Narbona

Narbona hace desesperadamente lo imposible para atraer a turistas que pasan de largo por ella, usándola solo como punto para repostar. ¡Que se le va a hacer si la pobre no tiene mucho interés!, más aún si se la compara con sus alrededores.

Narbona ayuntamiento

Aunque tiene playa, que no visitamos. Quizás eso sea un punto a favor de esta ciudad en verano.

Fuimos lo primero hacia el parque de congresos donde encontramos nuestro querido carrefour (para comprar cerveza del norte). Después aparcamos en un gran aparcamiento gratuito al lado del canal del mediodía, y muy cerca del ayuntamiento.

De esta forma lo primero que cotilleamos de Narbona fue el final del canal du midi. Lo habíamos visto también cuando estábamos en Carcassonne, y cerca del pequeño pueblo donde nos hospedábamos.

canal du midi

“Canal du midi”, lo oiréis nombrar y renombrar, y probablemente tenga zonas muy bonitas en el interior. Pero lo que realmente es, es una gran autopista acuática entre chopos. El movimiento de las esclusas es curioso, y quizás lo realmente bello sea navegar por él (incluso así, no creo que sea algo muy fascinante durante más de dos horas)

Volviendo a Narbonne, en general, a nada que se paseamos un poco por la ciudad nos dimos cuenta que podría ser una ciudad francesa cualquiera.

calles narbona

Lo que sí que me pareció chocante y poco propio de Francia es la integración arquitectónica en los alrededores del mercado modernista (donde por cierto encontramos un lugar muy bueno para cenar, realmente bueno) Hay como cuatro o cinco edificios que se ven paredes y trozos de una iglesia o casas super antiguas en donde se han construido tiendas y cosas super modernas, algo realmente chocante y sorprendente.

Lo más notable de la ciudad es el conjunto del ayuntamiento, en forma de castillo fortificado de piedra amarilla del país, y la catedral (por supuesto, todo obra del Viollet-le-duc con su firma inconfundible) que le dan un gran toque medieval. Pero me temo que no se transmite al resto y se limita a estos dos edificios.

Palacio episcopal narbona

Delante del ayuntamiento quedan unos pocos adoquines de la pobre via domitia, calzada romana de las galias, que ha quedado reducida a un pequeño cuadradito donde juegan los niños. Toda la plaza está rodeada de diferentes edificios unidos por sinuosos puentes, con torreones y ventanas ojivales que conforman la mole del ayuntamiento.

No muy lejos, callejeando, se llega a la catedral de San Justo y San Pastor. Aquí el Viollet-le-duc lo vio claro, lo que estaba de moda eran las gárgolas. El exterior es todo profuso en gárgolas, de hecho hasta la lonely planet lo indica; las gárgolas hay que fijarse en ellas.

impacto arquitectonico narbona

Por lo demás pues no dice mucho más de la catedral así que Mary y yo nos quedamos un buen rato estudiándola y discutiendo (porque lo merece de lo rara que es). Lo que ocurrió es que para empezar era un proyecto muy grande, la iniciaron en 1272 y la idea era que fuera más allá de las murallas de la ciudad. Pero llegado el momento no dejaron que tirasen la muralla así que la obra se paralizó, y más tarde llegó la peste negra así que el proyecto quedó parado hasta que en el XIX llegó a manos de le-duc. Así que hay una parte frontal realmente muy muy curiosa si se está interesado en el ¿cómo se hace una catedral?, ya que se levantó en forma de crucero a medio hacer, pero se cerró después para cerrar la nave principal.

mercado narbona

Al lado, entre todos los jardines y el claustro de la propia catedral, se encuentra el palacio episcopal, también de aire medieval, que por un momento confundimos con la parte trasera del ayuntamiento.

L’abbaie de la fontfroide:

abadia de la fontfroideRealmente el tesoro más bonito que esconde (y esto sí que recomendamos como algo que no puede uno perderse en un viaje por el Roussillon) se encuentra a 12 km de Narbona, y es la abadía de la Fontfroide.

Hay que superar dos escollos que tiran para atrás la visita, el excesivo precio de la entrada (pertenece a una familia que rescató la abadía cuando a los americanos les dio por comprar iglesias en Europa y llevárselas a Nueva York, pero bien que explota el negocio) y que la visita solo es guiada y en francés.

Aún así es impresionante e imprescindible. Está magníficamente bien cuidada y conservada, no solo la abadía en sí sino también los alrededores cuidando un jardín a su alrededor, con un río circunvalándola incluso mesas de pic-nic en el aparcamiento.

parque abadia

Según nos contaban de la riqueza y la cantidad de hectáreas de terreno cultivable que llegó a tener la abadía debió ser un auténtico monstruo en la edad media, una auténtica ciudad monacal. De hecho tenían distintas categorías entre monjes estableciéndose una gran jerarquía en la institución.

