Hoegaarden

En nuestra ruta por las abadías más cerveceras de Bélgica, llegamos al pequeño Hoegaarden por casualidad. Era nuestro último día y volvíamos desde Maastricht. Hasta la hora de devolver el coche nos quedaba toda la mañana pero habiendo previsto un tiempo más malo no habíamos planeado nada para aquel día y no sabíamos dónde parar. Así que cogimos el mapa de carreteras y de pronto nos fijamos en él, ahí pequeñito, justo cerca de Lovaina.

Hoegaarden

Eso tiene nombre de cerveza” dijo Fu, y nos acercamos sin saber qué nos esperaba, podría ser un pueblo bonito, podría ser un pueblo normal con una fábrica y ya.

El caso es que según pasamos por la nacional para tomar el desvío al pueblo, ¡zas! cerrado, no se podía entrar. Seguimos conduciendo hasta el pueblo siguiente y, desde la carretera, oteé un esbelto campanario a lo que dije “a las malas si Hoegaarden no es bonito ese pueblo de allí tiene pinta de ser curioso

Ese pueblo en concreto, no era otro sino el mismo Hoegaarden, al que llegamos por una especie de camino muy campestre justo por la parte de atrás donde está la abadía, entre granjas. Y es que está en el medio de una zona muy rural. Menos mal, porque si hubiésemos podido entrar por la calle principal jamás hubiésemos encontrado la abadía, o al menos no tan fácilmente.

Jardines Hoegaarden

Aparcamos en una gran plaza que hay delante de la abadía, con un kiosco de música, rodeada por casitas rojas de ladrillo.

Lo primero que hicimos fue acercarnos a la iglesia por su puesto. En la entrada un cartel enorme y una flecha amarilla indicaban que era una parada del camino de Santiago. Aunque por fuera es tremendamente clásica y data de la edad media, su interior es gótico.

Justo al lado, hay un antiguo palacete (decorado a lo Luis XIV y todo) que es ahora un restaurante. Era el antiguo hospedaje de la abadía y allí tienen para degustar todos los diferentes tipos de cervezas que se hacen.

Este palacete, cuenta con una terraza (donde mucha gente aprovechaba los rayos de sol) a la que salimos y nos quedamos muy sorprendidos. En ese momento vimos lo más bonito de Hoegaarden (su “garden”) Es importante acercarse hasta este mesón puesto que justo detrás está la entrada al jardín que en que en otro tiempo rodeaba la abadía. Los setos, del tamaño de una persona están recortados a modo de laberintos. En algunas zonas en el centro se encuentran kioscos o pequeños estanques. En la avenida principal hay un gran estanque con nenúfares y hacia los lados el jardín se vuelve de tipo más inglés y salvaje. Hay incluso un pequeño invernadero de cristal. Se trata de una pequeña e inesperada joya cual retiro.

grote mark hoegaarden

El resto de la ciudad no es que sea fea, pero es un poco insulsa. Una típica ciudad belga repleta de sus casitas de ladrillo rojo con decoraciones blancas en las ventanas, una tras otra como si de uniformes se tratasen. A veces nos sorprendieron con bonitos patios delanteros en plan mansiones (probablemente esas serían antiguas casas de comerciantes en el XIX). Es al final del pueblo (o al principio según se mire, pero está muy bien indicado) cerca de la carretera principal que nosotros no pudimos coger, donde se encuentra actualmente la gran fábrica de cerveza. Se puede entrar, sin reserva previa, al centro de visitantes donde te explican la producción con un video.

LA CERVEZA:

La cerveza que hoy en día se vende de este lugar entra en la clasificación de cerveza de abadía. Comenzó tradicionalmente en la abadía que le da el nombre pero hoy en día lleva la marca comercial una empresa.

El pais de la cerveza4

La cerveza de Hoegaarden fue creada por la comunidad de monjes en el 1445, la ciudad ha sido conocida por sus cervezas blancas (witbier) desde la edad media.

