Lima (Barranco)

“Del puente a la alameda, menudo pié la lleva …”

Cuando yo era niña los sábados, mientras pasaba la aspiradora, mi madre se ponía a cantar esa canción y así nos despertábamos. Cuando descubrí que en realidad hablaba de Barranco sentí que significaba mucho para mi ir hasta allí.

El barrio de Barranco era una antigua zona balnearia fundada en 1874 que se encuentra al sur de Lima. Desde Miraflores cogí una combi que me dejó en la plaza.

En un pequeño paseo por el barrio en seguida me encontré sumergida entre miles de coloridas y señoriales casonas de finales del s.XIX (algunas no sé qué serán hoy en día pero realmente son unas señoras mansiones coloniales) Fue una zona rica donde sobre todo extranjeros tenían su residencia cerca de la playa. A principios del siglo XX vivía la aristocracia limeña. Hoy en día también hay casas más nuevas y modestas de una sola planta pero igual de coloridas, y se ha convertido en un barrio de bohemios. Sobre todo sobre todo destaca por su tranquilidad. Pasear por las mañanas por Barranco es como estar en un pueblo todo es paz entre sus soleadas callejuelas, malecones y verdes parques.

En la amplia plaza central, llena de palmeras, me encontré con la biblioteca de color rosita que me recordaba a una vieja estación de tren y la pequeña iglesia de la santísima cruz, con un portal neobarroco en una esquina, embebida en el mar de casitas de colores. De esta plaza parte la avenida principal que lleva hasta la pinacoteca Pedro de Osma (es un paseito)

De vuelta a la plaza central, se encuentra el famoso puente de madera que cruzaba hasta la alameda donde antiguamente los enamorados quedaban para las primeras citas. Al final del puente pusieron una estatua de la cantautora Chabuca Granda que en 1950 compuso el famoso vals “La flor de la canela”, que tanto cantaba mi madre. Había allí un viejecito mendigando que se puso a cantarla, y a mi me hizo ilusión volverla a escuchar. La canción habla de una distinguida señora, doña Victoria Angulo Castillo, que era negra.

Aquí se levanta la antigua ermita del barrio, hoy en día parcialmente destruida. Aunque me contaron que la idea era restaurarla, apenas se mantiene en pie la fachada principal (que pintan y cuidan) El resto es un gran nido de buitres para asombro de todos los que se pasean por el lugar.

En la quebrada debajo del puente, hay un paseo que baja hasta la playa. La playa en sí pues es de piedritas y el océano Pacífico núnca hace que sea fácil bañarse. Pero yo que núnca le pongo muchos reparos la disfruté bien.

Me parecía muy curioso que nadie me tomaba por española. Era febrero y estaba completamente morena después de mis 12 días en isla de Pascua, que acompañaba con un aspecto de naufraga insuperable (según mi madre solo me faltaban las rastas) así que absolutamente todo el mundo daba por sentado que era argentina.

Tanto los miradores encima del acantilado como los que se encuentran cuando bajas este paseo ya en la autopista están completamente rodeados por los miles de bares que abundan en Barranco. Y es que el barrio tiene dos caras, de la romántica nostalgica y bohemia de la mañana pasa a su alocada cara nocturna. Barranco está pensada para comérsela y bebérsela (literalmente)

Decidí acabar mi visita diurna, volviendo hasta Miraflores andando. Para ello me fui hasta la parte alta del malecón donde a 200m sobre el nivel del mar está el barrio con un precioso parque municipal. Sí, es muy similar a los parques que hay en Miraflores, pero hacen que estos barrios sean realmente agradables.

“y recuerda que…
Jazmines en el pelo y rosas en la cara”

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