas, incluso llegó a ser una ciudad muy grande en la época otomana.

Pero hoy en día está deshabitado y no se permiten las visitas. Eso sí puedes subir hasta arriba del todo y se ve toda la zona con su paisaje lunar. En las rocas se ven pequeños ventanucos que son casas, refugios de pastores y lugares donde se criaban palomas para almacenar guano (por eso uno de los valles tiene el nombre de valle de las palomas)

Pigeon valley:

Como ya he mencionado justo a los pies de Uçhisar está el pequeño Göreme al que van a parar dos valles el Zemi y el de las Palomas, cada uno por un lado del castillo.

La idea de este pequeño treking me la dio mi compañero Xavi que justo el verano anterior lo había hecho; “realmente lo bonito de la Cappadocia es andar por sus valles antes que apuntarse a los tours organizados, quizás en verano no queda más remedio que evitar las horas centrales del día pero es el mejor método para disfrutarla

Y él tenía toda la razón porque los tours son parar para hacer fotos y te queda la sensación de visto uno visto todo pero cuando me llegó realmente la sensación de estar disfrutando de la Cappadocia fue las veces que estuvimos tranquilamente andando.

Convencer al pequeño grupo de amigas con el que viajaba de caminar por el campo, por corto que fuese, fue una árdua negociación que vendí como “el descenso de dos horas”.

En los hoteles dan un mapa muy MUY esquemático de la zona, pero más que suficiente ya que son rutas muy asequibles. Además desde lo alto de Uçhisar claramente se ve Göreme, y piensas es imposible la pérdida solo hay que seguir la S que hace el fondo del valle que claramente se distingue por ser el único lugar donde hay árboles.

Para bajar hay que situarse a la izquierda del castillo y desde allí hay una gran vista panorámica desde donde se pueden ver todos los valles y salen diversos senderos. En este valle de las palomas, por la parte alta, las piedras son muy blancas y la erosión las ha modelado en forma de suaves dunas redondeadas, algo bastante diferente que el resto de la zona.

Poco a poco se comienza a bajar (la arena puede resbalar si no se lleva calzado bueno pero la bajada es muy suave) dejando el castillo atrás. Pero claro luego te adentras en el valle y se trata de un laberinto de caminos de tierra pisada que se bifurcan. Es muy sencillo perder el camino. A las malas si nos perdíamos, bajar hasta el mismo caudal del valle que en aquellos momentos (pleno agosto) era muy practicable, pero en el laberinto de caminos era aparentemente fácil avanzar.

El problema nos llegó, y no solo a nosotras sino también a un grupo de italianos que imitándonos nos seguían detrás, cuando cogimos un sendero que no daba a ninguna parte. Bueno sí, a un acantilado.

A bajo teníamos el fondo verde del valle arbolado y al otro lado la pared blanca vertical de la roca. En vez de retroceder todo lo que llevábamos andado, encontramos un pequeño tramo por el que subimos a una de las casitas en la roca y ya por mera curiosidad entramos. Estas antiguas casas hoy en día todavía las usan los pocos pastores que quedan por la zona como refugios. En la que entramos había hasta una pequeña neverita con su motor al lado y nos estuvimos riendo un montón.

Salir de allí fue más fácil que entrar y encontramos en la parte superior del acantilado el otro camino que se puede ver en el mapa, que discurre por la parte superior del mismo valle. En éste no tuvimos tanto problema como en el de abajo, no perdimos el sendero ni una vez y no teníamos las miles bifurcaciones que había en el otro (además con el plus de que al ir por encima veíamos bien hacia donde nos dirigíamos… que de todas maneras es que no hay posibilidad de pérdida, valle abajo solo hay una cosa: Göreme)

Ya más cerca de Göreme cambia el paisaje un poco y empiezan las famosas rocas con formas de “chimeneas de hadas” (esto por llamarlas de alguna manera porque tienen una pinta fálica y no de otra cosa)

Este camino acababa justo en el hotel donde nos hospedábamos, el flintstones. Acabamos un día redondo, tumbándonos en las tumbonas de su azotea para ver el atardercer del todo y con una buen baño en el jacuzzi de última hora (porque el hotel tiene el agua caliente con paneles solares así que o se va al final del día o está un poco fresquita)

En el Hamman (II)

A pesar de la experiencia predecesora, por supuesto que iba a probar un hammam en Turquía, es más de hecho se le conoce como baño turco ya que en europa se conoció y difundió gracias al contacto con los otomanos.