La tradición se fue extendiendo por todo el pueblo, de forma que a principios del siglo XIX había 30 brasseries y 9 destilerías en el pueblo. Pero al llegar la segunda guerra mundial o fueron cerrando o se cambiaron a elaborar un estilo pilsener de forma que solo quedó una haciendo witbier tradicional. La histórica brasserie de Kluis donde hoy en día se sigue haciendo la cerveza.

La cerveza más típica es la original de 1445, con un 5% de volumen de alcohol. Como todas, esta cerveza blanca tiene su característico sabor de que está especiada con coriandro y cáscara de naranja lo cual hace que sea dulce y suave (sobre todo yo diría que tiene mucho regusto agri-dulce). Además tiene siempre un aspecto turbio porque no está filtrada. No es muy alcohólica pero su sabor es intenso, sabe mucho a trigo (un sabor que a mi no me agrada especialmente, por eso no soy muy aficionada a la cerveza blanca) acompañado de un sabor especiado por la aromatización que lleva.

Hoegaarden

Aquí en el pueblo tienen una especial, y solo está disponible en invierno (de octubre a enero). Tiene un color no tan blanco sino rubio, con más cuerpo, sabe un poco amarga y más especiada. Lleva aroma de clavo, flores y algo afrutado, como a banana. Sería como una witbier de Navidad, con un pelín de más cuerpo y más especiada que la normal.

La witbier de doble fermentación la llaman Hoegaarden Grand Cru. Es más alcohólica 8.5%, tiene hasta trocitos de posos flotando, es más dorada y tiene un gusto dulce-amargo, pero está aromatizada de la misma manera que la blanca original. Si que es cierto que no he probado nunca una cerveza blanca así

Y por último tienen “guarradas” de estas con sabor a frambuesa (la rosée) o limón (citron) a las que yo no soy nada aficionada. Son aún más dulces que la original, tienen 3% de volumen de alcohol y saben principalmente a frutas de un modo muy artificial.

Brujas (lo menos visitado)

Siempre que viajo me gusta sacar algo nuevo, así que después de TODAS mis visitas a Brujas, poco a poco he ido conociendo la ciudad (si hasta tenía el mapa en la pared de mi cuarto).

Bueno, lo cierto es que es una ciudad MUY pequeña, así que no tiene mucho mérito pero si se tiene en cuenta que muchos de sus visitantes están de vacaciones en París, vienen y están una hora para luego irse a Gante, pues obviamente hay muchas cosas que se pierden.

Las sorpresas empiezan hacia el sur. No es que esta parte sea poco visitada, pero sí es cierto que en una visita rápida se pasarían por alto.

Desde la Iglesia de OLV Onthaalkerk (nuestra señora de Brujas) donde terminamos con “lo más visitado” hay que callejear (no duden en zigzaguear), y admirar todos los edificios y pequeños pasajes que nos vamos a encontrar.

Todos son realmente bonitos y probablemente esta fuese originalmente la zona de los trabajadores de la ciudad (advertencia: esta zona de calles está especialmente repleta de casitas bajitas de ladrillo con provocativas tiendas de bombones, terracitas, y puestos de gauffres recién hechos con sus trocitos de terón de azúcar en la masa calentita……..)

Si hemos superado todos los obstáculos culinarios, llegamos al sur de la ciudad, al lago de los enamorados.  Pero antes de dar un paseo por el lago a la derecha se encuentra el que yo creo que es, con mucha diferencia, el rincón más bonito de la ciudad.

Se trata del Begijnhof (beguinaje) de Brujas. Todos los beguinajes de Bélgica fueron declarados patrimonio de la humanidad. No eran conventos sino lugares donde vivían solo mujeres de forma totalmente independiente en la edad media. Se entra por una puerta (a partir de aquí ruegan que se respete el silencio) a un gran patio rodeado de casitas de ladrillo pintado de blanco con tejados negros. En primavera el césped se llena de narcisos. A un lado hay una pequeña iglesia recogidita sin muchas pretensiones. El conjunto en general es muy diferente del resto de la ciudad, de forma que unido al silencio y a la poca cantidad de turistas realmente al entrar allí uno se siente transportado a un cuento de Washington Irving.

