Étretat

Este era un pequeño y realmente perdido pueblo pesquero en la costa de la alta Normandía que ni siquiera poseía puerto. En el 1800 pasó a ser popular puesto que se convirtió en un lugar de balneario muy conocido entre la élite cultural del XIX y de forma natural acabó llegando a ser el ojito derecho de muchos artistas franceses. Finalmente hoy en día con su cercana distancia de 3horas de coche es la playa de París.

Me pasa con Étretat lo mismo que con un par de lugares más en el mundo, he de reconocer que sí, que es precioso incluso le concedería que tiene mucho encanto, pero su hermano menos famoso y agraciado, aunque mucho más entrañable (Fécamp en este caso) se ganó con creces mi admiración. Quizás porque estos sitios acaban siendo tan populares que acaban pareciendo irreales. Sus pequeños vecinos (parecidos puesto que se encuentran en la misma zona aunque quizás no tan sobresalientes) mantienen la esencia bien conservada e intacta sin embargo.

El entorno natural que rodea al pueblo es realmente único y es el que inspiró a pintores y escritores que veraneaban en él. La lista es larga y entre ellos se encuentra Guy de Maupassant, Maurice Leblanc, Victor Hugo o los pintores Corot, Coubert y Monet y una gran lista de personajes.

Y es que Étretat se encuentra encajonado entre dos impresionantes, blancos y estratificados acantilados; la falaise d’Aval a la izquierda con su ojo de aguja y la falaise d’Amont a la derecha con su puerta d’amont, que hacen que el entorno natural del pueblo sea único y deje sin palabras.

Cuando hicimos la ruta por los acantilados de la côte d’Albâtre siguiendo el GR21, bajamos hasta el pueblo porel acantilado (falaise) d’Amont. Justo en esta cima d’Amont se encuentra la pequeña capilla de Notre dame de la Garde, que todo hay que decir queda super fotogénica y se baja por un sendero escalonado.

En su playa de piedrecitas blancas, como las de sus pueblos vecinos, siempre he visto pequeñas barquitas de pesca pero no tiene puerto como tal (y tampoco estoy segura de hasta que punto las utilizan realmente para pescar o simplemente forman parte esencial del paisaje).

También se puede subir a la falaise d’Aval. En su cima hay un gran campo de golf (y me pregunto donde acabará la pelota muchas veces) Las vistas son impresionantes y únicas desde encima de los cortes de roca, donde de ven de cerca como se sucendn los estratos (más blancos o más marrones). Los acantilados, la verdad es que son fascinantes, y cuando baja la marea yo incluso pude acercarme al ojo de aguja desprendido de la pared.

Algo muy interesante que hay que hacer en el pueblo, es pasear por los chalets que poco a poco los acaudalados (entre tanta personalidad visitando la zona) se fueron construyendo. Todos son mansiones increíbles a cual más bonita y señorial. Me pareció curiosa la mansión de los Leblanc, que ahora es un museo de Arsène Lupin, y aunque en aquel entonces me estaba leyendo las novelas y estaba interesada, jamás he entrado.

Otra atracción que hay, me temo que solo orientada al turismo, es el antiguo mercado. El edificio del antiguo mercado cubierto es muy bonito y antiguo, combinando en su fachada las maderas con las tejas negras (junto con otros que hay en primera línea de playa, en concreto rodeando al aparcamiento) y en su interior se han creado puestos de artesanos. Que suscribe lo que dije al principio, todo es muy bonito y agradable, tiene su encanto, pero no es entrañable porque no parece real. Sería más real si en este mercado aún se vendiesen verduras, queso y pescado como en muchos pueblos de Francia se sigue haciendo.

Que conste que estoy comparando dos sitios realmente bonitos (Étretat es maravilloso). Guardo muy buen recuerdo de estos viajes por la Haute-Normandie y creo que es una de las regiones de Francia muy obligatoria de conocer.

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Côte d’Albâtre

De Fécamp a Étretat  discurre un precioso camino por encima de los acantilados de unos 15 km (así que calculando unas 4 horas andando) que hicimos recorriendo por tranquilas vías rurales. Pasamos por diferentes pueblecitos pesqueros, caminando por encima los acantilados de color blanco que dan nombre a la costa (costa de alabastro) y quitan el aliento.