Se construyó en el siglo XI e inicialmente era benedictina aunque más tarde se convirtió a la orden del cister. Su nivel de riqueza era excepcionalmente grande, a lo que hay que poner en el contexto de que se encontraba en pleno país cátaro así que durante la cruzada contra los albingenses fue un gran bastión católico.

claustro fontfroide

Durante la visita se recorre prácticamente todo, y esto quiere decir una gran cantidad de estancias, menos las habitaciones de hoy en día de los monjes. Esa parte de la abadía también se usa para hospedar a gente, sobre todo gente cercana a la iglesia, y a los diversos actos culturales que se llevan a cabo en la abadía (cuando nosotras la visitamos había un ciclo de canto gregoriano y muchos coros estaban allí hospedados, y durante la estancia todos vestían hábitos monacales lo que le daba al lugar un aire de otro tiempo)

El claustro es verdaderamente espectacular. Con sus glicinas moradas reptando entre las arcadas y colgando en ramilletes, la piedra amraillenta y el torreón del campanario sobresaliendo.

pasillos abadia

Las vidrieras, tanto de la iglesia como del dormitorio nos encantaron y nos parecieron realmente curiosas y exquisitas en el colorido (se podría llegar a pensar que son una obra moderna y no parece que tengan tantos siglos en su haber) Unido a que nuestra visita a la iglesia fue acompañada por el ensayo de uno de los coros de canto gregoriano, lo que le añadió solemnidad y un aire como de cuento. Tampoco os perdáis el detalle de los corazones (símbolo del roussillon) en las lámparas y las rejas.

Más posteriormente, en el XIX, se le añadieron jardines y terrazas, y hasta una rosaleda que suele competir en concursos de flores.

abadia narbona

Y sé que os va a sonar un poco friki pero cuanto más oigan hablar de la región, más irán conociendo a este personaje. Pues en aquel momento de la visita no recuerdo que lo mencionasen, pero preparando esta entrada me volví a topar con él. Sii, por eso este sitio conserva y transmite ese gran aire del medievo único, y es que resulta que en 1843 Viollet-le-duc se preocupó por proteger y restaurar este lugar al que consideraba una joya del arte cistercense.

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Lagrasse

Ya que dedicamos un día a castillos cátaros, otro día nos vimos en el deber cultural de dedicarlo a abadías. Bien entendido cuando en 1207 fue la cruzada se trataba de donde vivieron el otro bando enfrentado.

abadia de lagrasse

Para ello tuvimos que explorar un poco la campiña francesa del Languedoc  (esto… sip íbamos con el coche y nos perdimos por la carretera) Pero mereció la pena: unas carreteras con curvas, llenas de pueblos con encanto, viñedos, paisajes verdes, montañas… todo mezclado para dar lugar a la hermosa campiña francesa.

Finalmente aparecimos en Lagrasse, y aparcamos en una de las explanadas de tierra a las afueras del pueblo.

Murallas de Lagrasse

Es cierto que habíamos leído en muchos sitios que la gente se desviaba camino de Carcassonne para ver esta abadía. Sin embargo yo no me había hecho la idea de qué me esperaba, desde luego jamás lo había imaginado así. El pueblo me entusiasmó (a María no tanto)

plaza del mercado

Se trata de uno de los pueblos que figuran en esta famosa lista de les plus beaux villages de France. Es completamente todo el medieval. Todas las casitas de piedra con contraventanas de colores pasteles se extienden por callejuelas.

Entre estas estrechas calles el primer lugar donde desembocamos fue en la plaza del mercado. Está completamente techada (quizás del sXIV) y en ella para nuestro deleite todavía se pone el mercado. Había varios puestos vendiendo productos de agricultores locales. Compramos miel, compramos tapenade, salchichón y compramos diferentes bolas de quesos de cabra recubiertas con tomate, pimienta, hierbas (con este botín hicimos una buena comida más tarde ese día)

Seguimos andando entre mansiones medievales bajo una fina y molesta lluvia, hasta llegar a la rivera del Orbieu que atraviesa el pueblo. En este punto hay un sendero que discurre al lado del río y las antiguas murallas, desde donde se tiene la mejor vista panorámica de la abadía. Allí se levanta al otro lado del río, imponente el gran torreón que dio nombre al pueblo.

calles de lagrasse

El origen del pueblo se remonta a la construcción de esta abadía benedictina de Sainte Marie de Lagrasse en el siglo VII gracias a una carta de Carlomagno. Llegó a ser una de las abadías más importantes de la Europa medieval.