Volviendo al barullo (y a las malditas calesas), los días que el tiempo es bueno y lo permite, lo más bonito es dar un paseo por el Minnewaterpark (minnewater = lago de los enamorados oooh, una vez estaba con mi novio de entonces comiendo al sol y absolutamente todos los caleseros que pasaban con clientes hacían la misma broma a nuestra costa)

Originalmente se trataba del puerto interior de la ciudad, aquí unas presas regulan el agua de todos los canales, y se ha convertido en un hermoso parque, por donde en tiempos estarían las murallas de la ciudad. En el paseo se pueden encontrar partes de las  puertas de la ciudad o torreones de vigilancia. Pero disfrutar de un día bonito de sol en Bélgica no es nada fácil ya que el gris de su cielo es tan internacional como su cerveza.

Pues desde aquí lo mejor es dirigirse hacia el este de la ciudad, donde estuviesen las murallas de la ciudad vamos a parar a otro parque, el de los molinos. Se trata de una serie de colinas tapizaditas de césped donde hay, bastante separados, molinos de viento de madera.

En nuestro recorrido hasta aquí, nos sorprenderemos que el paisaje urbano cambia un poco, pero de forma agradable, se aleja más de esa sensación de ciudad irreal atrapada en burbuja espacio-temporal para dar lugar a casitas de una ciudad europea pequeña cualquiera con cierto encanto.

¿Saben?, siempre oirán decir “ah Brujas es como una ciudad de cuento de hadas” Y lo es, es preciosa, creo que nunca me cansare de visitarla. Pero me temo que mis visitas solo seran de un día. Ambiente lo que se dice mucho ambiente a la ciudad nunca se lo he visto (y creo que a estas alturas puedo decir que la conozco bien).

Es cierto que una de las veces nos metimos en el bar de una señora que estaba completamente borracha y nos pusimos a cantar y a reírnos con ella (no sabíamos lo que estábamos cantando, ni flamenco que era lo que ella hablaba, pero nosotros cantabamos) y nos lo pasamos muy bien.

En general diría que tiene puntualmente alguna que otra cafetería que merece la pena. Créanme que éstas me las conozco muy bien, tenía 17 años la primera vez que fui. Hasta que no me fui de viaje a San Petersburgo en un mes de marzo, Brujas siempre la recordé como el lugar del mundo donde más frío había pasado, y mis recuerdos más intensos eran el ir de cafetería en cafetería con ese dinero tan extraño (los francos belgas eran unos billetacos especialmente enormes y muy extraños, sobre todo para una niña que sale por primera vez de viaje)

Brujas (lo más visitado)

Brujas es una ciudad medieval preciosa. De hecho era, con diferencia, la ciudad más bonita que había en los alrededores cuando yo vivía en Lille. Así que todo aquel que venía a visitarme, quería ir allí (si contamos la vez que estuve de pequeña con mi tía Mimi … la habré visitado unas 8 veces) Tengo ya hasta recorrido favorito para cuando tengo que enseñársela.

Desde Lille, íbamos en la línea de tren que va a Oostende, y llegabas a la estación repletiiisima a más no poder de bicicletas (es una cosa que a todo el mundo sorprende de Brujas, pero en cuanto te vas al centro de la ciudad antigua lo comprendes)

Brujas es muy sencillo como urbe; un círculo donde el ayuntamiento está casi en su centro. Lo que se dice el coche, mejor dejarlo fuera de este círculo (también fui una vez con coche. No es difícil encontrar aparcamiento gratuito siempre que sea a las afueras del casco antiguo, y eso tampoco es que  suponga mucha distancia andando)

La ciudad está sacada de la Edad Media y transportada hasta nuestros días guardando todo su encanto romántico. En la edad media fue un importante centro comercial como otras ciudades europeas, ya que era el puerto donde todos los barcos con mercancías paraban.