La idea de la ruta la sacamos de un libro de la lonely planet walking in France, y aunque es un poco larga para un paseo, tiene muchas subidas y bajadas pero es realmente muy sencillita. (La he metido en la etiqueta de montaña por ser un paseo que básicamente consiste en seguir el camino GR-21, pero no requiere de ningún gran esfuerzo físico)

Empezamos desde Fécamp recorriendo toda su larga playa a partir del puerto y dirigiéndonos hacia los acantilados. Para salir del pueblo fuimos hacia el sur y cogimos la carretera que pasa entre el Hôtel de la mer y el casino. La idea es subir la colina dirigiéndose hacia el camping, y una vez allí arriba ya se encuentran las indicaciones del camino. Pone un cartel con el nombre de la ruta “chemin des falaises” que quiere decir “el camino de los acantilados”

En este primer tramo va descendiendo poco a poco por la colina hasta Garnival (el siguiente pueblo que nos encontramos en el recorrido) aunque suponía dejar durante un rato nuestra ruta que seguía todo recto, nos fuimos hacia la derecha (hacia el mar) para poder ver más de cerca los acantilados, ya que en esta primera parte del camino es más rural, entre campos de plantas bajas y vaquitas.

De Garnival cogimos el “chemin des Ramendeuses” pasando por tranquilas casitas de campo y alguna iglesia, hasta que de pronto en el valle vimos el corte entre los acantilados donde se encuentra el pequeño pueblo de Yport. El camino de pronto gira y se pueden ver todos los tejaditos negros de teja del pueblecito, encajonado dentro de un valle muy chiquitín. Descendimos hasta llegar a la plaza del pueblo por un senderito, y allí estuvimos caminando hacia la playa.

Al igual que Fécamp, se trata de un pueblo pesquero con un puerto importante (en su tiempo) y que ahora se dedica más modestamente al turismo. Detrás de nosotros dejamos atrás la iglesia (hecha de ladrillo blanco y gris que recuerda a la estratificación de los acantilados de la zona curiosamente) y fuimos entre las casas antiguas que han sido renovadas. Volvimos a subir por una calle realmente empinada dejando atrás Yport, que dejaba un tremendo contraste con el verde del valle, los tejaditos negros y los blancos acantilados a ambos lados del puerto, para volvernos a meter en el interior hacia Vaucottes. Pero en vez de seguir hacia dentro por la carretera, decidimos que lo que queríamos era disfrutar de la vista de los acantilados, así que fuimos por un camino entre la hierbecita, teniendo una vista inmejorable de toda la costa.

Cuando por fin llegamos al siguiente pueblo, después de tanto campo a través, pudimos tomar un camino de Randonée que te lleva suavemente hasta lo alto de la colina y baja directamente a la costa, donde después de ya unas tres horas decidimos descansar al sol (aunque no hacía mucho calor) mojarnos los pies en el agua (congelada) y admirar el increible contraste del verde de las plantas con el blanco.

Aún nos quedaba la última subida a las cimas de los acantilados y las mejores vistas, ya el final del camino enfila Etrétat y se tiene una asombrosa panorámica de los acantilados completamente verticales y blancos con algunas líneas grises horizontales, además de la Aiguille de Belval y la Roc Vaudieu que se encuentran mar a dentro así como el gracioso arco de Porte d’Amont que tanto fueron retratados por los pintores impresionistas.

Se puede decir que llegamos a Étretat cuando alcanzamos el monumento de l’Oiseau Blanc y la iglesia que hay al lado. Ya tan solo nos quedaba recorrer los escalones hacia abajo para llegar a la playa de Étretat.

Fécamp

Una de las muchas veces que llegaron mis padres de visita cuando yo vivía en Francia, alquilamos un coche y desde Lille realizamos algunos viajecitos cortos de un día por los alrededores.