No os esperéis una iglesia completamente restaurada, es una abadía románica tal y como ha llegado tras el paso de los siglos. Lo que me gustó es que es tal y como está. En una parte (pequeña) viven monjes y otra está en ruinas. Me encantó ver salas completamente oscuras (porque afuera apenas había luz) donde revoloteaban murciélagos. Quedan en pie las antiguas habitaciones de los monjes, la nave antigua iglesia, el torreón del campanario y luego está la zona renovada donde se exhiben yacimientos arqueológicos. Esta zona da al pequeño y austero claustro y en la parte superior hay algunas salas verdaderamente magníficas con unos frescos preciosos que merecen mucho la pena.

claustro de lagrasse

Como era jueves santo, una zona estaba en obras y llovía nos hicieron un descuento en la entrada. Creo que pagamos 2€ y por ese precio me pareció bueno lo que ví.

Deshicimos nuestro camino por el pont vieux, un elegantísimo puente románico en escarpa (desde donde se tiene la mejor panorámica del pueblo) y volvimos a callejear por la aldea de Lagrasse para no perdernos ningún detalle. Aunque el resto son poco más que hermosas calles impecables, la iglesia de Saint Michel (del s.XIV) cuya estructura, vidrieras y frescos me recordó muchísimo a la de Foix (tal vez será el estilo de la zona) y algunos rincones especialmente encantadores

A ver, si que es cierto que he visto pueblos más monos, pero este es muy bonito y me encantó. Me sorprendió que aun lloviendo (el peor tiempo para el turista) me entusiasmara tanto el pueblo. O quizás la lluvia contribuyó a ello, le daba un aspecto más antiguo, más misterioso. Lo que me pasó es que el ver la abadía me hizo recordar inmediatamente la novela de “el nombre de la rosa” es más si pudiese volvería a leérmela allí mismo. Y las nubes bajas y la lluvia acentuaban ese clima de misterio.

Ruta de los castillos cátaros

Los cátaros eran los “hombres puros”. Un grupo religioso que se separó de la iglesia católica en el siglo X. Arraigó mucho en el mediodía francés al recibir el apoyo del duque de Albi. Su número creció convirtiéndose en un peligro para el papado que les declaró una cruzada en 1207.

Cucugnan

Según fueron derrotando a los nobles que les apoyaban la Inquisición se estableció en 1229 para extirpar la herejía en Tolosa, Albí y Carcasona. Quemaron a todos los líderes en la hoguera. Perseguidos y abandonados por los nobles, los cátaros se hicieron más y más escasos, escondiéndose en los bosques y montañas, y finalmente exterminaron a todos.

Pero todavía quedan las ruinas de los castillos y fortalezas que defendieron hasta el último momento, diseminadas por el Languedoc-Roussillon.

Desde Malves en Minervois, bajamos por la D118 en dirección a Limoux. No paramos a visitar el pueblo, pero sí que compramos el vino rosado espumoso que es típico de la zona (y que días más tardes nos cenaríamos en Collioure) La carretera hasta este punto discurre por grandes praderas recubiertas de vides y no veíamos ninguna montaña en la que pudiera posarse un castillo cual nido de águila.

Peyrepertuse

Proseguimos nuestro camino hacia el sur, para coger la D117. Justo pasado Puilaurens tomamos la mítica carretera D9 que discurre por las estrechas y profundas gargantas del Galamus. No tuvimos tiempo de hacer fotos, y no nos las esperábamos. De pronto nos vimos en un camino sinuoso excavado dentro de la piedra que forma la pared del altísimo desfiladero (por aquí no pasa un autobús)

Castillo de Peyrepertuse

Una vez pasamos al otro lado del macizo nos encaminamos a nuestra primera parada del día. Sabíamos que era el más espectacular y que teníamos que dirigirnos al pueblo de Duilhac-sous-Peyrepertuse. Pero nada más. Así, que de pronto, según recorríamos la carretera paralela a la montaña, miré hacia arriba y lo que me pareció parte del macizo rocoso me llamó la atención.

San Jorge

Comenté en voz alta mis sospechas: “pues a mi me da que el castillo es eso de allí arriba
¿segura que no son rocas?” Preguntó María al volante
Que no que no, que es el castillo” dije, cada vez más convencida
¿Y hasta allí hay que subir?

Sip, para terror de María que iba a ser la primera vez que subiese por una carretera de montaña, hay que coger una estrecha senda que sale después del pueblo de cuatro casas. De forma serpenteante, con curvas muy cerradas lleva hasta la cima, donde hay tres grandes aparcamientos.

El castillo de Peyrepertuse es una visita imprescindible que se llevará mínimo dos horas. Es espectacular, completamente mimetizado con la roca de la montaña. Y las vistas más aún.