Yendo desde la estación hacia el grote markt se pasa por delante de la catedral del salvador, la más antigua de la ciudad por cierto, donde uno puede irse habituando al ambiente gótico de la ciudad. En el interior me sorprendieron especialmente, aunque luego en Suiza vería más (pero aún así no dejan de sorprenderme y fascinarme) las tallas policromadas de santos, quizás por su aspecto de muñecos.

El grote markt es una gran plaza (llena de turísticas calesas para mi mala suerte) rodeada por las casas gremiales (las típicas del tejadito escalonado) alguna de ellas con fachadas realmente muy antigua (s. XIV) que ahora albergan restaurantes. En un lado el neo-gótico palacio provincial. Sinceramente a mí no me parece que sea lo más bonito de la ciudad, menos siendo del 1887 y tratando de parecerse tanto al ayuntamiento. Pero parece que sí que es lo más emblemático, al menos, sí de esta plaza ya que la domina entera. Y por último el belfroi a la derecha. Subir a sus 88m bien merece la pena por las vistas de la ciudad (como es una ciudad sin edificios de mucha altura, llegando a la primera planta del belfroi ya se tienen vistas realmente muy interesantes)

Saliendo de la plaza a la izquierda del belfroi se encuentra una pequeña plaza cuadrada conocida como el Burg donde hay tres tesoros: la basílica de la santa sangre, el ayuntamiento y un palacio realmente bonito (jamás adivinarían cual de los tres es la basílica y su interior es un lugar sorprendentemente recogido donde se encuentra la reliquia de la sangre).

Y saliendo de esta plaza por un túnel (señal inequívoca de que se va a llegar a algo realmente interesante), al sur empieza el enjambre de canales que se pueden recorrer en barcos que salen de la antigua casa del pescado, y las casitas medievales del barrio de Dijver que dan ese aire único e irrepetible a la ciudad.

Llegado este momento aprovecho para dar mi opinión, he oído hablar a mucha gente del título de “Venecias del Norte”, de hecho hasta he oído dárselo a ¡¡¡Amsterdam!!!. Si alguna ciudad mereciese ese título, sin duda, sería Brujas y ninguna otra.

Un poco más al sur-oeste encontramos la iglesia de Onze-Lieve-Vrouwekerk y unida a ella por un pasadizo el palacio episcopal. Sigo creyendo que la forma más bonita de encontrárselos es alejándose de las vías principales por donde suelen poner mercadillos y callejear hasta llegar al probablemente más fotografiado puente de la ciudad.

El pequeño pero coqueto puente de San Bonifacio cruza un pequeño canal  justo por la parte trasera de la catedral (allí se encuentra un pequeño jardincito con una estatua de Juan Luis Vives) y desde ahí lo más bonito es pasar a la plaza que hay delante del precioso palacio episcopal. Disfrutar del torreón forrado de yedra del Gruuthusemuseum (palacio del s.XV), los picudos tejados de pizarra y la trabajada fachada sacados de un cuento.

Bien en este punto he de reconocer que en ninguna de mis visitas he sido capaz de poder entrar en la Iglesia de Nuestra Señora de Brujas, siempre ha estado cerrada así que no les puedo dar pistas de cómo es en su interior y también que es el momento en el que siempre considero oportuno hacer una parada técnica para café/cerveza antes de continuar por el barrio del Walplein hacia el sur.

Namur

Cumpliendo con todas las características de una ciudad belga, Namur es gris: con edificios grises, calles grises y cielo gris. Tal y como sentenció Romain. Pero es que es tanto así que cuando veíamos las fotos una vez vueltos de nuestra excursión, hasta nos sorprendimos del color apagado que tenían del que solo destacaba el rojo de los ladrillos.