Aunque creía que iba a ser diferente a nuestra experiencia en Marruecos, realmente en el proceso en sí no hay, ya que el hammam es una forma de limpiarse continuación de las termas romanas y el proceso es más o menos el mismo, primero entrar en contacto con calor húmedo, luego tumbarte en el suelo que está aún más caliente y por último enfriarte.

Con notables diferencias, no se trataba de un baño público cualquiera de cualquier barrio. Fuimos al hamman Çemberlitaş en Estambul, un baño construido por el gran arquitecto otomano Sinan en el 1580. Además de hacerse mundialmente conocido por ser visitado por muchos famosos. Por fuera es un gran edificio de piedra negra y vieja en frente de la mezquita de Atik Ali Pasa, donde en todos los bajos hay algún tipo de negocio, aunque se pueden avistar las cúpulas del baño sobresaliendo en lo alto. Lo suyo nos costó encontrar la entrada, una cosa chiquitita entre dos tiendas, como si de una gruta se tratase. Pero ya desde el primer momento (aunque íbamos con Selen) se ve que está 100% optimizado para el turista. No obstante pese al lujo y el aire de spa caro, Selen nos dijo que los precios de todos los cosméticos que vendían era el precio normal en Turquía de este tipo de cosas.

Obviamente no nos cambiamos en una especie de granero esta vez, sino en un cuartito estilo spa, con sus bancos y armarios de cálida madera que me recordaban al Géllert iluminado por una gran bóveda con tragaluz que se mantiene tal cual y en el centro una fuente de agua.

Al entrar en la sala caliente, toda ella de mármol, una gran piedra hexagonal ocupaba casi todo su centro y en los laterales de un octaedro estaban las pequeñas fuentecitas de donde salía el agua caliente. En algunos lados del polígono había pequeñas cabinas con más fuentes para un espacio más íntimo, y cada fuente estaba profusamente decorada con un labrado geométrico en el mármol rematado en forma de tulipán. Lo más bonito era la bóveda que cubría todo con sus pequeños agujeritos por los que entraba la escasa luz que lo iluminaba todo.

Sin embargo, al contrario que en Marruecos las tayabastes (creo que en Turquía se llaman Natires) muchas indicaciones no nos dieron. Fue Selen la que nos dijo qué es lo que teníamos que hacer. En Turquía para el baño se utilizan toallas muy finas rojas de rayas que se extienden en el suelo. Nos sentamos al lado de cada fuente de donde cada una cogimos un cacito y  nos empezamos a echar agua caliente por encima durante mucho tiempo para que se abriesen los poros. Después nos tumbamos en la piedra central caliente y como fuimos muy temprano por la mañana, horas en las que el baño está más limpio casi nos quedamos dormiditas… eso sí de nuevo nos volvía a invadir la duda de posibles hongos pese a lo increíblemente bonito que era el sitio por dentro.

Después la tayabaste nos frotó con el guante de crin (que nos dieron uno a cada una) y luego con una especie de jabón de Alepo a base de aceite de oliva, que creó una tremenda cantidad de espuma en la que me envolvieron mientras me daban un masaje (y me frotaban con un pañuelo…. y ese para todas era el mismo) Por último en una de las habitaciones del polígono central se abrían unos aljibes donde nos dejaron un rato.

Como veis cosméticamente sí que hay mucha diferencia y es más, creo que en Marruecos me exfoliaron mucho más y mejor y salí mucho más suave que esta vez.

Göreme

En el centro de la Cappadocia se encuentra el pequeño pueblo, al que todos los turistas van. Nosotras cogimos un autobús nocturno en la macro estación de autobuses de Estambul, Bayrampasam (sin comentarios, toda una experiencia en la vida de un viajero) hasta Nevşehir. De allí gratuitamente la misma compañía de bus nos montó en un minibus y nos llevó hasta el pueblo de Göreme, y a la vuelta igual. Así que no se preocupen si en su billete solo pone hasta Nevşehir (como en el nuestro), nosotras preguntamos 300 veces y todo el mundo fue siempre super atento y simpático. Como último recurso, existen los dolmuş, una mezcla de minibuses-taxi que hacen rutas preestablecidas por 2Lt pero puedes pedir que te dejen en determinado sitio.

Aunque el primer trayecto lo hicimos con la Metro (una de las compañías que tiene fama de ser de las mejores) fue excepcionalmente horrible. La vuelta fue con otra compañía, la Nevşehirliler Seyahat, y mucho mejor. Pero todo lo que oigan es cierto, hay azafatos en el autobús, reparten té y café, hay una tele en cada asiento (a la que puedes enchufar tu mp3 para tener música propia o reproducir tu película si el ver una película de la televisión turca no es lo tuyo).