Peyrepertuse

En realidad son dos fortalezas independientes (Peyrepertuse y Saint Jorge) situadas en la cima de una colina abrupta, aprovechando el espacio hasta el mismo borde. Peyrepertuse es la primera de las dos fortificaciones donde sus ruinosas paredes de piedra levantan como un laberinto. Una empinadísima escalera construida al borde del precipicio, la escalera de Saint-Louis la conecta con el castillo nuevo de Saint Jorge (es de mármol, que está muy pulido y resbala mucho, de hecho han puesto una cuerda para ayudarse en la subida y si hay viento no permiten subir) El castillo de arriba se intuyen muchas de las habitaciones, la torre del homenaje, hasta una iglesia, es como una fortaleza dentro de la fortaleza.

Castillo de Quéribus

Nuestro siguiente castillo se divisaba desde la propia Peyrepertuse, es el castillo de Quéribus. Para llegar a él solo hay que coger la carreterita que une Duilhac-sous-Peyrepertuse con Cucugnan. El pueblo que parece antiguo, se extiende a los pies de la montaña rodeado de viñedos y con molinos de viento y todo, es muy bucólico.

Quéribus

De Quéribus lo imponente es su figura. De nuevo está en el borde de un risco en el que se levanta su único pero enorme torreón. Tiene tres recintos superpuestos y el torreón es especialmente original en el interior: una gran columna sostiene la boveda y la misma base de la columna aguantaba lo que era el suelo de esa sala (que ya no está) y lo separaba de la bodega. En esa misma sala está un inmenso ventanal. Una visita muy recomendable.

Castillo de Puilaurens

Desde Cucugnan, volvimos a tomar la D117, sentido oeste esta vez. La parada siguiente iba a ser el castillo de Puilaurens, que previamente habíamos visto desde la carretera al pasar. Desde fuera es espectacular, se levanta sobre una peña detrás de la pequeña población que también lleva su nombre de forma muy majestuosa.

Puilaurens

Como Peyrepertuse, Puilaurens está construido aprovechando la roca de la montaña sobre la que se levanta y tras la muralla solo hay un gran salto al vacío, y a lo lejos se divisa la silueta del Canigou. A pesar de conservar poco más que la muralla exterior, merece la pena la visita por el entorno y las vistas.

Castillo de Puivert

Finalmente por la D117 hacia Foix también nos encontramos con el pueblo de Puivert. Yo tenía mi especial capricho por ver este castillo que fue el escenario de varias películas como La Novena Puerta entre otras.

Os recomiendo que apartéis el coche en la misma carretera y subir andando, porque la subida no es por camino asfaltado sino unas rodadas de tierra. Vuelve a tener mucha pendiente, muchos socavones y es muy estrecho (no caben dos coches) Aún así esto depende del amor que tengas a tu coche, y como el nuestro era mínimo lo aparcamos en la explanada de arriba delante del castillo.

Al contrario que los otros que visitamos, los árboles y la carretera están de tal forma que es imposible atisbar desde abajo nada de la fortaleza que hay arriba de la colina (y eso que no es demasiado alta)

Puivert es sin duda el castillo más geométrico de todos los que visitamos aquel día. Tiene dos torreones uno frente al otro y dos puertas cuadradas que le dan un aire muy marcial. Pero al ser tan austero, las ruinas que quedan no parecen tan interesantes. Para compensar, en su interior, la familia de los descendientes, ha montado un museo con la historia de los cátaros.

Puivert

Finalmente nuestro viaje acabó en Foix, demasiado tarde para ver las cuevas. El motivo no es otro sino el que comenta mucha gente, horario francés. Recordad que a las 18h cierran todo lo visitable.

Castillos cátaros en esta zona hay muchos y hay que elegir cuales ver. Esta elección dependerá de los que escojáis como más interesantes, puede que os gusten más los que tienen mayor importancia histórica (como Montsegur) aunque estén menos en pié que otros. Como podéis ver nosotras intentamos optimizar nuestro recorrido por la D117.

Collioure

Al igual que con Étretat, fueron los artistas los que pusieron en el mapa turístico de Francia este pueblo pesquero de la côte vermeille. Ocurrió en los primeros años del 1900, cuando la corriente de los fauvistas encontró entre las coloridísimas callejuelas de Collioure, un pueblo de pescadores, su inspiración que les llevó al uso libre del color.

Y hoy en día nosotros debiéramos agradecer a su ayuntamiento, que haya conservado su esencia y no se haya convertido en una macro-ciudad de costa como sus vecinas. Lo cual sorprende, ya que el día de pascua la cantidad de turistas que había era tremenda.

No teníamos donde alojarnos y en medio de un impresionante atasco de gente que por la mañana intentaba visitar el pueblo, vimos un hotelito en la misma carretera. Allí nos quedamos. Luego abrimos la guía y casí nos arrepentimos de no haber dormido en una antigua ermita reconvertida a hostal que hay a las afueras (y más adelante vimos la carretera que llevaba a la ermita y ya no nos sentimos tan decepcionadas).