Namur es la capital de Wallonia y una gran desconocida para el viajero. La capital adminitrativa es Lieja y podéis reíros lo que queráis, pero gracias a este dato enciclopédico gané una apuesta. Desde entonces un amigo, después de pagar en cervezas, me llama cariñosamente “mon Namur”

Aparcamos relativamente cerca del casco antiguo. Desde Lille hay línea de tren directa, pero ahora que somos trabajadores lillois estamos más motorizados (como hora y media de viaje). De todas formas dejamos el coche cerca de la estación, ya que el centro de la ciudad está reservada para los peatones y las bicicletas.

Coincidimos un sábado de mercado, así que las calles cercanas a la rue de Fer (la calle principal) también estaban cortadas al tráfico. Deambulamos bajando por la rue de Fer hacia el río, entre los puestos del mercadillo (como el de Wazemmes). La ciudad claramente tiene un estilo muy francés y en las casas, por lo tanto, predomina la piedra gris con los ladrillos rojos. Mientras andábamos un poco desorientados pensé que no se trataba, en absoluto, de una ciudad desagradable pero tampoco es que fuese bellísima.

Llegamos a la plaza de Armas que nos gustó mucho. Estaban ya colocados los puestos para el marché de Nöel, aunque todavía no lo habían abierto, por eso hacer una foto panorámica de la plaza era complejo. Pero a un lado se encuentra la torre del homenaje del siglo XI y junto a ella la antigua bolsa. Por el otro lado la plaza está rodeada de fascinantes residencias del siglo XVIII. Fue en esta plaza, en la esquina derecha, según se mire al río, con la rue du pont donde comimos, después de dar por finalizada nuestra jornada turística. Dejo señalada aquí esta típica brasserie (aunque ni recuerde el nombre) porque realmente comimos bien; desde la carbonade flamande que me pedí yo hasta el steak tartare de Laia.

De la place d’armes cruzamos por el puente y llegamos a donde confluyen el río Mosa con el Sambre. Justo en la confluencia se levanta la ciudadela. Desde tiempos celtas esto fue un asentamiento. Siempre se creyó que la ciudad tendría un gran interés comercial en Europa y por tanto había que protegerla. Aunque la ciudadela tiene muuchos siglos (partiendo de aquel castro celta) fueron los españoles los que le dieron la forma que tiene y finalmente el arquitecto militar Vauban en el 1692 remató los últimos detalles.

Realmente es muy bonita por varios motivos y es lo que hace que destaque la ciudad, porque sino no sería nada más que otra ciudad del norte. Visitarla andando lleva su tiempo (creedme que hacía -5º y por lo tanto andábamos rápido)  Hoy en día es un gran parque y en su interior se recorren de zonas puramente feudales a zonas de gran ingeniería militar. En la oficina de información y turismo nos dieron un plano y empezamos  por la larga “ruta de los panoramas” para conectarla con la “ruta maravillosa” a los pies de la fortificación.

Desde arriba las vistas son muy hermosas. Por un lado se extiende el casco antiguo de Namur, del que destaca la barroca catedral de Saint Aubin (del XVIII) Por fuera la fachada es muy bonita, muy barroco italiano quizás un poco deslucida porque está en medio de un aparcamiento. Pero el interior que uno normalmente esperaría toneladas de dorado, es de un sobrio y minimalista blanco.

Por el otro lado del fuerte tenemos la increíble rivera del Mosa. Namur, es una ciudad con encanto por el lugar donde está enclavada. Yo creo que el valle del Mosa es el paraje natural más bonito de todo Bélgica. Entre las pequeñas colinas, de bosques de hoja caduca sobresalen señoriales caserones ¡algunos de ellos con pequeños torreones y todo!

Ruta por las abadías wallonas

Cuando por primera vez se me ocurrió la posibilidad de hacer este viaje, lo esbocé con sus paradas sus tiempos y su viabilidad, me emocioné muchísimo. De pronto me hacía más ilusión que viajar, como haría dos semanas después, a Marrakech. Incluso se me aparecían los rostros (llenos de envidia) de personas que sabía que les encantaría haberlo hecho. Desgraciadamente en aquel momento vino una temible y mortal ola de frío por toda Europa, que dejó las temperaturas por Bélgica en unos -10ºC con lo cual imposible hacer nada de turismo.