En cuanto al pueblecito, es realmente chiquitín y muy orientado al turismo, pero hay que darles un premio a lo bien que lo han sabido conservar e integrar en el ambiente toda la infraestructura necesaria para su explotación. Se encuentra justo en el centro del parque natural. A él van a parar tres valles, de toda una gran extensión de formaciones rocosas producidas por la erosión, donde desde tiempos neolíticos el ser humano construyó casas. Y aquí, este pueblo ha intentado respetar al máximo este tipo de construcciones-cueva, rehabilitándolas para hoteles o construyendo nuevas pero siempre respetando la arquitectura tradicional de la zona. Lo que hace que en Göreme no se observen desde lejos los picos rocosos sino que se vive en medio de ellos y nada mejor que caminar por el pueblo para maravillarse y ver como de las rocas salen techos y casas pequeñas, o simplemente directamente dentro de la roca ves los arcos que sujetan una terraza excavada.

La estación de autobuses es ni más ni menos que cuatro chiringuitos juntos y a lo largo de esta calle, que sería el centro neurálgico. Puestos de kebabs, algunos restaurantes, la mezquita, el hamman y el único bar de copas del pueblo (el fatboy, un sitio super hippie con una terraza hecha a base de cojines en la que uno se descalza y se sienta en el suelo). Es claramente el centro de la aldea. Más desperdigados, se van localizando los hoteles. El nuestro, quizás es uno de los más alejados y ya dentro del Pigeon Valley fue el Flintstones.

Por supuesto también desperdigadas están las miles de agencias de turismo que ofrecen rutas por la Cappadocia. Todas ofrecen, tres tipos de circuitos: el rojo, que sería por la zona del parque nacional entre Göreme y Avanos (perfectamente puede hacer uno por sí mismo si se dispone de tiempo) el verde (que abarca muchos km al sur de Nevşehir y que merece mucho la pena ya que se visitan ciudades subterráneas) y el azul al sur del área del parque natural.

La mezcla del paisaje cultural/natural es lo que da su inusual apariencia a la Cappadocia, por ello que se creó el parque nacional de Göreme, también conocido como museo al aire libre. Desde la estación de autobuses no son más que 10 minutos andando.

Los asentamientos humanos comenzaron en los siglos III y IV cuando los cristianos romanos comenzaron a construir en la región. Entre los siglos V y XII curiosamente esta zona desarrolló una intensa actividad monástica guardando un gran testimonio del arte bizantino y post-iconoclasta. Como la mayoría de las construcciones en este área eran sitios excavados en la roca, en forma de cuevas artificiales pero dando forma de naves, arcadas, capillas e incluso ventanas, como en cualquier arquitectura de una iglesia.

El museo en sí es una gran extensión por la que puedes caminar libremente (no hay un recorrido prefijado) en la que se pueden contemplar tanto los enormes falos rocosos del “valle del amor” y el gran hormiguero de cuevas que formaron varios monasterios y una ciudad.

Existen miles de iglesias, restos de monumentos, capillas, alcobas, almacenes y cocinas. Muchas de las capillas están decoradas con frescos de vivos colores. Los más antiguos que se conservan son de colores ocres hechos con misma tierra, en otras iglesias se pueden ver algunos más elaborados ya con pigmentos. La más especial de todas se encuentra fuera del recinto, y hay que pagar entrada a parte pero lo merece. Justo delante de la entrada principal se encuentra la iglesia oscura, ya que en ella no había ninguna ventana y por lo tanto las pinturas se conservaron mejor. Es una maravilla, allí pasamos cerca de media hora observando con detalle todas las figuras que en vivos amarillos, azules y rojos la decoran del suelo al techo.

Büyükada

Fue Selen la que propuso ir a pasar un día a Büyükada, la mayor de las islas Príncipe en el mar del Mármara. En la antigüedad era donde las princesas se retiraban y hoy en día, muchos turcos van para escapar de la gran urbe de Estambul (que además desde el Mármara nos dejó fascinadas con su magnitud) y disfrutar de la naturaleza y el mar.

Hay dos formas de llegar desde el muelle de Kabataş de Estambul, (y por tanto dos precios). La lenta en ferry, de unas 2 horas a tan solo 4 liras y la rápida en barco en unos escasos 30 minutos pero al doble de precio. Como el novio de Selen estaba muy mal ese día, nosotras por nuestra cuenta a las 9 de la mañana cogimos el ferry. Ibamos rodeadas principalmente de familias turcas y muy pocos turistas extrangeros, que salían para aprovechar y pasar ese día de verano al sol. El ferry para en todas las islas, siendo la última Büyükada.