El caso es que el hotel tenía aparcamiento (muy importante porque el gran problema es que todo el pueblo es peatonal y por tanto los dos aparcamientos que hay se llenan)

Bajamos andando por el río, que de pronto se transformó en una rambla y como había llovido bastante los días anteriores, veías coches aparcados en medio de una gran marea de agua (Ajá ahora me explico muchas de las imágenes que a veces se ven en televisión de la gota fría)

Estábamos entre las miles de casitas rosas/azules/amarillas que se agolpan hacia el mar, con cientos de turistas (no quiero imaginarme esto en verano) y decenas de puestecitos playeros.

En seguida nos dedicamos a recorrer toda la bahía que forma el puerto. De entre la marea de casitas que recorren toda la gama de colores que va del amarillo al rosa destacan tres edificio sobresalen por ser los más antiguos de piedra: En lo alto uno de los fuertes de Vauban que hoy es propiedad del ejército. En el puerto, otra fortaleza, un castillo del XIII (reconvertido a museo temporal) y la iglesia de Notre-Dame des anges con su cúpula de ladrillo rojo.

Queríamos mar, por lo que nos recorrimos todo el puerto por un paseo que hay, desde la iglesia hasta el siguiente espolón pasando por las dos pequeñas playas (donde se respiraba ese curioso olor a algas que indica que estás en el mar por fin) Pasamos por las murallas de la fortaleza, en primera línea de mar, y andamos entre las rocas que empiezan a subir de nuevo formando acantilado, hasta que nos topamos con una escalerita que sube al final del pueblo por el otro extremo (justo por la montaña donde se alza la fortaleza de Saint Elme, otra de las muchas que construyó Vauban por la zona).

En ese extremo más alejado es donde mejor se observa la silueta de Collioure (sus casitas de colores entre las tres grandes moles de piedra e incluso algunos restos de la muralla) Aquí se encuentra el museo de arte pero obviamente no, no tiene ningún Matisse, solo que está en un antiguo convento donde venden vino y tiene un bonito claustro.

Aquí murió Antonio Machado, así que tendremos que ir al cementerio, aunque supongo que a ti no te importará

Hasta que María no lo dijo en voz alta, nunca antes nadie lo había mencionado. Al igual que mis padres me enseñaron que lo primero que hay que ver de un sitio es su mercado, mis tías me enseñaron a visitar sus cementerios. Como dice Camus: “Une manière commode de faire la connaissance d’une ville est de chercher comment on y travaille, comment on y aime et comment on y meurt“.

De vuelta al meollo central, donde se agolpan todos los restaurantes y tiendas de anchoas, encontramos el cementerio por inercia. Justo en la puerta se encuentra la tumba del poeta, fácilmente reconocible por la cantidad de objetos que deja la gente.

Otro elemento más que curioso de la ciudad es su iglesia. Cerca de la muralla que cierra el puerto, se levanta chiquitita, sin especial ornamentación, tiene una forma bonita sobre todo gracias al campanario que era un antiguo faro, pero sobre todo es sencilla. Nada que ver con su interior. Fue entrar y sufrimos un shock entre tanto pan de oro y columna salomónica. Decir que es mega-barroco es quedarse corto. Y no crean que se conforma con un retablo en el altar principal, cosa que se esperaría de una iglesia tan pequeña. No, en cada una de las ocho capillas que rodean la nave central, hay un altar con su correspondiente retablo barroco.

Hay una atracción en particular muy gratificante; le chemin du fauvisme. Al principio María y yo pensamos que debíamos preparárnoslo por nuestra cuenta recopilando imágenes de cuadros de Derain y Matisse entre otros, pero no es necesario. En el pueblo han puesto carteles con estos cuadros frente a los modelos que los inspiraron. Uno se encuentra con ellos sin más en su deambular. Es realmente muy divertido pero si no se sabe de arte lo mejor es apuntarse a la visita que sale al lado de la oficina de turismo.

Casteil

A 800m de altitud en la falda del Canigó y formando parte del Parque Natural Regional de los Pirineos Catalanes se encuentra el pequeño municipio de Casteil.

Su nombre viene de Casteil de Vernet, una antigua casa señorial que desapareció en el sXII. Lo que es el pueblo creció alrededor de la casa parroquial, un antiguo oratorio del siglo XV (muy antigua ojo, pero claro, tiene tantas competidoras en tan poco espacio).

Casteil es chiquitito y en el mes de abril no tuvimos ningún problema en aparcar correctamente en uno de sus recovecos, pero en verano es muy popular. Se encuentra estratégicamente entre el Canigou (para los aficionados al senderismo) y la estación termal de Vernet-les-Bains, así que cuenta con un gran aparcamiento en la entrada.