Un año después, al enterarme de que Fu no había ido nunca a Bélgica y conociéndole como gran amante de la cerveza se decretó que este viaje había que realizarlo sí o sí.

¿Por qué esta ruta?

Se trataba de mezclar el turismo con la gastronomía, en concreto la cerveza belga. Más en concreto la cerveza trapense. Este tipo de cerveza tiene una denominación de origen, Trappiste. Solo se otorga si se sigue elaborando en los mismos monasterios trapenses, bajo el control de los monjes y sus beneficios se destinan a caridad.

En total en el mundo solo hay siete cervezas que lo ostentan que son 3 de Flandes: Westmalle, Westvleteren y Achel (estas las dejamos para otra aventura por las abadías flamencas); 3 en Wallonia: Chimay, Rochefort y Orval y una en Holanda: Trappe. Estas cervezas son generalmente turbias, de muy alta fermentación y deben ser preparadas respetando los criterios definidos por la asociación Trapista Internacional si quieren poder mostrar el logo “Authentic trappist product

Para cervezas que no reúnen estos requisitos se creó otra calificación que es la cerveza de abadía. En este grupo entran, tanto cervezas braseadas en las abadías por los monjes o licencias que comunidades monacales han pasado a alguna brasserie (como Leffe, Grimbergen, Affligen)

Obviamente todas las abadías no podíamos visitar, y teníamos en cuenta que algunas no aportarían nada a nuestro viaje por no tratarse de lugares especiales. Nos centramos en la región wallona y en el camino añadimos algunas cervezas de abadía y algunas brasseries tradicionales:

Volamos a Charleroi con ryanair (por el precio de 23€ ida y vuelta) y allí alquilamos un coche. Según aterrizamos a las 9 de la mañana nos encaminamos, por la N53, hacia el pueblo de Chimay. Después desandamos nuestros pasos para coger la N50 camino a Francia y visitamos Tournai. En esta ciudad no hay ninguna abadía pero cerca, en Pipaix, se encuentra la brasserie Dubuisson una brasserie tradicional belga que habíamos pensado visitar. Pasamos un par de días en Lille, donde no solo visitamos a amigos y familiares sino que también estuvimos en una brasserie tradicional para catar la cerveza del norte de Francia, nos dirigimos a la bellisima ciudad de Dinant donde ni más ni menos que se encuentra nuestra señora de Leffe. Nuestro camino este día siguió atravesando las Árdenas para visitar las abadías de Rochefort y Orval.

Dado que estábamos muy cerca de Luxemburgo nuestro viaje a partir de este punto se tornó un poco más turístico y nos encaminamos hacia el ducado, visitando pequeñas ciudades que parecían sacadas de cuentos. Como no sitio en el albergue de La ciudad de Luxemburgo decidimos pasar dos noches en el albergue de Larochette en medio del bosque. Tuvimos que acercarnos a Trier (3 veces por diferentes motivos) y después nos dedicamos a disfrutar de las pequeñas joyas de la suiza luxemburguesa Echternach y Vianden. Cuando nos dirigíamos para pasar nuestra última noche en un albergue en Maastricht, en el camino antes de salir del ducado, divisamos Clervaux y tuvimos que parar para verlo. Después de un día en la ciudad holandesa volvimos a Bélgica para finalizar el viaje, visitando de propina Hoegaarden donde se encuentra la abadía que da nombre a la cerveza.

En nuestro viaje no solo visitábamos las abadías sino que obviamente hacíamos cata conveniente de la cerveza del lugar. Para ello en casi todas las abadías al lado se encuentra un albergue. Estos albergues aunque modernizados, son tan antiguos como las propias abadías ya que la tradición cuenta que se hacía queso y cerveza para alimentar a los peregrinos y si se fijan todos los sitios por donde pasamos son lugares del camino de Santiago belga.