Nada más llegar me pareció precioso el embarcadero así como muchas de las casitas del muelle. Se trata de una pequeña muestra en miniatura de las grandes mansiones que se encuentran en el interior de la isla. Lo que mejor las define, para que se hagan una idea, es que son como grandes reproducciones de casas de muñecas. Pero al entrar poco a poco en el pueblo la ilusión se me cayó al suelo. En las islas no se puede circular con coches, las únicas formas de transporte son la bicicleta o calesa… lo que implica caballos, lo que implica que… Dios casi muero. En la plaza principal, donde hay una pequeña torre del reloj al más puro estilo suizo había una cola monumental de personas esperando para coger calesa en una gran plaza llena de caballos.

Un tiempo después de que me recuperase, volvimos a nuestro paseo por el pueblo con sus avenidas de chopos y sobre todo sus preciosas casas victorianas de madera del siglo XIX, realmente impresionantes. Bien es cierto que algunas parece que se van a caer de un momento a otro, pero otras son preciosas mansiones con sus ornamentadísimos balcones, contraventanas y torreones, con todas las fachadas hechas con pequeños tablones de madera pintada, lo que le da a la isla un aire muy señorial.

Para recorrer la isla optamos por alquilar unas bicis. El proceso fue muy sencillo, simplemente nos acercamos a uno de los cientos de puestos que ofrecen el alquiler y dejamos un dni. Nos lo advirtieron al salir y yo lo transmito: ¡tened cuidado con los caleseros! van como locos y literalmente te echan de la carretera sin problemas. No teníamos plano de la isla, el recorrido es muy muy sencillo, a la salida del pueblo giramos a la derecha y seguimos la única carretera asfaltada que hay, y el destino clásico en la isla es la cima más alta que se encuentra en la mitad de esta carretera que da la vuelta a la isla.

Interior del monasterio

A pesar de lo mortal que se hacer ejercicio con asma, en pleno mes de agosto, a 40º justo en el mediodía, el paisaje de la isla es precioso y lo merecía (si solo nos hubiésemos quedado en el pueblo no me hubiese encantado tanto este lugar). Pasadas las últimas mansiones el resto se trata de un gran bosque frondoso de pino piñonero. De esta forma en el paseo se mezcla el verde oscuro de las copas, el marrón de las acículas del suelo y el azul intenso del mar, es decir un paisaje muy mediterráneo y un olor a verano de pinos, calor y mar (encima con bicicletas, fue una vuelta a la infancia en toda regla).

Existen dos cimas en la isla, la primera a la que llegamos todas sin problemas, se trata de un antiguo orfanato griego. Es un gran caserón de madera, que tiene la pinta de una casa encantada (de hecho está protegido y no se puede entrar por peligro de derrumbamiento). Estando justo en ese momento allí, el sol se ocultó por una gran sombra y miramos hacia el cielo alucinadas, una gran bandada de cigüeñas llenó el cielo.

A la segunda cima no llega la carretera, ésta se queda en un gran chiringuito donde paran todas las calesas y a partir de aquí hay un camino de tierra con bastante pendiente que sube hasta lo más alto de la isla. Solo L y yo nos decidimos a subir. En 30 minutos lo hicimos, eso sí no llevábamos agua y bebimos de las dos fuentes que había en el camino (no nos pasó nada así que es agua potable y buena, que por cierto nos dió la vida) La recompensa fueron unas vistas increíbles y un pequeño tesoro, el monasterio de Hagios Giorgios. La iglesia, muy chiquitina ella, es ortodoxa. Su exterior tampoco es que te transmita mucho pero en su interior había lo que yo me había esperado encontrar en Grecia. Al igual que en Rusia tenia una decoración extremadamente profusa donde no quedaba ni un solo cm sin una pintura, algún abalorio de cristal, absolutamente todo llamaba la atención. Una vez al año hay una fiesta donde todo el pueblo (cristianos o no) suben en peregrinación para hacer deseos, atan pañuelos a los árboles, encontrareis muchos subiendo, y tienen un pequeño altar con los objetos más raros que puedan imaginar.

A la vuelta de nuestro paseo, comimos pescado en uno de los chiringuitos del pueblo, y helado en Mado, una de las mejores heladerías de Turquía. El helado turco es muy muy cremoso con una textura extraña que le da la goma sacada de raíz de orquídea que le echan, (esto viene porque lo leí viviendo en Roma y me dije a mi misma que si iba a Turquía tenía que probarlo, pero esta goma de orquídea la echan en un montón de postres) Por aquí también hay playas y mucha gente aprovecha para bañarse. Pero tal y como nos dijo Selen, ella no se bañaría en un sitio tan cercano al gran gigante de Estambul.