Sus calles son un manojo de senderos entre casas de piedra abundantemente adornadas con flores, que escala poco a poco por la montaña. Aunque parezca un pueblo pueblo, todas ellas tenían pinta de hostales, casas de alquiler o pequeños hotelitos. Eso sí es muuuy calmado, en plan disfrutar de la naturaleza y el campo tranquilamente. Rodeado completamente por inmensos bosques éstos se extienden hasta los 2000m antes de que las montañas se levanten vertiginosamente hasta los 2784m.

El macizo del Canigou en el que se encuentra completamente encajonado, impacta. A pesar de que no es muy alto, se eleva sobre la llanura del Rosellón. El pico del Canigó es una cima fácil, pero ni nos la propusimos porque cláramente nuestros planes eran otros muy diferentes. No obstante es muy bonito saber que en la tradición catalana este pico es místico o casi sagrado y en varias fiestas de la zona (incluidas las hogueras de San Juan) se celebran en la cima.

El principal motivo para venir era, por supuesto, la abadía de Saint Martin du Canigou que se eleva sobre el pueblo. Buscando sitios que visitar en seguida encontramos fotos de la abadía y le dije a María con los ojos como platos (alguien dice que cuando me gusta algo abro mucho los ojos como una niña pequeña) “Yo quiero subir ahí” (ella tenía las mismas ganas e intenciones)

A la abadía hay que ir andando (incluso han quitado la opción de subir en 4×4) Es un paseo de 30 minutos subiendo la montaña. El camino es bueno, solo que tiene un poquito de pendiente al principio y da mucho la solana pese a lo frondoso de los bosques curiosamente.

En nuestro primer intento de subir tuvimos que abandonar, porque abajo en el pueblo hay un cartel con los horarios de las visitas a la abadía y vimos que cerraban para comer. Como en Casteil, todo estaba desierto y no parecía haber ni un bar, fuimos a Villefranche de Conflent y ya volvimos por la tarde para la hora de la visita.

A media subida nos encontramos, a la sombra de los árboles que la rodean formando una especie de plaza, con la antigua iglesia de Saint Martin le Vieux. También es románica, cuadradita compacta y chiquitina que data ni más ni menos que del 996 (mucho antes de que se levantase la abadía) Los restos del primitivo castillo feudal debían de estar por aquí.

A partir de este punto la subida se hace más ligera y llegamos a la fuente con un San Jorge, que hay delante de la abadía, donde parten las visitas (solo guiadas y en francés). Hoy en día viven monjes pero también familias enteras de seglares que viven en comunidad. El hombre que nos lo enseñó vivía con su esposa e hijos allí, cosa que nos sorprendió porque no sabíamos que existía ese tipo de régimen.

La abadía sin palabras. Es una muestra de arte exquisito, una joya del románico. El campanario es de estilo lombardo (quizás porque la mandó construir el conde de Cerdeña). El claustro es precioso, un pequeño claustro cuadrado, que antiguamente llegó a tener dos alturas. Han dejado abiertas las ventanas a la garganta del Cady y cada columna tiene un capitel de mármol tallado muy delicado que maravillan a los visitantes. También se visita la iglesia (por la parte superior) y la antigua cripta abovedada.

Aunque se construyó en varias etapas todo es del 1009 cuando se consagró a San Martín de Tours. Hay mucho culto a este santo, tanto que existe un camino de San Martín y acogen a los peregrinos en las abadías de camino (como ésta)

Si se quiere tener la foto más bonita de la abadía colgando sobre la garganta lo que hay que hacer es llegar hasta un cartel de “camino peligroso no seguir” y seguir. La cosa es que mira que lo buscamos, porque ni a María ni a mí nos ha amilanado nunca un cartel con semejantes indicaciones, hasta sabíamos más o menos dónde había que subir, pero no lo conseguimos encontrar.

viajando a la Francia profunda (el país de los Cátaros)

A dos semanas de la semana santa de 2011 Mary y yo pensamos que igual podríamos irnos de viaje (que ocurrencia, no sé por qué no se nos habría ocurrido antes) Como no teníamos mucho tiempo ni ganas de organizar algo complejo, decidimos irnos a lo fácil. Coger el coche hasta el Languedoc en Francia.

¿Por qué el Languedoc-Rosellón?

Bueno en principio era elegir una zona del sur de Francia. Puesto que paso tanto tiempo allí, para mi es como viajar por casa por lo tanto no tengo necesidad de planear absolutamente nada. Como ya le dije a Mary, me muero por visitar la Dordoña, pero se la había prometido a la chunga y me parecía mal no hacerlo con ella. Así que la siguiente pregunta que me hizo fue “¿Y has estado en Carcassonne?“… también me moría de ganas por ver Carcassonne.