Descubrimos que viajar por la Alta Normandía es como meterse en un cuento de los hermanos Grimm. Ya solo durante el camino a Fécamp una vez dejada la autopista, se pasa por delante de miles de típicas granjas normandas. Son características porque están rodeadas de un cuadrado de árboles que hace las veces de valla, y en el centro se encuentra el edificio de la granja entre campos inmensos de lúpulo.

Según lo que sabíamos, la idea que nos habíamos hecho era que pasaríamos el día en lo que inicialmente fueron pueblos pesqueros y que, durante el siglo XIX se transformaron, a base de ser visitados por la alta sociedad de la época, en pueblos turísticos. Más conocidos hoy en día como “la playa de París”. Pensábamos que principalmente consistirían en la venta ese encanto “bucólico” del mar para domingueros, pero nuestra sorpresa fue que Fécamp tiene mucho más.

Aparcamos el coche sin problemas en una callejuela paralela a la principal que discurre al ladito del puerto. Lo reconozco siempre me han encantado los puertos y este es uno bastante bonito; tiene tanto barcos recreativos como pesqueros (O sea que al final tampoco era tan turístico) y lo más bonito, la entrada al mismo que consiste en una bonita estacada de madera justo debajo del cabo Fagnet que está en lo alto del acantilado. Según he leído, fue construida en el s.XIX, ya que el puerto está entre dos cortes de piedra.

Según nos acercábamos con el coche, lo primero que divisamos y nos acercamos a ver, fue la abadía benedictina de la Trinidad construida en 1175 y las ruinas del castillo de los duques de Normandía. Realmente como era mi costumbre por aquella época, paseamos entre las ruinas sin saber de qué se trataba, pues ya había tomado como algo normal el mirar un mapa de carreteras, decidir parar en el primer sitio que pensaba que estaría bien y llegar sin saber nada de él. En esos momentos y releyendo por primera vez la guía ví que había en el pueblo además un palacio benedictino y no se que de una receta secreta y salta mi madre: “¡¡¡¡el licor Bénédictine!!!! Pero si ese le conoce hasta la abuela

Pues si, el famoso licor benedictine se hace en ese pequeño pueblecito de Normandía. Así que fuimos hasta el palacio (realmente impresionante) de estilo barroco con una fachada muy decorada y recargada. Entramos dentro donde, a parte de muchas salas dedicadas al arte de la destilación y embotellamiento del licor, también se pueden apreciar (como en todo gran palacio) muchas obras de arte. Y efectivamente, en cuanto veáis el licor os sonara de haberlo tomado o visto sus botellas, la receta viene del siglo XVI y Fécamp es famoso por exportarlo desde 1863.

De pronto miramos el reloj y descubrí con espanto que era la una del mediodía. Creo que grité algo así como “a comer ahoramismoya”, y nos metimos en un restaurancito con pinta de marisquería, al lado del puerto, (hay muchos en este paseo que sirven principalmente pescado y marisco con menús a buen precio) pero entramos en el primero que encontramos. La prisa venía porque mis padres, a pesar de lo que pasó en Bruselas (donde aterrizaron a las 21:00 y mi padre no podía creer que de una capital europea a esa hora ya no salían trenes), todavía no asimilaban lo de comer pronto o nunca. Momentos después de haber pedido, serían las 13:30 oyeron con completa incredulidad como entraba una parejita y el camarero les decía que ya estaba cerrado hasta las 18:00. Con el restaurante acertamos de pleno, un menu barato con marisco de entrada, mejillones y pescado a la plancha de segundo, todo riquísimo e insuperable.

Después de comer no pudimos evitar la tentación (teniéndola tan cerca) de meter los pies en el mar y tumbarnos sobre la extensa playa, de piedras eso si, debajo de esas inmensas paredes de acantilados. Por supuesto, dejamos que nos invadiese el sopor y usando las chaquetas como almohadas nos echarnos una siestecita bajo el sol. Después nos dimos un pequeño paseo por el paseo marítimo que hay donde destaca una estatua de una mujer que mira siempre al horizonte esperando el regreso de su marido. No es que se trate de una escultura especial pero me rescordo la canción de Maná del Muelle de San Blas.