Los cátaros fueron los seguidores de un movimiento religioso que se propagó por Europa Occidental a mediados del siglo X,  especialmente en el Languedoc, donde contaba con la protección de algunos señores feudales vasallos de la corona de Aragón. Obviamente su poder creció y la iglesia católica les declaró una cruzada en el 1209 donde mataron a la mayoría. Quedaron en pié una serie de ciudades fortificadas, castillos y pueblos que hoy en día se conservan en toda esta zona del sur de Francia, dejando constancia de una historia interesante.

Dado que el viaje desde Madrid ya suponían muchos kilómetros, nos propusimos que una vez llegadas, realizaríamos pequeños viajes pero sin abarcar mucho. De esta manera como podréis ver, visitamos intensamente muchos sitios de una una pequeña región sin desplazarnos demasiado.

Aunque nuestra primera idea era que según estuviésemos en carretera ya veríamos, en esos mismos 30 minutos de conversación una rápida búsqueda por internet nos llevó a Malves en Minervois un pequeño pueblo cerca de Carcassonne que cuenta con un albergue a buen precio. Así que decidimos convertirlo en centro de todas nuestras pequeñas excursiones y allí reservamos para casi todos los días (mandándoles un mail) de forma que lo usamos como campamento base.

El sitio se encuentra en frente del castillo, en lo que serían las antiguas caballerizas. En frente del castillo hay sitio para aparcar pero callejear por el pueblo con el coche requiere un nivel avanzado de pericia. Y lo único decir que estábamos prácticamente solas, entre que no debían de tener reservas y que faltaba poco tiempo no nos pidieron ni un adelanto ni nada.

El primer día lo pasamos en la carretera (en la gincana que tiene montada fomento en la A-2). Paramos solo en Figueras, donde justo de nuevo, el día antes de salir miramos en internet y una rápida búsqueda nos dio una gran oferta del Hotel Empordà por 35€ las dos.

Así que nuestro primer día de realmente disfrutar del viaje fue al siguiente donde, nada más pasar la frontera cogimos, en Perpignan, la N116 que nos llevaría hasta la fortificada Villefranche de Conflent y más adelante al pequeño pueblo de Casteil encajonado, con su hermosa abadía en los Pirineos bajo la sombra del pico de Canigou. Caída ya la tarde fuimos directas a Carcassonne disfrutando de una carretera que en pocos kilómetros había pasado de alta montaña a estanques de agua llenos de regatistas, para más adelante convertirse en grandes prados de viñedos.

Nuestro pueblito estaba bien, y el alojamiento, salvo la pequeña pega de que el único bar lo cerraban a las 20:00 con lo que para salir teníamos que ir a Carcassonne. Los días siguientes los dedicamos a explorar los miles de castillos cátaros que pueblan los alrededores, pasando por un montón de ellos (Peyrepertuse, Quéribus, Puilaurens, Puivert) y también saltándonos muchos en nuestra particular Ruta de los castillos Cátaros .

En nuestro deambular por carreteras secundarias francesas acabamos en Foix, pero demasiado tarde para disfrutar de las cuevas, por las que teníamos mucho interés y con muy mal tiempo. Así que nos propusimos encontrar un carrefour para comprar lo de siempre, cerveza del norte de Francia… Acabamos descubriendo que en Carcassonne no hay carrefour. La búsqueda nos llevó hasta Mirepoix, donde tampoco hay carrefour, pero es un pueblo precioso que no esperábamos que nos gustase y compensó con creces el sin sabor que nos acababa de dejar Foix.

Finalmente fue en Narbona encontramos el carrefour que necesitábamos y de camino las abadías más bonitas; la de Fontfroide y la de Lagrasse.

Después de esos cuatro días por el Rosellón no queríamos despedirnos de Francia sin ver el mar, así que bajamos un poquito hasta el colorido Collioure. Al entrar en el pueblo mediterráneo nos encontramos con un gran atasco de visitantes (luego por la tarde estaba más tranquilo) así que en la misma carretera que baja nos alojamos sobre la marcha en el hotel Ambeille. Por la tarde nos permitimos investigar una rutita por la côte vermeille.

De este viaje nos quedamos con las miles de pegas que encontramos a las guías Lonely planet, tanto la del Languedoc-Roussillon como la de walking in France (o será que nos hemos vuelto unas expertas) Nuestro amor por el vino y los quesos que nos acompañó por donde fuésemos (solo que el vino nos teníamos que ir turnando para conducir). Y Castillos muchos castillos (salvo que nos gustaron muchísimo más las abadías).

Carcassonne

Carcassonne es una ciudad de cuento, de cuento de hadas. Nos dirigíamos a Malves en Minervois e íbamos por la autopista pero sabía que estaba allí en algún lugar a mi izquierda. Así que aún conduciendo giré mi cabeza y lo ví por primera vez con sus murallas y sus torreones encaramado en lo alto, vigilando la llanura que lo rodea. Y fue cuando Mary dijo “es que es justo lo que pintas cuando alguien te pide, de pequeño, que dibujes un castillo

Más tarde, nos enteramos que el 99% se trata de una resconstrucción llevada a cabo por un tal Violette-le-duc que había cometido un montón de anacronismos. Bromeamos mucho con el “¿Que te podías esperar de un tío que se llamaba violeta?”  Pues bien, a partir de ese momento el viaje se tornó realmente un poco surrealista mientras Mary y yo nos dedicamos a seguir los pasos de este personaje que hizo que todo el medievo que conocemos hoy en día fuera el que estaba en su imaginación. Fue el encargado de miles de obras de reconstrucción en toda Europa, desde el alcázar de Segovia hasta notre dame de Paris.

Dicen que es muy turística, y ¡oh si! si que lo es, pero hay que ir merece la pena. Además si te agobian mucho las aglomeraciones siempre al anochecer queda desierta, tanto que el primer día que fuimos a cenar hasta nos sorprendió lo vacía que estaba.

La ciudad fortificada está situada sobre una elevación en la orilla derecha del río Aude, frente a la ciudad moderna, rodeada por una doble muralla de 3 km de longitud. Su interior conserva el aspecto de las ciudades medievales europeas con calles angostas y tortuosas, edificaciones de fachadas con entramados de madera, barrios de artesanos y gremios (pero realmente es muy chiquitina, 100% constituida por casas que son o hoteles o restaurantes o tiendas, muy bonitas, lo que hace que sea muy agradable pasear) junto con dos elementos que destacan: el castillo de los condes de Carcasona y la basílica de Saint-Nazaire.

Ambas visitas son imprescindibles. El castillo Comtal (ojo que las colas para entrar pueden ser laargas y el precio es caro) no tanto por el contenido en su interior, sino para apreciar su arquitectura. Muestra en sus diferentes edificios y elementos arquitectónicos defensivos la huella entre el período prerromano, su abandono en el siglo XVII y su posterior recuperación. Es una fortaleza dentro de la ciudadela rodeada por sus propieas murallas, foso y torreones. Recorrerlo implica un paseo por las diferentes estancias los torreones pero sobre todo, no hay que perserse, bajo ninguna circunstancia, el paseo por las murallas que incluye 9 torres, dos de las cuales son de época visigoda. Se puede ver todo lo que le rodea desde lo alto, las barbacanas de la muralla, la fotaleza de Saint Louis. Realmente este paseo me gustó.

La gótica abadía de Saint-Nazaire se alza en el otro extremo de la ciudad con su campanario hexagonal y sus imponentes gárgolas, justo al lado del antiguo palacio episcopal. A Saint Nazaire hay que ir, en teoría al amanecer y al atardecer (consejo que nos dió Inés). Porque entra toda la luz por las vidrieras de los dos enormes rosetones del crucero. Por la mañana, el más azulado; por la tarde, el rojizo, y esto le da mucho encanto ya que es una basílica de un gris apagado y oscuro, con techos altísimos, si vamos lo que se dice gótica, que no transmite mucha calidez. Nosotras tuvimos la suerte de llegar cuando un coro estaba cantando lo que hizo que la disfrutásemos desde otra perspectiva.

Lo último que queda por hacer en la ciudadela (de verdad que se ve muy pronto incluso con tiempo para tomarse unos vinos en el bar à vins, una terracita super chula apoyada en la muralla justo al lado de la basílica) es un paseo entre las dos murallas, por el llamado paseo de las Lizas. Para ello hay que ir a una de las puertas (solo hay dos) una al lado del palacio episcopal y la más llamativa, donde se encuentra el gran aparcamiento. Tiene un puente levadizo y tienen allí el busto de la dama carcas cual si un disney land medieval se tratase. En estos dos puntos hay un espacio abierto entre las dos murallas por el que andando se puede rodear toda la ciudadela, un paseo genial con almenas, murallas, fosos, torreones. Si uno se informa en la oficina de turismo, hay horarios en los que entre estas dos murallas se organizan justas.

La fortaleza de Saint louis, se construyó posteriormente que la de Carcassonne, a sus pies, y es lo que hoy en día se ha desarrollado como ciudad moderna. Pese a un par de iglesias y algunos trozos de muralla que todavía sobre viven, y un par de agradables mercadillos, es con diferencia una de las ciudades más feas e insulsas de Francia en las que yo haya estado. Pero desde el puente nuevo, un puente medieval a los pies de la fortaleza de Carcasona, es desde el punto del que se tienen las vistas más impresionantes de la fortificación en lo alto, muy iluminada por cierto, al anochecer.